La Gran Paradoja De Existir

PRÓLOGO

Durante miles de años, la humanidad ha contado su propia historia como si fuera una línea ascendente, un relato de progreso inevitable. Inventamos lenguajes para nombrar lo que no entendíamos, herramientas para dominar lo que temíamos, libros para conservar lo que olvidábamos. Levantamos religiones para explicar lo inexplicable, países para dividir lo indivisible, sistemas para ordenar lo inabarcable. Y cuando todo eso nos quedó pequeño, creamos máquinas capaces de pensar por nosotros, como si la inteligencia fuera un objeto más que pudiéramos fabricar en serie.

Hoy vivimos rodeados de un conocimiento que marea. Millones de voces opinan, millones de objetos se producen, millones de proyectos nacen y mueren sin dejar rastro. La cultura humana es un océano infinito donde cada ola trae algo nuevo y, al mismo tiempo, nada cambia en lo esencial. Seguimos siendo criaturas que respiran, temen, desean y mueren. Criaturas que no eligieron estar aquí.

Porque, mientras la historia avanza, en algún lugar del mundo ocurre siempre lo mismo: nace otro ser humano. Un cuerpo diminuto, una mente en blanco, un par de pulmones que se abren por primera vez. Nadie le pregunta si quiere participar en esta obra milenaria. Nadie le ofrece alternativas. No elige su raza, ni su país, ni su época, ni su cuerpo, ni su mente. Solo respira. Y con esa primera inhalación queda atrapado en un escenario que ya estaba montado mucho antes de que él llegara.

Zassss. De la nada a la nada, con un breve intermedio llamado vida.

Y lo más extraño es que nadie se rebela. Todos aceptan la existencia como un hecho natural, lógico, inevitable. Como si no pudiera ser de otra manera. Como si siempre hubiera sido así. El niño crece, absorbe conocimiento, imita gestos, aprende a temer sin saber por qué, a desear sin comprender qué desea. Se convierte en un adulto que repite lo que otros repitieron antes. Y la maquinaria continúa.

Pero a veces —solo a veces— ocurre algo. Una grieta. Una sospecha. Una sensación tenue, casi imperceptible, de que algo no encaja en la existencia. Puede aparecer a los veinte años, o a los cuarenta, o a los sesenta. O puede no aparecer nunca.

Es esa sensación la que lo cambia todo. La que abre la puerta a la pregunta prohibida:

¿Y si la vida no fuera lo que tiene que ser?

¿Y si la existencia misma fuera la gran paradoja?

Este libro nace en esa grieta.




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