La geometría de tu mirada

Capítulo 11: La sombra de las migajas

Olivia
​ mucho tiempo me repetí a mí misma que eso era la madurez: aceptar la distancia, el desinterés disfrazado de rutina y el peso de las sobras de tiempo que alguien te lanza cuando no tiene nada mejor que hacer. Me había convencido de que, después de los tropiezos del pasado, esto era lo único a lo que podía aspirar. Había convertido mi vida en un espacio gris, ocultándome bajo mis camisas oversize gigantes y mis pantalones anchos para no llamar la atención, para que nadie esperara nada de mí y yo no tuviera que esperar nada de nadie.
​Pero Marlon Valderrama había llegado a romper ese trato silencioso que tenía con mi propia soledad.

​Me pasé las manos cansadas por el rostro. Aún podía sentir en la piel de mis dedos la calidez firme y respetuosa de su mano cuando se presentó el día anterior. Un hombre de más de un metro ochenta y cinco, de hombros anchos y presencia imponente, me había tratado con más delicadeza y atención en dos segundos de contacto que la persona con la que dormía en el mismo techo.

​—Oli, te estás cortando el mismo tallo tres veces —la voz de mi hermana me sacó de golpe de mis pensamientos.
​Levanté la mirada. Mi hermana me observaba desde la otra esquina de la floristería, apoyada sobre un paquete de cintas con una sonrisa perspicaz en los labios. Éramos jóvenes, pero levantar este negocio juntas desde cero nos había enseñado a leernos la mente sin necesidad de hablar demasiado.

​—¿Qué? Ah, no... es que estaba distraída —protesté torpemente, dejando las tijeras sobre la mesa.

​—Llevas distraída desde ayer —dijo ella, dando un par de pasos hacia mí y bajando la voz en tono cómplice—. Y casualmente, cada vez que estás distraída, miras hacia la columna del pasillo.

​Sentí un ardor caliente subirme por las mejillas hasta las orejas. Intenté cubrirme con el cuello ancho de mi camisa holgada, pero era demasiado tarde.

​—No sé de qué hablas —murmuré, intentando acomodar un ramo de lirios.

​—Por favor, Olivia —sonrió ella con ternura—. Hablo de Marlon. El guardia de seguridad de la corbata negra. Ese hombre que parece que va a demoler el centro comercial con la cara de serio que tiene, pero que cada vez que tú sales a tirar la basura o a buscar papel, se transforma por completo. ¿Crees que no me doy cuenta de cómo te mira?

​Me quedé en silencio, apretando los labios. Escuchar su nombre en voz de mi hermana hizo que la realidad me golpeara de frente.
​—Solo es amable... —intenté defenderme en un susurro sin fuerza, repitiendo la mentira que me servía de escudo—. Me ayudó con la base de madera, eso es todo.
​—Nadie ayuda a mover una base con la mirada que ese tipo te echa a ti, Oli —respondió ella, volviéndose seria pero comprensiva—. Tú te pasas la vida intentando esconderte en ropa gigante para ser invisible, pero él te ve. Te ve de verdad. Y creo que ya es hora de que te preguntes por qué sigues aferrada a un lugar donde te tratan como una opción, cuando afuera hay alguien que te mira como si fueras la única elección.
​Sus palabras se quedaron flotando en el aire fresco de la tienda, pesadas y certeras como una sentencia.
​Mi hermana tenía razón. Marlon no solo había sabido mi nombre a través de la distancia; sin saberlo, había puesto un espejo frente a mi vida. La sombra de las migajas que aceptaba en mi relación actual se había vuelto demasiado oscura, insostenible y fría.
​Al salir un momento al pasillo para limpiar el escaparate, mis ojos buscaron de forma automática su figura alta de traje negro. A unos metros de distancia, Marlon estaba parado con su postura recta habitual. Al sentirme, giró la cabeza y sus ojos café se encontraron con los míos. Me regaló una inclinación sutil de cabeza y una sonrisa pequeña, reservada, que me volvió a acelerar el pulso.
​Apoyé las manos en el cristal frío de la tienda. El miedo al cambio me quemaba por dentro, pero por primera vez en años, la idea de dejar de conformarme no se sentía como un peligro, sino como la única forma de volver a respirar.




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