La geometría de tu mirada

Capítulo 5: La grieta en las penumbras

Olivia

​Llegué a casa pasadas las ocho de la noche. El silencio del apartamento me recibió con esa frialdad a la que me había acostumbrado a llamar "paz". Dejé las llaves en la entrada, me quité los zapatos de trabajo y me dejé caer en el sofá.

​Como casi todas las noches, la casa estaba a oscuras salvo por la luz de la calle que se filtraba por la ventana. Miré el teléfono: un mensaje corto de mi pareja diciendo que saldría con unos amigos y que no lo esperara despierta. En otro tiempo, quizás eso me habría dejado un nudo en la garganta. Pero esa noche no dolía. Solo se sentía distante, como el ruido de la lluvia al otro lado del cristal.

​Me levanté, fui al baño y me solté el cabello negro frente al espejo. Me quité la camisa oversize y me miré un momento en silencio. Por primera vez en meses, no estaba pensando en los errores del pasado ni en la culpa que me hacía conformarme con las sobras de afecto de alguien que me trataba como su opción segura.

​En mi mente resonaba una voz distinta. Una voz profunda, firme pero suave, que me había dicho hacía unas horas: «A ti. Siempre te veo trabajar todos los días».

​Me pasé las manos por los brazos, sintiendo un escalofrío leve. La atmósfera de mi rutina, esa rutina pesada y monótona que parecía aplastarme, se sentía extrañamente distinta. Algo muy sutil había cambiado en el aire.

​Hasta esa tarde, el pasillo del centro comercial era solo un trayecto más entre mi tienda y la papelería. Pero ahora... ahora sabía que en ese pasillo había una presencia. Un hombre alto, de más de un metro ochenta y cinco, vestido de negro impecable, que no me miraba como un fantasma ni me rodeaba para ignorarme. Había sentido el peso de sus ojos café, la forma en que sus dedos temblaron levemente al tomar la factura y esa atención absoluta que me regaló sin pedir nada a cambio.

Entre y me duche rápidamente con su voz aun en mi mente, recordando con seguridad cada palabra que me dijo y como sus ojos jamas se apartaron de mi, sali me puse una pijama comoda y me fui a la cama.

​Cerré los ojos mientras me metía a la cama. Por primera vez en mucho tiempo, no me dormí sintiéndome pequeña ni invisible. Me dormí sabiendo que él estaba allí.




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