La geometría de tu mirada

Capítulo 25: escudos de papel

Punto de vista de Olivia y Marlon

Olivia

​Me levanté esa mañana con el peso del mundo sobre mis hombros y las palabras crueles de anoche resonando en mi mente. Necesitaba desaparecer. Necesitaba ser invisible para no tentarme, para no buscar el refugio de unos ojos café que no me correspondían por edad ni por vida.

​Decidí que hoy pasaría desapercibida a toda costa. Me puse un suéter de capucha negro completamente holgado, un mono ancho del mismo color y mis zapatos deportivos blancos con la franja rosada. Me recogí el cabello en un moño desenfadado, me calé la capucha y salí de casa dispuesta a enterrar lo que había empezado a florecer.

​Al llegar a la entrada del centro comercial, mi corazón dio un vuelco salvaje. El pánico me atacó de golpe al ver a Marlon parado cerca de su columna. Fingí que hablaba por teléfono, aceleré el paso y apenas solté un hilo de voz al cruzar a su lado:

​—Buenos días...

​Apreté el paso hacia la floristería sin darle tiempo a responder.

​Apenas crucé el umbral de la tienda, mi hermana me recibió reprendiéndome con la mirada, cruzada de brazos.

​—¿Por qué fuiste tan cortante con él? —me cuestionó en voz baja pero firme.

​—Ya me bajé de esa nube —respondí exhausta, acomodando unos jarrones sin mirarla—. Los problemas futuros se cortan de raíz. No quiero hablar de Marlon y tampoco quiero saber nada de él.

​Mi hermana soltó un largo suspiro, dio un paso atrás para terminar un centro de mesa y dijo, lo suficientemente fuerte para que la escuchara:

​—Te equivocas, Olivia. Pero bueno, tú tomas tus decisiones y yo las respeto.

​El día transcurrió lento y tortuoso entre arreglos de flores, agua y clientes entrando y saliendo. Marlon me miraba de vez en cuando desde su puesto en el pasillo, pero yo esquivaba su mirada sistemáticamente. Mi teléfono sonó en el mostrador; era un mensaje de él preguntándome de nuevo qué pasaba. Solo abrí la notificación, vi el texto y lo ignoré por completo.

​Sabía que él se daría cuenta de que lo había leído. Sentía sus ojos clavados en mí desde la distancia.

​Cerca de la tarde, actuando como la casamentera que se negaba a ver mi rendición, mi hermana miró hacia afuera y me pidió ayuda.

​—Mueve el cartel de la entrada para despejar el paso, por favor.

​—No voy a caer otra vez —le dije frustrada—. Muévelo tú.

​—Estoy ocupada, Olivia. Deja tu mal genio y muévelo de una vez —me repitió sin darme opción.

​Salí del local sintiendo la mirada de Marlon quemándome la espalda. Me agaché para tomar las bordes del letrero de madera, pero de repente, la presencia de Marlon me envolvió.

​Sentí su perfume antes de escucharlo; su pecho ancho se pegó a mi espalda mientras se inclinaba para tomar el letrero. Fue inevitable no cerrar los ojos. La calidez que emanaba su cuerpo me hizo dar un suspiro ahogado y la piel se me erizó por completo. Quedé desconcertada por el choque de sensaciones, pero volví a la realidad cuando escuché su voz grave rozando mi oreja:

​—Déjame ayudarte...

​Cuando él colocó su mano cerca de la mía sobre la madera, la alejé de golpe. Marlon me miró sorprendido. Sin mirarlo a la cara, le agradecí apenas con un gesto de cabeza y volví a meterme a la tienda. Desde el mostrador, mi hermana me asesinó con la mirada y negó con la cabeza en desacuerdo.

​A solo minutos de cerrar, el teléfono volvió a sonar. Esta vez era mi pareja:

«Tengo un viaje de trabajo de más de dos semanas. Recuerda lo que hablamos anoche y no hagas tonterías mientras no esté.»

​Mi hermana alcanzó a leer la pantalla por encima de mi hombro y se molestó profundamente.

​—Tú no eres de su propiedad, Olivia. Tienes que dejar a ese hombre de una vez por todas.

​No respondí. Me quedé callada, mirando la pantalla. Cansada de la situación, mi hermana caminó hacia la entrada y salió directo a donde estaba Marlon. El pánico me heló la sangre. La vi hablar con él por unos segundos mientras él asentía con el rostro serio.

​Pocos segundos después, Marlon cruzó el umbral de la floristería, rodeó la entrada y se paró justo frente a mí, al otro lado del mostrador.

​—Necesitamos hablar —dijo con voz firme.

​Mantuve la cabeza gacha, mirando mis manos.

​—No tengo nada que hablar contigo —respondi con frialdad.

​—¿Y por eso no me miras a los ojos, chiquita? —preguntó en un tono suave, cargado de una ternura que me desarmó—. ¿Por qué no quieres mirarme?

​Alcé la cabeza despacio. Tenía los ojos completamente cristalizados por las lágrimas contenidas. A lo lejos, mi hermana caminó hacia el fondo murmurando al aire:

​—Voy a ver cómo crecen elefantes en las plantas... —pero ninguno de los dos le prestó atención.

​Marlon rodeó el mostrador y se paró a centímetros de mí.

​—Nada... nada de lo que ese tipo te diga me va a hacer cambiar lo que siento por ti —dijo con una seguridad aplastante.

​Me alejé un paso, sintiendo que la voz se me rompía en el pecho.

​—Apártate, Marlon... Tú eres solo un niño y yo soy una mujer bastante madura para estar contigo. Solo quería besarte y saber qué se siente besar a alguien más joven, y ya está.

​Marlon dio un paso al frente sin dejarse amedrentar.

​—No te creo nada —dijo mirándome fijamente—. Y no te minimices. Seré joven de edad, pero soy un hombre que sabe exactamente lo que quiere. Y justo ahora te quiero a ti.

​Me quedé helada ante sus palabras, incapaz de alejarme esta vez. Marlon aprovechó el segundo de duda, estiró los brazos y me tomó con firmeza por la cintura, pegándome a su cuerpo. Por puro instinto, mis pies se pusieron de puntitas para alcanzarlo. Nuestros rostros quedaron a milímetros, sintiendo el aliento del otro rozándonos los labios...

¡CLANK!

​El sonido fuerte de la campana de la entrada nos hizo separarnos de golpe. Mi hermana entró corriendo con el rostro desencajado y la voz alterada:




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