La geometría de tu mirada

Capítulo 21: ¡a la mierda todo!

Punto de vista de Olivia y Marlon)

Olivia

​Nos separamos despacio del beso. Mi respiración seguía agitada, pero el nudo de llanto en mi garganta había desaparecido. Lo miré a los ojos y, sin un ápice de la vergüenza que solía frenarme, volví a alzar la mano para acariciar con el pulgar el pequeño lunar cerca de su mentón.

​Marlon cerró los ojos al instante ante mi contacto, soltando un suspiro profundo y dejando que la calidez de mis dedos recorriera su piel.

​—Chiquita... —rompió el silencio con una voz grave, áspera y cargada de advertencia, abriendo los ojos lentamente—. Si sigues tocándome así, te prometo que no te voy a dejar ir a tu casa y te voy a volver a besar aquí mismo.

​Sentí que las mejillas me ardían en un segundo. Me separé un paso de él, dándole la espalda para ocultar mi sonrojo.

​—Lévame a casa, por favor —murmuré con una sonrisa tímida.

​—Tus deseos son órdenes —respondió él con suavidad.

​Caminamos juntos por el pasillo en penumbras hacia el estacionamiento. Con cada paso, nuestras manos se rozaban accidentalmente una y otra vez, creando una corriente eléctrica entre los dos. De repente, la mano grande de Marlon envolvió la mía. Lo miré de golpe, sorprendida por el gesto, y por instinto me zafé de su agarre.

​Marlon se detuvo, me miró de lado con esa mirada adictiva y volvió a tomar mi mano, entrelazando sus dedos con los míos sin pedir permiso.

​—Me gusta la calidez de tus manos —dijo con total naturalidad. Se inclinó un milímetro, me dio un beso rápido y dulce en la mejilla y me soltó antes de seguir caminando.

​Al llegar a la moto, no pude evitar pensar que sonrojarme se había convertido en el pasatiempo favorito de Marlon Valderrama. Pero esta vez, cuando me subí detrás de él, no hubo dudas ni temores: me aferré a su cintura con una confianza absoluta, sintiendo cómo se le escapaba una sonrisa victoriosa al sentir mi abrazo en su espalda.

​Cuando la moto se detuvo frente a mi casa, la luz de la entrada se encendió de golpe. Mi hermana menor se asomó por la ventana despeinada, en pijamas y con los ojos entreabiertos. Al vernos llegar en la moto, su boca se abrió de forma dramática en una "O" perfecta. Al darse cuenta de la escena, cerró la cortina de un tirón y se volvió a meter, dejándonos nuestro espacio.

​Me bajé de la moto y me acerqué a Marlon para despedirme con un beso en la mejilla. Él no se apartó, pero aprovechó la cercanía para pegarse a mi oído y susurrarme con esa voz que me derretía por dentro:

​—Aunque me encanten tus besos en la mejilla... me quedo con los besos en tus labios. Son mis favoritos.

​Sin atreverme a mirarlo a la cara por la pena, me di la vuelta y entré corriendo a casa.

​Apenas crucé la puerta, mi hermana me abordó en la sala. Me miró con una picardía insoportable, se cruzó de brazos y me soltó:

​—¡Necesito saberlo todo ya mismo! Porque esa confiancita de bajarte de una moto abrazada a un hombre a medianoche no es de "amigos".

​Me abrazó con una fuerza enorme, diciéndome lo orgullosa que se sentía de ver que por fin me estaba dando la oportunidad de ser feliz. Nos sentamos en el sofá a conversar hasta altas horas de la madrugada. Cuando le conté lo del mensaje de traición y el posterior beso con Marlon, mi hermana casi convierte el momento en un evento histórico, dando un salto en el sillón llena de emoción.

Marlon

​A la mañana siguiente, llegué al centro comercial con la sonrisa de un hombre al que le cambió la vida.

​Estaba parado cerca de mi columna habitual cuando vi aparecer a Olivia. Pero no venía como anoche. Llevaba una postura rígida, el rostro serio y ni siquiera me dio los buenos días. Me tomó con firmeza del brazo y, con una fuerza que me sorprendió, me jaló hacia un pasillo de servicio completamente vacío.

​—Lo de ayer fue una reacción impulsiva a un día muy frustrante —me soltó sin mirarme a la cara, hablando rápido para no perder el poco valor que le quedaba—. Estaba mal, me sentía vulnerable... pero tú y yo solo podemos ser amigos, Marlon. No podemos seguir con esto.

​Me mantuve en silencio, escuchando sus excusas baratas mientras notaba cómo evitaba a toda costa el contacto visual. Sabía perfectamente que si me miraba a los ojos, su teatro se caía a pedazos.

​Decidí no respetar su espacio personal. Di un paso al frente, acorralándola sutilmente contra la pared. Y posicioné mi mano en su pequeña cintura, pegándola a mi cuerpo, y con la otra mano le tomé la barbilla, obligándola a levantar el rostro para sostenerme la mirada.

​—Puedes poner mil excusas, Olivia —dije en un susurro peligroso, rozando sus labios—, pero la forma en que te aferraste a mí anoche y cómo tus labios se amoldaron a los míos no fueron por confusión ni por tristeza. Querías besarme... al igual que yo me moría por besarte a ti.

​Y sin dejarla responder, la volví a besar.

​Fue un beso hambriento, firme y profundo que no le dejó espacio para dudar. En medio del beso, pegué mi boca a la suya y le musité entre respiraciones:

​—Ahora dime que no quieres besarme, Olivia...

Olivia

​Sus palabras y el roce firme de su boca destruyeron la última barrera que intentaba construir.

​Un arranque de valentía salvaje me recorrió el cuerpo. Decidí mandar todo a la mierda: las excusas, el miedo a la edad, la culpa y el dolor del pasado. Me puse de puntitas de golpe, le pasé los dos brazos por el cuello, enredando mis dedos en su cabello corto, y lo volví a besar con una pasión que me salió desde lo más profundo del pecho.

​Ya no iba a negarlo más. Me moría por sus besos, y besar a Marlon Valderrama se había convertido, oficialmente, en mi parte favorita de la vida.




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