Punto de vista de Olivia y Marlon)
Olivia
Faltaba media hora para el cierre del centro comercial y mis manos temblaban mientras limpiaba el mostrador por tercera vez.
El pánico se había apoderado de mí por completo. No era solo el miedo a rendir cuentas en casa; era algo mucho más profundo y doloroso que se me había instalado en el pecho a medida que caía la tarde: la diferencia de edad.
Sabía que Marlon tenía apenas veintidós años. Veintidós. Una edad llena de energía, de comienzos, de un futuro entero por delante. Yo, en cambio, con mis veintinueve años, sentía el peso de los desengaños, de una relación desgastada y de la madurez de quien ya ha conocido el cansancio. Mirándome al espejo, con las primeras marcas del cansancio bajo mis ojos café, la inseguridad me golpeó sin piedad.
«¿Qué hace un hombre de veintidós años, imponente y guapo, fijándose en una mujer de veintinueve como yo?», me repetí en un susurro amargo. Sentí que mi tiempo para enamorarme, para vivir mariposas en el estómago o para ser la elección principal de alguien ya había pasado. Pensé que para él yo solo sería una novedad pasajera, y no estaba dispuesta a romperme el corazón de nuevo.
Tomé el teléfono con la respiración agitada y le escribí un mensaje rápido antes de arrepentirme:
Olivia: Marlon, de verdad lo siento mucho, pero no voy a poder salir a comer contigo hoy. Nos entró un pedido grande de última hora para mañana temprano y tengo que quedarme en la floristería adelantando trabajo. Lo dejamos para después.
Bloqueé la pantalla de inmediato y me dejé caer en la silla, apretando los ojos para contener las lágrimas de frustración. Era una mentira cobarde, pero era mi forma de protegerme.
Marlon
El teléfono vibró en mi mano. Leí el mensaje de Olivia una, dos, tres veces.
Acomodé el cuello de mi camisa negra y giré la cabeza hacia la floristería. A través del cristal, la vi sentada en el mostrador, con la cabeza gacha y los brazos cruzados sobre su body negro. No había cajas de flores nuevas, no había entregas de última hora. Mi trabajo durante meses había sido observarla; conocía la dinámica de su tienda mejor que nadie y sabía perfectamente cuándo estaba desbordada de trabajo y cuándo me estaba mintiendo.
Una sonrisa amarga y comprensiva se me dibujó en los labios. No estaba enfadado. Entendía sus miedos, sabía las sombras que cargaba y cómo a veces se ponía la ropa gigante o inventaba excusas para volverse invisible y evitar que la hirieran.
Mis compañeros de turno comenzaron a despedirse a las ocho de la noche, cuando las luces principales del centro comercial se apagaron, dejando solo la iluminación tenue de los pasillos.
—¿No te cambias, Valderrama? —me preguntó el supervisor de turno.
—No todavía. Me quedo un rato más —respondí con voz tranquila pero firme.
No iba a presionarla. Si ella necesitaba espacio y no se sentía lista para sentarnos a comer a solas, lo respetaría. Pero lo que no iba a hacer jamás era dejarla sola a altas horas de la noche en un centro comercial semivacío, ni permitir que se fuera a casa pensando que no me importaba.
Me ubiqué en la columna central, a unos quince metros de su local, en la penumbra del pasillo. Apoyé la espalda contra el concreto y crucé los brazos sobre el pecho.
Yo no tenía veintidós años para jugar con los sentimientos de nadie. No la veía como un pasatiempo de pasillo ni como una aventura rápida. Para mí, Olivia Granados era la mujer más valiosa, hermosa y profunda que había conocido, y si ella no podía ver en sí misma la mujer maravillosa que era a sus veintinueve años, yo me encargaría de demostrárselo cada día, con la paciencia de un hombre que sabe exactamente lo que quiere.
Pasó una hora. Las luces de la floristería por fin se apagaron.
Olivia salió del local con su bolso al hombro, cerrando la puerta con llave. Se detuvo un segundo en el pasillo, mirando a ambos lados con el temor natural de la soledad del lugar.
Fue entonces cuando me vio.
Parado ahí, en medio de la penumbra, con mi vestimenta negro y los brazos cruzados, esperándola en silencio.
Sus ojos café se abrieron con sorpresa y una mezcla de culpa y conmoción cruzó por su rostro. Caminé despacio hacia ella, acortando la distancia con mi paso firme, hasta detenerme a un metro de su figura.
—A la floristería no le llegó ningún pedido de última hora, chiquita —dije en voz baja, con un tono dulce que le quitó cualquier miedo de encima—. Pero no te preocupes. No vine a reprocharte nada.
Olivia tragó saliva, bajando la mirada.
—Marlon... yo... —susurró, con la voz a punto de quebrársele.
—Solo vine a cuidarte —la interrumpí suavemente, dando un paso más cerca y mirándola fijamente a los ojos—. No me importa si hoy no quisiste salir a comer. No tengo prisa contigo, Olivia. Pero no me pidas que me vaya y te deje sola aquí a esta hora. Te voy a acompañar hasta la salida.
Ella se me quedó mirando en absoluto silencio, sintiendo cómo el frío de sus inseguridades se derretía por completo ante la madurez y la devoción incuestionable de un hombre que solo quería protegerla.
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una novela romntica, amor propio.., una encuentro que cambia todo
Editado: 10.09.2026