La geometría de tu mirada

Capitulo 22: viajar a otro universo

Punto de vista de Olivia y Marlon

Olivia

​Aún sentía el latido frenético de mi corazón retumbando en mis oídos tras ese beso tan hambriento y profundo. Traté de recuperar el aliento y la cordura mientras colocaba mis manos sobre su pecho firme para poner un poco de distancia entre los dos.

​—Marlon... en público no podemos andarnos besando así —le dije en un susurro tembloroso, ajustándome la ropa—. La gente del centro comercial nos puede ver... y sabes que yo no estoy completamente sola.

​Marlon me sostuvo la mirada. Lejos de enfadarse o ponerse a la defensiva, la expresión de su rostro se volvió suave, comprensiva y profundamente seria.

​—Lo sé, chiquita —respondió en voz baja, sin soltarme del todo—. Te observo desde hace meses y sé perfectamente que tienes una pareja. Pero también sé cómo te trata, el poco tiempo que te dedica y que definitivamente no te da la importancia que te mereces.

​Sentí un choque de vergüenza en el pecho. Bajé la mirada al suelo, sonrojada y abrumada por la forma en que él leía mi vida sin que yo tuviera que decirle una sola palabra.

​Marlon dio un paso más, acortando el espacio, y me envolvió en un abrazo cálido y pausado. Apoyó su barbilla sobre mi cabeza mientras sus brazos me sostenían con una ternura infinita.

​—No te estoy presionando —me susurró al oído con esa voz grave que me calmaba el alma—. Sé que no eres feliz ahí, Olivia. Tú te mereces el mundo entero... y a mí me encantaría ser el hombre que te lo dé. Pero voy a esperarte. El tiempo que necesites.

​Me quedé congelada entre sus brazos por unos segundos. Alcé la mirada para encontrarme con sus ojos café. No me salían las palabras; no podía creer que este hombre tan joven, imponente y guapo estuviera dispuesto a darlo todo por mí. Como una impulso involuntario, me puse de puntitas de nuevo y le di un beso corto, dulce y firme en los labios, dejándolo completamente sorprendido por mi atrevimiento antes de zafarme y salir corriendo del pasillo de servicio.

​Llegué a la floristería con las mejillas ardiendo. Mi hermana, que estaba acomodando un jarrón con girasoles, levantó las cejas de inmediato al verme entrar descolocada.

​—A ver... ¿a dónde fuiste que vienes con esa cara de haber visto a un ángel? —bromeó, cruzándose de brazos.

​Respiré hondo y me acerqué al mostrador. En voz baja, tratando de que nadie más escuchara, le conté rápidamente lo que había pasado en el pasillo: la discusión, la confesión de Marlon sobre esperarme y el abrazo.

​Mi hermana soltó un largo suspiro, mirándome con una mezcla de emoción y ternura.

​—Olivia... ese hombre no está jugando —dijo con total seguridad—. Marlon está enamorado de ti.

​Sentí que el rostro se me encendía de nuevo. Negué con la cabeza apresuradamente.

​—¡No diga tonterías! ¿Cómo va a estar enamorado? —me escudé en mi timidez—. Solo está emocionado por lo que ha pasado estos días, es la novedad...

​—Claro, "la novedad" —sonrió ella con ironía dulce—. Un hombre no te cuida a medianoche, ni te promete esperarte con esa madurez, solo por "emoción". Abre los ojos, Oli. Ese muchacho te quiere de verdad.

​Se fue a atender a un cliente, dejándome sola con mis pensamientos.

​Me quedé en silencio, limpiando los tallos de unas rosas rojas, pero las palabras de mi hermana quedaron rebotando en mi mente como un eco constante.

«¿Y si es verdad?», me pregunté en un diálogo interno que me aceleraba el pulso. «¿Y si Marlon siente mucho más de lo que demuestra? ¿Y si a mí también me está empezando a gustar de una forma de la que ya no hay retorno?».

​Porque si de algo estaba completamente segura, era de que sus besos no eran comunes. Besarlo era como viajar a otro universo. La calidez de sus manos, la sensibilidad con la que buscaba mi boca y la devoción con la que me sostenía en sus brazos era algo que simplemente jamás había experimentado en toda mi vida.

​Con esa enorme incógnita flotando en el aire y el recuerdo de sus labios frescos sabor a menta rondándome la cabeza, pasé el resto de la tarde trabajando, lanzándole miradas disimuladas al chico alto de corbata negra que no dejaba de cuidar mi pasillo.




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