La geometría de tu mirada

Capítulo 3: La primera chispa

Olivia.
​—¿Todo en orden por aquí? —escuché una voz profunda y masculina a mi lado.
​Me sobresalté ligeramente. Estaba concentrada intentando explicarle a la cajera que la factura tenía un cargo doble en los rollos de papel de empaque que necesitaba para los arreglos de la floristeria. Al levantar la cabeza, tuve que inclinar el cuello hacia arriba.

​Ahí estaba él.

​El guardia de seguridad imponente que veía casi a diario en el pasillo principal. De cerca, su presencia era aplastante. Medía más de un metro ochenta y cinco, impecablemente vestido con su pantalón de vestir negro, zapatos pulidos y una camisa negra de manga larga entallada que marcaba sutilmente sus hombros y su espalda delgada pero firme. La corbata negra le daba un aire de autoridad absoluta, pero lo que realmente te robaba el aliento era su rostro: pómulos esculpidos, labios rosados y definidos, y una pequeña raya en la ceja que le daba ese estilo peligroso de chico malo.

​—Hola... —susurré, sintiendo repentinamente cómo mi camisa oversize y mis pantalones anchos me hacían sentir aún más pequeña a su lado—. Sí, solo... creo que hubo una confusión con el cobro de la papelería para mi tienda.
​Él no miró a la cajera inmediatamente. Me miró a mí.

​Sus ojos café eran profundamente expresivos. Tenían un brillo cálido, casi adictivo, que contrastaba de forma brutal con la seriedad de su postura. Por un segundo, sentí una corriente extraña recorrer mi espalda. No era una mirada fría ni de rutina; era una mirada tan enfocada, tan atenta, que por un instante me olvidé del ruido de la tienda y del papel que tenía en la mano.
​—A ver, permíteme ver el tique —dijo.
​Al estirar su mano para tomar la hoja, noté el detalle: tenía unas manos masculinas, definidas, donde se marcaba cada vena y cada músculo sin ser excesivamente grandes. Pero lo más sorprendente fue notar un leve, casi imperceptible, temblor en sus dedos. ¿Un hombre con esa apariencia tan imponente estaba nervioso? No, imposible, pensé. Deben ser cosas mías.
​Él revisó el papel en silencio, tomándose su tiempo.
​—Efectivamente, hay un error en el código —le dijo a la cajera con tono firme pero educado, devolviéndole la factura—. Corrígelo por favor, la señorita solo lleva dos rollos Kraft.

​—Muchas gracias, de verdad —le dije, regalándole una pequeña sonrisa apenada—. Siempre vengo con prisa porque dejo a mi hermana sola en la floristería y me enredo con estas cosas.
​Al escucharme mencionar a mi hermana y las flores, la expresión dura de su rostro se suavizó por completo. Sus labios rosados se curvaron en una sonrisa sutil, casi tímida.

​—Lo sé —respondió en un tono más suave, casi íntimo, que solo yo pude escuchar—. Sé que tienen la tienda al final del pasillo. Hacen un gran trabajo ahí.

​Me quedé helada. Para alguien como yo, acostumbrada a pasar desapercibida, a vestir con ropa holgada para no llamar la atención y a recibir sobras de afecto en mi vida personal, que un hombre como él supiera quién era y reconociera mi trabajo se sintió como una pequeña explosión en el pecho.

​—¿Nos... nos has visto? —pregunté, parpadeando con sorpresa.
​Él sostuvo mi mirada con esos ojos café que te hacían imaginar mil historias en un solo segundo.

—A ti —admitió en voz baja, ajustando con elegancia la manga de su camisa negra—. Siempre te veo trabajar todos los dias.

​La cajera nos entregó el cambio y el paquete corregido, pero ninguno de los dos se movió de inmediato. Había un espacio de aire entre nosotros que se sentía cargado de algo real, de una conexión tan plena e íntima que ninguno quería romper.

​En ese momento, mirando a ese chico de apariencia dura que me trataba con un respeto y una atención absoluta por un simple error de factura, sentí la primera grieta en el muro que yo misma me había construido. Por primera vez en mucho tiempo, alguien me estaba viendo. A mí, y solo a mí.




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