Olivia
Poco a poco, los días dejaron de ser una línea recta y gris.
Caminar por el pasillo del centro comercial ya no significaba mantener la vista fija en el suelo para esconderme del mundo bajo mis camisas oversize. Ahora, cada vez que salía de la floristería, mis ojos buscaban de forma ineludible esa figura alta recortada contra la luz de las tiendas.
Ese guardia de seguridad no era un hombre que pasara desapercibido, y lo que realmente me erizaba la piel era que él tampoco intentaba disimular conmigo.
El simple "buenas tardes" de días atrás se había convertido en una constante. Si salía a tirar los tallos sobrantes de las rosas, él estaba ahí, saludándome con una inclinación respetuosa de cabeza. Si caminaba hacia la papelería, sus ojos café me acompañaban en el trayecto. No me presionaba, pero su presencia se sentía como una sombra protectora que me rodeaba a la distancia.
Y había un detalle que me estaba volviendo loca: no sabía cómo se llamaba.
En mi cabeza me refería a él como "el chico de la corbata", "el guardia alto" o simplemente "él".
Me descubrí a mí misma buscando en su camisa negra alguna placa con su nombre, pero no llevaba nada.
Mi hermana en la floristería a veces bromeaba sobre lo mucho que nos miraba, pero yo disimulaba, aunque por dentro me carcomía la intriga de saber quién era ese hombre de más de un metro ochenta y cinco que me quitaba el sueño.
Esa tarde de viernes, el trabajo en la floristería estaba insoportable. Habíamos estado armando arreglos grandes para un evento desde temprano. Mis brazos dolían y mis manos estaban cansadas de cortar alambres y sujetar cintas.
—Oli, necesito que movamos la base de madera afuera para ordenar los ramos nuevos —me dijo mi hermana desde el fondo del local, secándose la frente.
—Voy —respondí, acomodándome las mangas de mi camisa.
Salí al pasillo y me agaché para arrastrar la estructura de madera decorativa. Era pesada, mucho más de lo que recordaba. Hice fuerza, apretando los dientes, sintiendo cómo el cansancio del día me pasaba factura.
—Déjame ayudarte con eso.
La voz profunda resonó justo encima de mi cabeza, acompañada por la calidez instantánea de su cuerpo deteniéndose a mi lado.
Levanté la mirada. Él estaba ahí, inclinándose ligeramente hacia mí. Llevaba su impecable camisa negra con las mangas dobladas con precisión a la altura de los antebrazos. Por primera vez, pude ver claramente lo que la tela solía esconder: en su piel clara, un elaborado diseño de flores entrelazadas subía en tinta negra hasta morir justo antes de la muñeca.
Antes de que pudiera articular una palabra, puso sus manos sobre la madera. Unas manos definidas, de dedos largos, con los músculos y las venas marcadas por la fuerza. Levantó la estructura sin el menor esfuerzo, liberándome de todo el peso.
—Listo —dijo con tono suave, ajustándose el cuello de la camisa con la otra mano.
Nuestros ojos se encontraron. A esa distancia tan corta, pude ver los matices cálidos en sus ojos café, la estructura esculpida de sus pómulos y la raya rebelde en su ceja que lo hacía ver como un chico malo... pero la mirada con la que me observaba era de una atención desarmante.
—Muchas gracias... de verdad —dije en voz baja, sintiendo el calor subiéndome a las mejillas—. El dia a estado pesado y mis brazos no dan para más.
Dudé un segundo, apretando los dedos contra la tela ancha de mi pantalón. La incógnita me quemaba en los labios, pero no me atreví a preguntarle su nombre.
Él pareció notar la duda en mi rostro. Su mirada café se volvió más profunda y una sonrisa sutil, casi victoriosa, se marcó en sus labios rosados.
Dio un paso hacia mí, acortando la distancia de forma elegante, y extendió su mano derecha hacia adelante. Una mano firme, masculina, que esperaba por la mía.
—Marlon —dijo, pronunciando su nombre con una voz clara y caballerosa que resonó en el pasillo—. Marlon Valderrama.
Me quedé helada. Escuchar su nombre de sus propios labios, mientras sostenía su mano extendida en el aire, hizo que el corazón me diese un vuelco violento dentro del pecho.
Despacio, saqué mi mano del bolsillo de la camisa holgada y la deposité sobre la suya. El contacto fue una descarga eléctrica. La calidez y la firmeza de su palma envolvieron la mía con una delicadeza increíble.
—Un placer, Olivia —añadió en un susurro íntimo, sosteniendo mi mano un segundo de más antes de soltarla con absoluto respeto—. Para lo que necesites mover o arreglar aquí, ya sabes mi nombre.
Se dio la vuelta lentamente y caminó de regreso a su puesto, dejándome parada junto a las flores, con el pulso acelerado, la mano aún hormigueando por su tacto y el nombre de Marlon Valderrama grabado a fuego en mi mente.
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una novela romntica, amor propio.., una encuentro que cambia todo
Editado: 10.09.2026