La geometría de tu mirada

Capítulo 7: La cortesía y el abismo

Marlon
​Me paré frente al espejo a las cinco y media de la mañana con un nerviosismo que no sentía desde hacía años. Ajusté el cuello de mi camisa negra manga larga con más cuidado del habitual, alineé la corbata con precisión y pulí mis zapatos hasta que reflejaran la luz. Mientras me peinaba el cabello —dejándolo con ese desorden controlado que solía llevar—, me miré a los ojos. La raya en mi ceja y mi mandíbula marcada seguían dándome ese aire serio de siempre, pero por dentro todo era distinto.
​Hoy no era un turno más. Hoy iba a saludarla sabiendo que ella conocía mi existencia.
​Llegué al centro comercial antes de las ocho. Durante toda la mañana y parte de la tarde, mi cuerpo estuvo en el pasillo, pero mi mente permaneció fija en el reloj. Cada vez que daba las horas, la tensión en mis hombros aumentaba. Mis manos, grandes y definidas, se cerraban en puños dentro de los bolsillos de mi pantalón de vestir cada vez que escuchaba pasos cerca de su floristería.
​A las seis en punto, la vi.
​Salía de su local cargando una libreta pequeña. Caminaba con su habitual estilo distraído, envuelta en una de sus camisas oversize y unos pantalones anchos que ocultaban sus pasos.
​Me aclaré la garganta, di dos pasos al frente para salir de la sombra de la columna y esperé a que estuviera a una distancia corta. Cuando pasó a mi lado, la miré fijamente con mis ojos café, buscando los suyos.
​—Buenas tardes —dije con voz firme, pero con un tono suave que reservaba solo para ella.

Olivia
​Escuché su voz antes de terminar de cruzar el pasillo.
​Me detuve un segundo, sorprendida. Al girar la cara, me encontré de golpe con sus más de un metro ochenta y cinco de estatura. Llevaba su impecable uniforme negro, la corbata perfecta y esa postura imponente de chico malo que hacía que la gente se apartara. Pero al mirarme, la dureza de su rostro se suavizó por completo.
​Sus ojos café estaban fijos en mí, esperando mi respuesta con una intensidad que me hizo dar un vuelco al corazón.
​—Buenas tardes... —respondí en voz baja, regalándole una sonrisa rápida y tímida por pura cortesía, antes de apretar la libreta contra mi pecho y apresurar el paso hacia la papelería.

​Mantuve la cabeza gacha mientras caminaba. Mi mente, educada por años de conformismo y culpas, empezó a construir inmediatamente sus defensas para protegerme.

«Es solo amabilidad», me repetí a mí misma en un susurro interno, intentando calmar el ardor en mis mejillas. «Te saluda porque ayer te ayudó con el problema de la factura. Un guardia de seguridad solo es educado con los clientes. Alguien como él jamás se interesaría en una chica común como tú, vestida con ropa gigante y llena de problemas. No te hagas ilusiones tontas».

​Cerré mi cascarón con fuerza, convenciéndome de que ese saludo no significaba nada, que no había espacio en la vida de un hombre perfecto para alguien que solo sabía aceptar las migajas de un amor a medias.

Marlon
​Para ella fueron apenas tres segundos de cortesía. Para mí, fue el momento en que se detuvo el tiempo.
​La vi girar el rostro. Por una fracción de segundo, sus ojos café se clavaron en los míos. Solo a mí. No hubo nadie más en ese pasillo atestado de gente; sus ojos no buscaron el escaparate de las tiendas ni la multitud. Me miró a mí.

​Noté cómo apretó su libreta contra el pecho bajo esa camisa holgada y cómo sus labios definidos se curvaron en una pequeña sonrisa apenada antes de seguir su camino apresurado.
​Me quedé parado en medio del pasillo, sintiendo una corriente de calor subirme por la espalda. Mi corazón latía tan fuerte contra mi camisa negra que estaba seguro de que se notaba desde afuera. Apenas habían sido un par de palabras y una mirada fugaz, pero para mí lo había sido todo.
​Ella creía que estaba pasando desapercibida, escondida bajo su ropa ancha y su prisa. No tenía idea de que, con solo un "buenas tardes" y una mirada de cortesía, acababa de cambiarme el día por completo.




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