La geometría de tu mirada

Capítulo 4: El origen del eclipse

Marlon
​Verla caminar de regreso a su tienda con sus rollos de papel bajo el brazo me dejó congelado en medio de la papelería. Mantuve la postura recta, pero por dentro mi cabeza era un caos absoluto.

«A ti. Siempre te veo trabajar todos los días».

Ni siquiera pude disimularlo. Se lo dije mirándola a los ojos, sin filtros, sintiendo la pulsera de mi reloj apretarme la muñeca por la rapidez con la que me latía el corazón.

​Me pasé una mano por el cabello despeinado y solté un suspiro largo mientras salía al pasillo. Ajusté el cuello de mi camisa negra y volví a mi puesto habitual, recostando ligeramente la espalda contra la columna central del centro comercial. Desde ahí tenía una vista perfecta de su floristería.

​La vi llegar con su hermana, hablarle entusiasmada mientras guardaban los materiales y volver a sumergirse en su mundo de cintas y flores. Sonreí de lado. Ella no tenía idea de que esa breve charla en la papelería no había sido casualidad, ni de la huella profunda que llevaba meses dejando en mi vida.

​Mis pensamientos volaron directo a inicios de año.
​Apenas llevaba dos meses trabajando en este centro comercial. Para mí, ese trabajo solo significaba largas horas de pie, supervisar la rutina y aguantar el aburrimiento vistiendo este pantalón de vestir y la camisa negra manga larga. Todo me parecía gris y monótono... hasta que ocurrió.

​Fue una mañana cualquiera de enero. El sol entraba por los domos de cristal del techo e iluminaba el pasillo principal. Yo estaba parado cerca de la entrada cuando ella pasó caminando.
​Recuerdo exactamente cómo vestía ese día: una camisa oversize y unos pantalones anchos. Iba distraída del mundo entero, sosteniendo unas libretas contra el pecho, con su largo cabello negro cayéndole hacia adelante mientras revisaba unos apuntes con el ceño fruncido. Tenía esa forma tan suya de caminar rápido, con la cabeza un poco baja, intentando pasar desapercibida entre la multitud.
​Pero para mí fue imposible ignorarla. Mis ojos no pudieron dejarla pasar.
​Fue algo instantáneo, casi magnético. Mientras el resto de la gente caminaba a su alrededor como sombras borrosas, ella parecía tener su propia luz. No necesitaba tacones, ropa ajustada ni llamar la atención para eclipsar todo el lugar. Su piel morena, la delicadeza de su rostro y esa sencillez tan pura me dejaron completamente hipnotizado.
​En ese segundo exacto en que pasó por mi lado a inicios de año, el centro comercial entero desapareció. Se quedó grabado en mi memoria el perfil de su nariz, el color de sus labios y la forma en que existía sin pretender ser nadie más.

Desde ese día, mi turno dejó de medirse en horas; se midió en las veces que ella cruzaba el pasillo.

​Volví al presente y fijé la mirada en su tienda. La vi acomodarse la camisa holgada mientras hablaba con su hermana.
​Durante meses había sido solo el espectador silencioso de su vida. Pero hoy, tras ver el brillo en sus ojos al hablarme y notar cómo esa conversación tan íntima nos había conectado a los dos, supe que no había vuelta atrás. Ya no me conformaba con admirarla a la distancia. Quería ser el hombre que le borrara ese cansancio de la mirada y le enseñara lo que realmente significaba ser elegida.




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