Punto de vista de Olivia y Marlon)
Olivia
—¿A qué hora llegaste anoche, hermanita? —la voz sarcástica de mi hermana me dio la bienvenida apenas crucé el umbral de la floristería—. Porque escuché una moto marcharse a altas horas de la madrugada... y no sonaba precisamente como un taxi.
Me sonrojé de inmediato, buscando afanosamente unas tijeras en el mostrador para disimular.
—Me trajo Marlon, nada más —murmuré, intentando sonar neutral, aunque la sonrisa se me escapaba por los poros.
La mañana transcurrió entre el aroma a follaje fresco, cintas de colores y el trabajo habitual. Pero el ambiente en el pasillo ya no era el mismo. Mis ojos buscaban involuntariamente la figura alta y pulcra de Marlon junto a su columna, y cada vez que nuestros miradas se cruzaban, una sonrisa cómplice e inevitable nacía entre los dos. La costumbre de quedarnos hasta tarde se había vuelto, sin duda, mi parte favorita del día.
Sin embargo, a mitad de la tarde, la pantalla de mi teléfono vibró sobre la mesa.
Era un mensaje de un número desconocido. Lo abrí sin pensar, y en cuestión de segundos, el mundo se me vino abajo:
Número desconocido: El viaje de este fin de semana con sus padres es solo una excusa para no tener que aguantarte. Le das fastidio, Olivia. Eres insípida y aburrida, y si sigue contigo es únicamente porque le convienes económicamente. Qué pena das.
Me quedé en blanco. Las palabras se me clavaron en el pecho como dagas heladas. La humillación y el dolor amenazaron con ahogarme ahí mismo. Sentí los ojos cristalizados por las lágrimas, pero tragué grueso, apreté los puños y me mantuve firme en mi puesto, negándome a romperme frente a los clientes.
Desde la distancia, Marlon no tardó en notarlo. Mi postura encorvada y mi silencio no pasaron desapercibidos para sus ojos atentos. A los pocos minutos, la pantalla se iluminó de nuevo:
Marlon: Chiquita, te noto muy cabizbaja... ¿Todo bien en la tienda?
Olivia: ¿Hoy puedes llevarme a mi casa, por favor?
Marlon: Siempre voy a estar para ti. A la hora que salgas, aquí te espero.
Ese mensaje me desarmó por completo. El contraste era devastador: mientras el hombre en quien había confiado mi vida me traicionaba y me reducía a nada, este chico joven, imponente y atento quería cuidarme como si fuera una cajita de cristal.
Llegó la noche. Las tiendas cerraron y el centro comercial se sumió en un silencio sepulcral. Las horas pasaron y casi daban las doce de la noche, pero yo tenía pavor de volver a la soledad helada de mi casa. Estaba sentada en el suelo del pasillo exterior del local, atrapada en mis pensamientos.
A las 11:45 p.m., el teléfono volvió a sonar:
Marlon: Chiquita, ya es muy tarde y no has salido. ¿Pasa algo? ¿Estás bien?
Olivia: No... No estoy bien.
Ese fue el punto de quiebre. En el momento en que envié ese mensaje, todo se desmoronó dentro de mí. Rompí a llorar desconsoladamente, sintiéndome traicionada, humillada y pequeña.
Éramos los únicos en ese piso en penumbras. Escuché sus pasos apresurados resonar contra el piso de grano del pasillo. Marlon apareció en la esquina y me encontró parada frente al cristal de la tienda, con la cabeza agachada y abrazándome a mí misma para intentar sostener los pedazos de mi corazón.
Se detuvo a unos metros, mirándome con una mezcla de angustia y devoción.
Al sentir su presencia, levanté la cabeza. Ver sus ojos café llenos de preocupación disipó cualquier duda que me quedaba. Sin pensarlo dos veces, corrí hacia él y me arrojé a sus brazos.
Marlon me recibió de impacto, envolviéndome en un abrazo tan firme, tan apretado y tan protector que sentí que no quería soltarme jamás. Me pegó a su pecho mientras yo sollozaba contra la tela de su camisa negra, aferrándome a su cintura como si fuera mi único refugio en medio de la tormenta.
—¿Qué pasó, chiquita? —me preguntó en un susurro cargado de ternura, acariciándome el cabello.
No pude responder. Solo me aferré más fuerte a él hasta que mis sollozos comenzaron a calmarse.
Aún pegada a su cuerpo, la culpa me atravesó el pecho. Estaba ahí, llorando entre los brazos de un hombre maravilloso por las miserias de otro que no me merecía. Hice el ademán de alejarme, dando un paso hacia atrás, pero Marlon no me lo permitió. Presionó sus manos con más firmeza sobre mi cintura, manteniéndome pegada a él.
Levanté la mirada. El espacio entre nuestros rostros era inexistente. Me permití mirarlo de verdad, detallando de cerca cada facción de su rostro: su nariz recta, la simetría de su mandíbula, la raya en su ceja... hasta detener me en sus labios. Eran gruesos, rosados, perfectamente definidos.
En ese instante, resonó en mi mente el recuerdo claro de su audio de la noche anterior: «Si tú quieres que yo te bese, vas a tener que pedírmelo tú misma».
El dolor de la traición se transformó en una sed insoportable de ser amada. Me armé de una valentía que no sabía que poseía, me puse de puntitas para acortar la diferencia de altura, le tomé el rostro con ambas manos y me acerqué a su boca.
—Ya no puedo más... —susurré contra sus labios, sintiendo su aliento cálido—. Necesito que me beses.
Asustada por mi propia audacia, retrocedí un centímetro de golpe, perdiendo la valentía y dejándolo en blanco por una fracción de segundo. La distancia amenazó con abrirse entre los dos.
Marlon
Escuchar esas palabras salir de su boca fue el detonante que destruyó cualquier rastro de mi autocontrol.
Reaccioné en un acto reflejo. Pase mi mano derecha por su cintura con firmeza, la atraje de golpe hacia mi cuerpo para no dejar espacio entre los dos y la besé.
En el instante en que mis labios tocaron los suyos, me di cuenta de que admirarla desde lejos, verla caminar por el pasillo o sentir sus manos en mi espalda no era nada comparado con esto. Un choque de adrenalina puro y salvaje me recorrió la columna vertebral. Sus labios eran dulces, tibios y delicados.
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una novela romntica, amor propio.., una encuentro que cambia todo
Editado: 10.09.2026