La geometría de tu mirada

Capítulo 23: cena entre flores y secretos

Punto de vista de Olivia y Marlon

Olivia

​El teléfono sobre el mostrador vibró de nuevo. La pantalla se iluminó con una notificación que me hizo apretar los labios para no soltar una sonrisa delatadora.

Marlon: Chiquita, deja de mirarme la boca desde allá si no quieres que cruce el pasillo y rompa la regla de no besarte en público.

​Alcé la mirada hacia la columna central. Ahí estaba él, erguido con su traje negro, ajustándose la corbata con una mano mientras sostenía el teléfono con la otra, clavándome esa mirada café tan intensa que me quemaba a la distancia.

​Tomé el teléfono y respondí rápido:

Olivia: Tú tampoco ayudas disimulando, Valderrama... Me desconcentras.

Marlon: Es que tenías razón. Tus labios se volvieron mi adicción.

​Sentí que las mejillas me ardedían en un segundo.

​—Si siguen intercambiando miradas y mensajes subidos de tono a través del pasillo, se van a prender en candela las rosas —soltó mi hermana de la nada, mirándome con sarcasmo mientras envolvía un arreglo—. Olivia, si te estás muriendo de las ganas de ir a darle un beso, ¡arriésgate y ve! Nadie los está viendo.

​—¡Shh! Cállate, que nos van a escuchar —susurré avergonzada, escondiendo la cara entre las manos.

​Para la hora del cierre, la rutina de la floristería se complicó. Un cliente de última hora retrasó todo, y mi hermana tuvo que marcharse temprano para atender un asunto personal, dejándome a mí sola para terminar todo y cerrar el local.

​La propuesta inicial de cenar en mi casa parecía haberse pospuesto por la hora. Ya rozaban las once de la noche cuando por fin logré apagar las luces interiores. Saqué el teléfono y llamé a Marlon para avisarle que ya estaba lista, pero no contestó.

«Se tuvo que haber ido... es tardísimo», pensé con un bajón de desánimo en el pecho.

​Apreté el bolso contra mi hombro, pasé la llave por el candado de la persiana metálica y me di la vuelta para irme a la avenida. Pero al girarme, me tope de frente con el pecho ancho de Marlon.

​Llevaba el casco colgado en el brazo y en sus manos sostenía dos bandejas de comida caliente, con el vapor colándose por los bordes.

​—Pensé que te habías ido —murmuré, con el corazón dándome un vuelco de la sorpresa.

​—Te dije que siempre iba a estar para ti —respondió en voz baja, regalandome una sonrisa suave—. Como se nos hizo tarde para ir a tu casa, te propongo algo mejor: cenemos aquí adentro, tranquilos, y luego te llevo.

​Se me oprimió el pecho. Por dentro, un rayo de inseguridad me volvió a golpear: «¿De verdad un hombre tan joven, imponente y lleno de vida como él quiere pasar sus viernes a las once de la noche cenando en una floristería conmigo?». Tenía miedo de no ser lo suficiente para él.

​Aun así, le quité el candado a la puerta y volvimos a entrar, dejando la persiana a medio bajar para mantener la privacidad.

Marlon

​Acepté la idea de cenar con ella con el corazón latiéndome a mil por hora. Por primera vez en meses, me sentía jodidamente emocionado, pero también temeroso. Me gustaba Olivia, me gustaba de una forma que me asustaba, y el miedo a ser solo una "novela de paso" o un pasatiempo temporal para sanar sus heridas me obligaba a intentar poner límites en mi mente. Pero tenerla enfrente me destruía cualquier barrera.

​Nos sentamos en las banquetas del mostrador, con el olor a eucalipto y rosas rodeándonos.

​Apenas destapamos las bandejas de comida, no perdi la oportunidad de mirarla a los ojos.

​—No puedo dejar de acordarme de cómo te pusiste de puntitas en el pasillo de servicio para alcanzarme la boca... Se nota que te morías por sentirme tanto como yo a ti. —le solté sin rodeos, viéndola fijamente.

​Olivia casi se ahoga con el primer bocado. Bajó la mirada de golpe, intentando esconder el rubor que le cubrió el cuello y las mejillas.

​—Marlon, por favor... come —murmuró tímida, jugando con el tenedor.

​—Me encanta verte sonrojar con mis palabras —insistí, inclinándome un poco sobre el mostrador para quedar más cerca de su rostro—. Llevo meses queriendo decirte todo esto cada vez que te miraba desde mi puesto.

​Ella levantó la mirada, sorprendida.

​—¿Desde hace meses? —preguntó en un susurro.

​Se me escapó. Dejé salir lo que llevaba guardado desde el primer día que la vi cruzar el pasillo.

​—Sí. Mirarte a los ojos y sentir tu roce... siempre fue mi punto débil, Olivia. Desde el primer día.

Olivia

​Me quedé helada. Las palabras se me atascaron en la garganta al escuchar semejante confesión.

​Lo miré fijamente a los ojos café, buscando cualquier rastro de mentira o juego en su rostro, pero solo encontré una sinceridad aplastante y absoluta. El hombre imponente de traje negro, el guardia serio que todos temían en el centro comercial, estaba ahí sentado frente a mí, confesándome con la voz temblorosa que yo había sido su punto débil durante meses.

​El miedo a no ser suficiente se disipó en un segundo, reemplazado por un calor profundo que me recorrió todo el cuerpo.

Terminamos de cenar entre risas bajitas, miradas complicitarias y pinceladas de un coqueteo que ya no podíamos frenar. Recogimos las bandejas y salimos del local. Volví a pasar la llave al candado y caminamos juntos hacia la penumbra del estacionamiento.

​Marlon se acercó a su moto, tomó el casco e iba a pedirme que me subiera cuando el teléfono en mi bolso comenzó a sonar con una vibración insistente y molesta.

​El nombre en la pantalla hizo que el ambiente cálido se congelara en un segundo.

​Era mi pareja.

​Miré a Marlon con una mezcla de culpa y nerviosismo. Él solo dio un paso atrás, cruzándose de brazos mientras la mandíbula se le tensaba imperceptiblemente.

​Deslicé la pantalla para contestar.




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