Olivia
Apenas la figura alta de Marlon desapareció por el pasillo del centro comercial, me dejé caer de golpe en la silla alta del mostrador. Sostenía el vaso de café entre mis manos como si fuera un ancla, sintiendo el calor atravesarme los dedos mientras el pánico comenzaba a instalarse en mi pecho.
«¿Qué acabas de hacer, Olivia?», me recriminé a mí misma en un susurro, llevándome una mano a la frente.
Había dicho que sí. Había aceptado salir a comer con él.
De repente, la culpa que había logrado apagar unos minutos atrás regresó con una fuerza abrumadora. Mi mente empezó a girar a mil por hora: yo tenía una vida armada, una rutina, una pareja y un hogar al cual rendirle cuentas todas las noches. Aceptar la invitación de otro hombre no encajaba en mi mapa. Se sentía como cruzar una línea peligrosa, como faltar a una lealtad que, aunque fría y vacía, aún llevaba sobre los hombros.
Traté de buscar una salida de emergencia para mi propia conciencia.
—Solo es una comida... —me dije en voz baja, intentando convencerme—. Una comida de amigos. Para conocernos mejor, nada más. Marlon trabaja aquí, nos vemos todos los días, no tiene nada de malo salir a hablar como dos personas civilizadas.
Pero en el fondo de mi corazón sabía que me estaba engañando. Nadie aceptaba un café con esa sonrisa ni se vestía con un body ajustado y un pantalón cargo pensando solo en "una amistad".
—Si sigues apretando ese vaso de café lo vas a derretir —la voz de mi hermana me devolvió a la realidad.
Estaba recostada contra la pared del fondo, con una sonrisa amplia y cómplice que me dijo que había escuchado absolutamente todo.
—No digas nada —la frené de inmediato, levantando una mano—. Es solo una salida de amigos. Para hablar del centro comercial y ya.
—Claro, "amigos" —se burló ella con cariño, ajustando una cinta roja—. Y por eso tienes las mejillas rojas y no has parado de mirar hacia el pasillo desde que caminó tres pasos.
Intenté negar con la cabeza, pero fue imposible. Mi propio cuerpo me delataba.
A partir de esa hora, cualquier intento por disimular se desmoronó por completo.
Desde mi lugar en el mostrador, con la puerta abierta de la floristería, me entregué sin reservas a mi nuevo pasatiempo favorito: observar a Marlon Valderrama.
Ya no me escondía detrás de los arreglos florales ni bajaba la vista cuando él giraba la cabeza. Me quedaba ahí, apoyada sobre la mesa, repasando cada detalle de su anatomía con una fascinación que me erizaba la piel.
Miraba la línea perfecta de sus hombros anchos bajo la tela negra de la camisa, la firmeza de su postura mientras custodiaba el pasillo y la forma en que el pantalón de vestir le asentaba impecable a su estatura. Me detuve a observar la textura de su cabello oscuro, la simetría dura de su mandíbula y la pequeña raya rebelde en su ceja que le daba ese toque intrépido.
Pero lo que más me atrapaba eran sus manos. Esas manos grandes, de venas marcadas y dedos largos que llevaban tatuajes de flores escondidos bajo los puños de la camisa. Verlo ajustarse la corbata o cruzar los brazos sobre el pecho me provocaba un nudo dulce en la garganta.
Lo más electrizante era que él sabía perfectamente que lo estaba mirando.
Cada cierto tiempo, Marlon rompía su pose seria de guardia, giraba levemente el rostro hacia la tienda y me atrapaba observándolo. En lugar de apartar la mirada, me sostenía el contacto visual con esos ojos café adictivos y me regalaba una sonrisa discreta, lenta y victoriosa, sabiendo que me tenía por completo a su merced.
Faltaban pocas horas para que terminara la jornada. El miedo a romper las reglas seguía ahí, latente en mi mente... pero la expectativa de estar a solas con él se había vuelto mil veces más fuerte.
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una novela romntica, amor propio.., una encuentro que cambia todo
Editado: 10.09.2026