La geometría de tu mirada

Capítulo 24: la ultima decisión

Punto de vista de Olivia y Marlon

Olivia

​Me quedé en silencio tras colgar el teléfono, sosteniendo el aparato con la mano temblorosa. Miré a Marlon, sintiendo un nudo frío en el estómago y una profunda vergüenza por el tono en el que me acababan de hablar.

​—Marlon... creo que lo mejor es que hoy tome el transporte público para ir a casa —murmuré, dando un paso atrás y ajustando la tira de mi bolso sobre el hombro.

Marlon

​Ignoré por completo sus palabras. Un fuego oscuro y denso me quemó el pecho por dentro. Apreté los puños, intentando controlar la rabia contenida al imaginar al imbécil del otro lado de la línea hablándole con semejante tono de desprecio a la mujer que yo llevaba meses venerando en silencio.

​Pero no era solo rabia; era un puñetazo de celos directo al orgullo. Saber que ese tipo, que no la valoraba ni un poco, era su pareja "oficial", mientras yo tenía que comerme la frustración de verla volver a sus brazos, me estaba matando por dentro.

​—¿Quién se cree que es ese tipo para hablarte de esa manera? —solté con la voz áspera y la mandíbula apretada, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no alzar la voz delante de ella.

​—Por favor, Marlon, no lo compliques —insistió Olivia, con los ojos cristalizados—. No quiero problemas. Déjame irme en un autobús.

​—No te voy a dejar ir sola a estas horas y menos en ese estado —dije, tratando de suavizar el tono pero manteniendo una firmeza absoluta—. Te voy a llevar. Te dejaré a una esquina de tu casa para asegurarme de que llegues bien y sin buscarte problemas. Súbete.

Olivia

​Accedí en silencio, incapaz de seguir discutiendo. Me acomodé detrás de él en la moto y, apenas el motor rugió, pasé mis brazos alrededor de su cintura.

​El viento de la noche nos envolvía, pero la calidez de su cuerpo era lo único que me mantenía firme. Sin darme cuenta, sumida en una marea de emociones, mis dedos comenzaron a acariciar suavemente la tela de su camisa sobre su abdomen y su pecho. Era un gesto inconsciente, un refugio desperado antes de volver a mi realidad.

Marlon

​Sentir sus manos acariciándome el pecho mientras íbamos en la moto me hizo apretar el manubrio con más fuerza. La sentía tan mía, tan cómoda contra mi espalda, que la idea de perderla se me volvió insoportable. Sentí que podía acostumbrarme a tenerla así para siempre.

​Sin pensarlo dos veces, alzando un poco la voz por encima del viento, dejé salir lo que me quemaba el alma:

​—Déjalo, Olivia... Deja a ese tipo. Yo estoy dispuesto a todo contigo.

​Sintió cómo ella cerraba los ojos pegando la frente a mi espalda. Vi su reflejo en el retrovisor: solo sonrió levemente, una sonrisa triste y en silencio, pero no respondió nada.

​Llegamos a la esquina anterior a su casa. Apagué el motor en la penumbra de la calle desierta. Olivia se bajó despacio, se acomodó el cabello y se acercó a mí para darme un corto beso en la mejilla de despedida.

​Antes de que pudiera alejarse, la tomé con firmeza por la cintura y la atraje hacia mi pecho. Nuestros rostros quedaron a milímetros. Su respiración se pausó. Sentí sus ojos café fijos en mi boca, pero no la besé.

​Me incliné hasta rozar sus labios con mi aliento cálido con sabor a menta, susurrándole muy cerquita:

​—No te voy a besar hoy... No porque no me muera por hacerlo, sino por respeto a ti y al momento que estás pasando. Pero me estoy matando las ganas, chiquita.

Olivia

​Tragué saliva, sintiendo un escalofrío rebotar por toda mi columna. Me separé despacio, dedicándole una última mirada cargada de emociones contenidas, y empecé a caminar hacia mi casa.

​A mitad de cuadra, no pude evitar voltear hacia atrás. Ahí estaba él, recostado sobre la moto con los brazos cruzados, viéndome caminar bajo la luz del poste. Al llegar a la puerta, volví a echar un vistazo: no se había movido ni un centímetro.

​Entré a casa y cerré la puerta con cuidado. A lo lejos, a través de la madera, escuché el rugido del motor de su moto alejándose por la avenida. Una pequeña sonrisa involuntaria se me dibujó en el rostro.

​Pero la magia duró exactamente dos segundos.

​—¿De qué te ríes como una estúpida? —la voz seca y cortante retumbó desde las escaleras.

​Mi pareja bajaba los escalones con los brazos cruzados y el rostro desencajado por la rabia.

​—¿Y son estas horas de llegar? —exigió, parándose frente a mí.

​—Tuve que quedarme a terminar un inventario en la tienda... —intenté escudarme, bajando la mirada.

​—¡Déjate de excusas baratas! —me interrumpió a gritos—. Ya sé que te trae un tipo en una moto. Ya me lo han dicho. ¿Acaso estás loca? ¿Qué carajos va a pensar la gente?

​Me quedé helada. La sorpresa me dejó sin palabras mientras él continuaba, desbordando un veneno que me perforó el pecho:

​—Estás mal, Olivia. Todos me dicen que el carajito ese se ve muchísimo más joven que tú. ¿Qué quieres que piensen los demás? ¡Dímelo!

​—Fue... fue solo un favor de un trabajador del centro comercial —logré articular en un hilo de voz.

​Él soltó una carcajada sarcástica y amarga.

​—¡Me entero de que un favor es seguido y de todos los días! ¡Con besos y abrazos! No me creas estúpido, Olivia. ¿No ves lo ridícula y patética que te ves montada en una moto con un muchachito? Eres una mujer grande, mayor, usada y cansada. Por favor, reacciona y aleja a ese niño de tu vida y de nuestra relación. Es una advertencia.

​Se dio la vuelta para subir las escaleras, pero antes de pisar el último escalón, se giró para darme el estocada final:

​—Eres patética si de verdad crees que alguien tan joven y lleno de vida se fijaría en ti por algo serio.

​El silencio volvió a la sala. Solté mis cosas en la entrada como pude y me fui directo al baño. Cerré la puerta con seguro, me dejé caer contra el piso de cerámica y rompió en un llanto desgarrador. Sentía que el pecho se me oprimía tanto que me faltaba el aire.




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