La geometría de tu mirada

Capítulo 18: lunares, lluvia y descargas de adrenalina

Punto de vista de Olivia y Marlon

​Olivia

​Avanzábamos despacio por el pasillo en penumbras. Cada palabra que salía de la boca de Marlon parecía fríamente calculada para desarmarme, pero la verdad es que él solo estaba siendo sinceramente transparente. Era agotador intentar mantener mis defensas en pie frente a un hombre que tenía una respuesta hipnotizante para cada una de me mis inseguridades.
​Al llegar a la salida del personal, noté que llevaba un casco de visera oscura en la mano.

​—Vine en la moto hoy, chiquita —dijo, mirándome de reojo mientras ajustaba su agarre—. Te puedo llevar a tu casa si quieres. Así no caminas sola a esta hora.

​Sentí un tirón de pánico en el estómago. Verlo con el traje negro, la raya en la ceja y el casco en la mano le aportaba un aire de chico malo aún más acentuado, pero no era la moto lo que me asustaba. Era el destino. En esa casa no solo estaba mi cama; también estaba la sombra de mi pareja actual, la rutina helada y las explicaciones que no tenía ganas de dar.

​—No... gracias, Marlon —murmuré, apretando la tira de mi bolso—. Prefiero agarrar un transporte en la avenida.
​Él no presionó, pero continuó caminando a mi lado, acortando el paso para amoldarse al mío.

​—Como tú quieras —respondió con voz baja y pausada—. Igual, caminar a tu lado ya es un regalo. Siempre ha sido un placer admirarte desde lejos, Olivia, pero tenerte así de cerca... es simplemente increíble.
​Sentí que las mejillas me ardedían. Me sonrojé como una adolescente de quince años en su primer enamoramiento, sintiendo una mezcla de vergüenza y frustración.

​—Marlon, por favor, para —le pedí, deteniéndome un segundo y mirando el suelo, incapaz de sostenerle la mirada—. No digas eso. Hablas de mí como si fuera algo increíble... y claramente no lo soy. Solo soy una mujer de veintinueve años que ha tomado un montón de malas decisiones en la vida y que tiene el corazón lleno de dudas.

​Él me miró en silencio, sin juzgarme, pero antes de que pudiera responder, un trueno ensordecedor retumbó sobre nuestras cabezas.
​Al cruzar la puerta de vidrio, nos topamos de frente con un aguacero torrencial. La lluvia caía con tanta fuerza que resultaba imposible dar dos pasos sin quedar completamente empapados. Dimos un paso atrás de inmediato, refugiándonos bajo el alero del techo exterior del centro comercial.

​El espacio seco era diminuto. La tormenta nos obligó a pegarnos a la pared, reduciendo la distancia entre los dos a unos cuantos centímetros. Sentía el calor que emanaba de su cuerpo atravesando la tela de su camisa negra y la mía.

​El silencio se volvió espeso, ahogado solo por el sonido del agua cayendo sobre el pavimento.

​Luché con todas mis fuerzas para no mirarlo. Batallé internamente, repitiéndome que debía mantener los ojos fijos en la calle mojada, pero perdí olímpicamente. Mi mirada se desvió hacia arriba, buscándolo.

​Estando así de cerca, me entregué sin frenos a detallarlo. Repasé la línea recta de su nariz, sus pestañas oscuras y la simetría de sus labios. Fue entonces cuando mi mirada se fijó en un pequeño punto oscuro: un lunar discreto, casi secreto, cerca de su mentón.

​Sin pensarlo, como si mi cuerpo actuara por cuenta propia antes de que mi mente pudiera detenerlo, levanté la mano. Mis dedos, tibios y temblorosos, se posaron suavemente sobre su mandíbula.

​Le acaricié el lunar con la yema del pulgar, sintiendo la firmeza de su piel.

​—¿Sabías que los lunares tienen un significado bonito? —susurré en voz alta, en un trance inconsciente, maravillada por la textura de su rostro—. Dicen que los lunares son los lugares exactos donde te besaron en tu vida pasada...

Marlon

​El mundo se detuvo.
​Conversar con ella era una cosa, pero sentir el tacto de sus dedos sobre mi piel fue como recibir una descarga de adrenalina pura directamente en el pecho. Sentí que el aire se me congelaba en los pulmones. Mis brazos, pegados a los costados, se tensaron por completo mientras mi corazón empezaba a martillar contra mis costillas a una velocidad salvaje.

​Su mano era suave, delicada, y la forma en que me miraba a los ojos mientras acariciaba mi mentón me dejó sin una sola defensa. La dureza del guardia, el chico de la moto, el tipo de veintidós años... todo se evaporó. Solo quedaba un hombre profundamente hipnotizado por la mujer que tenía enfrente.

​Tragué saliva, sintiendo el pulso acelerado en mi cuello. No sabía qué decir. Mi mente era un lienzo en blanco ante la intensidad del momento, así que simplemente dejé que fuera mi absoluta sinceridad la que tomara la palabra.

​Incliné el rostro solo un milímetro más hacia ella, sosteniéndole la mirada café con una devoción que me salía del alma.

​—Pues... en esta vida —dije en un susurro grave, rozando el límite de sus labios con mi respiración—, me encantaría que fueras tú quien los besara.

​Olivia se congeló. La vi quedarse en blanco, con la mano aún posada en mi rostro y los ojos abiertos de par en par, mientras la lluvia caía a nuestro alrededor y el universo entero parecía detenerse solo para nosotros dos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.