(Punto de vista de Olivia y Marlon)
Olivia
Llegué al mostrador de la floristería con la mano derecha aún tibia. El nombre resonaba en mi cabeza con el ritmo de un tambor: Marlon Valderrama.
Apoyé las palmas sobre la mesa de trabajo y me quedé mirando el pasillo por entre los arreglos de rosas.
Estábamos en pleno junio. Habían pasado casi seis meses desde que empecé a cruzarme con él en los pasillos del centro comercial, y apenas hoy, a mitad de año, venía a enterarme de cómo se llamaba el hombre de la corbata negra.
Pero lo que realmente me estaba carcomiendo la cabeza, haciéndome dar vueltas de un lado a otro en la tienda, era la forma en que pronunció mi nombre.
«Un placer, Olivia».
Jamás se lo había dicho. No llevaba un gafete en mi camisa oversize, ni él me había pedido mi información en la papelería. ¿Cómo sabía él mi nombre? ¿Cuánto tiempo llevaba pronunciándolo en su mente antes de atreverse a decírmelo a la cara?
Saber que un hombre de más de un metro ochenta y cinco, con esa presencia tan imponente y seria, guardaba mi nombre entre sus pensamientos me provocó una mezcla de vértigo y calidez que jamás había experimentado.
Me miré la palma de la mano. Esa tarde de junio había sido la segunda vez que nuestras manos se rozaban. La primera no había sido en la papelería ni en el pasillo... Había sido una mañana calurosa del 8 de febrero.
Aquella mañana, a pocos días del Día de los Enamorados, tuve un problema con una compra de productos para la tienda. Necesitaba cambiarlos de urgencia por peluches de corazones para completar los arreglos florales de la temporada. Recuerdo haber entrado a la tienda de suministros apurada y estresada. Marlon, que estaba de turno cerca del mostrador con su impecable camisa negra, notó mi apuro y se acercó a ayudarme a bajar las cajas de los estantes altos.
En ese momento, mientras revisábamos los peluches rojos y rosados, entre el afán por elegir los mejores, nuestras manos se chocaron levemente al alcanzar la misma caja.
—Necesito llevarme los corazones más lindos que tengas aquí —le dije apresurada, revisando las costuras de los peluches de corazon sin mirarlo demasiado.
Marlon me sostuvo la mirada con esos ojos café adictivos, y con una media sonrisa sutil en sus labios rosados, me soltó en tono de broma:
—Bueno... el mío te serviría perfecto.
En ese momento me tomé la frase como una simple coquetería amable, un gesto divertido de alguien servicial que intentaba amenizar un momento estresante de compras. Sonreí con timidez, le di las gracias apresuradamente y me fui sin darle mayor importancia, convencida de que él solo estaba siendo educado con una clienta más.
Hoy, en pleno junio, recordando el tono de su voz y sintiendo el peso de su mano rodeando la mía junto a la base de madera, me di cuenta de la verdad: Marlon nunca había estado jugando.
Marlon
Regresé a mi puesto junto a la columna central del centro comercial, acomodándome la corbata negra con los dedos aún sensibles. Mis latidos tardaron minutos en recuperar su ritmo normal.
Ese segundo encuentro frente a frente había superado todo lo que imaginé durante el turno.
Verla sufrir intentando cargar esa base de madera tan pesada para su estatura de 1.62 me había activado todos los instintos. No dudé ni un segundo en cruzar el pasillo. Cuando me incliné a su lado, oliendo ese perfume suave a flores frescas que siempre la acompañaba, e hice fuerza para levantar la madera, el roce de sus dedos contra los míos me atravesó como una descarga de energía pura.
Tenerla a centímetros de mí, ver cómo sus ojos café se abrían sorprendidos y sentir la fragilidad y suavidad de su mano cuando por fin se la pedí para presentarme... fue una victoria absoluta.
«Marlon Valderrama».
Llevaba meses deseando que escuchara mi nombre de mis propios labios. Quería que dejara de verme como el guardia anónimo del centro comercial y empezara a ponerme rostro, apellido y voz en su vida.
Mientras la observaba a la distancia volver a su tienda, mi mente voló directamente al 8 de febrero. Cómo olvidarlo.
La mañana de los peluches de corazones. La primera vez que mis dedos tocaron los suyos por accidente entre cajas de peluches rojos. Recuerdo la audacia con la que le dije que mi corazón le serviría perfecto para sus arreglos. Me había salido del alma, incapaz de frenar el impulso de decirle lo que sentía desde que la vi en enero.
Aquel día, ella solo me regó una sonrisa tímida y distraída, pensando que yo era un trabajador cualquiera siendo simpático.
Pero hoy no. Hoy, cuando le sostuve la mano un segundo de más y le dije su nombre en un susurro, vi la grieta en su mirada. Vi cómo se daba cuenta de que esto no era amabilidad casual.
Ella intentaba esconderse bajo sus camisas gigantes y su timidez, creyendo que nadie la miraba. Pero yo ya no iba a permitir que se sintiera invisible. Mi mano recordaba el tacto de la suya desde febrero, y este segundo roce de junio solo me confirmó una cosa: me iba a quedar a su lado hasta que ella misma se diera cuenta de que merecía ser amada con la misma devoción con la que yo la observaba.
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una novela romntica, amor propio.., una encuentro que cambia todo
Editado: 10.09.2026