La geometría de tu mirada

Capítulo 10: El numero en la factura

Marlon

​Me pasé los dedos por la nuca, despeinándome un poco el cabello mientras miraba el techo de mi habitación. Eran pasadas las diez de la noche y el silencio de mi apartamento solo hacía que su recuerdo resonara con más fuerza en mi mente.
​A veces me ponía a pensar en el momento exacto en que todo esto se me fue de las manos.
​Al principio fue simplemente imposible ignorarla. Tenía una forma de caminar tan suya: apurada, distraída del mundo, con la cabeza un poco baja para esconderse bajo esas camisas oversize gigantes que le quedaban enormes a su cuerpo de metro sesenta y dos. Pero mientras ella caminaba intentando ser un fantasma entre la multitud del centro comercial, para mí era un eclipse absoluto.
​Me gustaba todo de ella. Me fascinaba la curva suave que se le formaba en los labios cada vez que lograbada terminar un arreglo difícil con su hermana, la forma en que sus ojos café brillaban bajo la luz del pasillo y el cuidado con el que tocaba cada pétalo. Tenía una memoria ridícula para sus prendas: recordaba el suéter gris holgado que usó un martes de lluvia, el mono ancho azul de febrero, y la camisa blanca que llevaba el día que nos presentamos.
​Y sobre todo, recordaba el día en que por fin supe cómo se llamaba.
​Sonreí para mis adentros al acordarme de esa tarde en la papelería.
Ella creía que yo era un adivino o que tenía algún poder especial por saber su nombre. La verdad era mucho más simple... y bastante más vergonzosa para mí.

Semanas atrás, cuando la ayudé por primera vez con un problema de empaques en la tienda de suministros, la cajera dejó sobre el mostrador la factura fiscal de la floristería para anular el cobro. En esa hoja de papel, en letras negras y cuadradas, estaba todo su universo impreso: Olivia Granados, su número de cédula y su número de teléfono.
​Recuerdo haberme quedado paralizado mirando esos diez dígitos impresos en el papel. Mis manos, grandes y acostumbradas al trabajo duro, se sentían torpes. Una parte de mí quiso sacar el teléfono disimuladamente y anotar el número. Estaba ahí, al alcance de mi mano. Hubiera sido tan fácil guardarlo en mis contactos esa misma noche y enviarle un mensaje.
​Pero no pude. Me dio una pena enorme. Sentía que tomar su número de una factura de trabajo, sin que ella me lo diera, era una falta de respeto, una invasión a su espacio. Yo no quería ser un acosador ni un tipo cualquiera que consigue su contacto a espaldas suyas. Quería que ella misma decidiera darmelo. Quería ganármelo.
​El problema era que el guardia de seguridad de más de un metro ochenta y cinco, el de la cara seria, la corbata negra y los tatuajes, se convertía en un niño de quince años cada vez que la tenía enfrente.
​El miedo a que me dijera que no, a que me mirara con distancia o a romper la frágil confianza que habíamos construido desde el roce de manos con la madera, me congelaba la garganta. ¿Cómo se lo pedía? ¿Qué excusa usaba sin sonar atrevido o presuroso?
​Me giré en la cama y suspiré. Ya conocía su nombre, ella conocía el mío, y nuestros dedos se habían tocado dos veces. El juego de las miradas en el pasillo se nos estaba quedando corto a los dos. Mañana tendría que armarme de valor, tragarme la timidez detrás de mi postura seria y buscar la forma de pedirle que me dejara entrar en su vida, un mensaje a la vez.




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