La geometría de tu mirada

Capítulo 2: detrás de la corbata y el cristal

Marlon
​Para todo el mundo en este centro comercial, yo era solo el tipo alto de seguridad. El sujeto impecable de pantalón y zapatos de vestir, camisa negra manga larga perfectamente ajustada al cuerpo y corbata negra que vigilaba el orden desde los pasillos. A la gente le imponía mi estatura, la raya en la ceja que me daba un aire serio o amenazante, y la cara de pocos amigos que usaba como escudo profesional. Nadie se acercaba demasiado. Nadie preguntaba qué había debajo de la tela negra de mi camisa, donde los tatuajes de mi pecho y las flores entrelazadas de mi antebrazo quedaban ocultos bajo las mangas.

​Y prefería que fuera así. Para mí, este trabajo era una rutina de turnos largos, ruido de fondo y caras que se borraban al final del día.

​Hasta que la vi a ella.

​Llevaba meses contándole los pasos sin que se diera cuenta. Sabía exactamente a qué hora abría su floristería, cuántas veces al día salía a ajustar los letreros de la entrada y la forma en que trabajaba hombro con hombro con su hermana menor. Me causaba una admiración brutal verlas a ambas. Eran tan jóvenes, pero con una determinación increíble; habían levantado ese pequeño negocio de flores a fuerza de trabajo duro, empezando desde abajo hasta construir el rincón más bonito de todo el piso.
​Su hermana solía ser más inquieta, pero ella... ella tenía algo que me dejaba clavado en el suelo.
​Siempre vestía con esa ropa oversize, usando camisas anchas, monos o pantalones anchos que tapaban por completo su figura. Sabía que para el resto del mundo era una chica sencilla de 1.62 de estatura que caminaba rápido para pasar desapercibida. Pero para mí, debajo de esas prendas holgadas y ese cabello negro largo que se le caía sobre la cara mientras arreglaba los ramos, había un universo entero. Había algo en su mirada —una mezcla de dulzura con una sombra de cansancio que me daba ganas de protegerla— que la hacía la mujer más hermosa que había visto en mi vida. Existían miles de mujeres caminando por esos pasillos todos los días, pero para mis ojos, solo existía ella.
​Eran pasadas las seis de la tarde cuando la vi salir del local, dejando a su hermana al frente de la mesa de trabajo. Como de costumbre, llevaba la cabeza un poco baja y caminaba a paso firme hacia la papelería grande para buscar materiales.
​Pasó por mi lado. Ni siquiera me miró; apenas rozó la sombra de mi hombro al cruzar la puerta de vidrio.
​Soplé despacio, ajustando el nudo de mi corbata negra. Mis manos, marcadas por las venas y los músculos del entrenamiento, se sentían frías de repente. Sentí ese tirón familiar en el pecho, esa mezcla de frustración y ganas que me invadía cada tarde.

«Un día más siendo solo un fantasma en su rutina», me dije.

​Pero entonces ocurrió.
​Dentro de la papelería se escuchó un pequeño murmullo entre la cajera y ella. Vi a través del cristal cómo sacaba su libreta de notas y revisaba un tique de compra con el ceño ligeramente fruncido. Un error en la factura o con los rollos de papel que intentaba llevarse. La cajera dudó y levantó la vista buscando con la mirada a alguien de la entrada.
​Mi corazón dio un vuelco ridículo. El guardia de seguridad imponible y frío se esfumó en un segundo, dejando en su lugar a un hombre de veintitantos años con el pulso acelerado.
​Era mi oportunidad. El pretexto perfecto.
​Ajusté la chaqueta del traje, me tragué los nervios como pude y empujé la puerta de la papelería. Cada paso hacia ella se sintió como caminar en el aire. Cuando me detuve a su lado, la diferencia de altura fue evidente; tuve que inclinar un poco la cabeza para mirar sus ojos café.
​—¿Todo en orden por aquí? —pregunté, intentando que mi voz sonara firme, profunda y profesional, aunque por dentro sintiera que me temblaban hasta las piernas.

​Ella levantó la mirada. Por primera vez en meses, sus ojos se cruzaron directamente con los míos.




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