La Gran Paradoja De Existir

EVARISTO HOLM

Evaristo Holm nació en un lugar cualquiera del mundo. No importa el nombre de la ciudad, porque podría haber sido cualquier otra. Un lugar con calles que huelen a pan por la mañana, con autobuses que pasan cada quince minutos, con vecinos que saludan sin detenerse, con un cielo que cambia de humor según la estación. Un lugar donde la vida transcurre sin grandes sobresaltos, como una corriente que arrastra a todos en la misma dirección.

A simple vista, Evaristo no llamaba la atención. Tenía el cabello entrecano, la piel ligeramente tostada por años de caminar bajo el sol, y unos ojos grises que parecían observarlo todo con una mezcla de curiosidad y cansancio. Medía lo que miden casi todos, pesaba lo que pesa cualquiera que no se obsesiona con su cuerpo, y vestía ropa cómoda, sin marcas visibles, sin pretensiones. Era el tipo de persona que uno podría cruzarse en un supermercado sin recordarlo después.

Estudió administración de empresas porque era lo que tocaba, lo que parecía razonable, lo que ofrecía un futuro estable. No fue una decisión meditada, sino una de esas elecciones que se toman por inercia, como quien sigue una flecha pintada en el suelo. Trabajó durante décadas en una oficina pequeña, en un edificio gris, rodeado de compañeros que hablaban de fútbol, de vacaciones, de hipotecas y de promociones que nunca llegaban. Evaristo cumplía, respondía correos, asistía a reuniones, entregaba informes. Era eficiente, educado, correcto. Nadie sospechaba que, detrás de esa apariencia tranquila, se escondía una mente que empezaba a hacerse preguntas peligrosas.

Su familia era como tantas otras. Se casó joven, tuvo dos hijos, celebró cumpleaños, navidades, aniversarios. Hubo risas, discusiones, silencios, reconciliaciones. Nada extraordinario. Sus hijos crecieron, se marcharon a estudiar, volvieron de vez en cuando con historias nuevas y problemas viejos. Su esposa, Clara, era una mujer práctica, de esas que mantienen la casa en pie incluso cuando todo lo demás parece tambalearse. Con ella compartió rutinas, viajes breves, cenas tranquilas, y también esa sensación difusa de que la vida se les escapaba entre los dedos sin que nadie supiera muy bien hacia dónde.

Tenía un pequeño círculo de amigos, hombres y mujeres que conocía desde hacía años. Se reunían los viernes por la noche para tomar algo, hablar de política sin profundizar demasiado, comentar series, quejarse del trabajo, del tráfico, del precio de la vivienda. Eran conversaciones ligeras, cómodas, previsibles. A Evaristo no le gustaban, y a veces sentía que todos repetían frases heredadas, como si la vida fuera un guion que nadie se atrevía a cuestionar.

Vivía en un piso modesto, en un barrio tranquilo. Un piso lleno de objetos acumulados con los años: fotos familiares, libros, recuerdos de viajes, plantas, ropa amontada en armarios o en el trastero, zapatos. Un piso con un bonito salón, un televisor grande, un sofá gastado, una mesa de madera con marcas de vasos, una estantería llena de libros que había ido acumulando sin orden ni criterio. Desde la ventana se veía un parque pequeño donde los niños jugaban por las tardes y los ancianos paseaban a sus perros. Su coche era un utilitario viejo, de esos que arrancan a la primera, pero ya no prometen aventuras. Lo usaba para ir al trabajo, para hacer la compra, para visitar a sus hijos. Nada más.

Su país era uno más de los muchos que componen el mapa del mundo. Con sus problemas, sus virtudes, sus contradicciones. Un lugar donde la gente trabaja, paga impuestos, vota cada cierto tiempo, se queja del gobierno, celebra los goles de la selección y sueña con una vida un poco mejor. Un país donde la existencia se vive como algo normal, inevitable, casi automático.

Y así transcurrió la vida de Evaristo Holm durante seis décadas. Una vida común, reconocible, llena de pequeños hábitos y grandes silencios. Una vida que podría haber sido la de cualquiera: levantarse, trabajar, comer, dormir, repetir. Respirar el mismo aire que respiran millones de personas, seguir las mismas normas, desear lo que todos desean, temer lo que todos temen.

Nada en él parecía anunciar lo que vendría después. Nada hacía pensar que, bajo esa superficie tranquila, se estaba gestando una rebelión silenciosa. Una sospecha. Una grieta.

Pero todavía no.

Aún no.

Por ahora, Evaristo Holm es simplemente un hombre más en el mundo.

Uno entre millones.

Uno que respira, camina, trabaja y vive sin saber que, muy pronto, dejará de aceptar lo que todos aceptan.

Evaristo se despertaba siempre a la misma hora, sin despertador.

Se sentaba en el borde de la cama, se frotaba los ojos y escuchaba el silencio de la casa. Muchas veces Clara ya estaba en la cocina preparando café. Él entraba despacio, arrastrando las zapatillas.

No hablaban mucho por las mañanas.

Ella hojeaba los mensajes en el móvil; él miraba por la ventana el parque donde los primeros perros ya correteaban. A veces pensaba que esos animales parecían más libres que él.

Nunca desayunaban, solo tomaban un café. Siempre lo mismo. No porque les encantase, sino porque es lo que hacían durante décadas, casi como una adicción. Encender un cigarrillo, tomar su café, y si es un día laborable prepararse para ir a trabajar y si no, tal vez otro café y otro cigarrillo. Otro mensaje en el móvil, otro vistazo a la ventana.

Evaristo tenía aficiones discretas, normales.

Le gustaba caminar solo por la ciudad, ver alguna serie en TV por las noches con su mujer.

Le gustaba leer ensayos breves, sobre todo de filosofía y ciencia, aunque rara vez los terminaba o los entendía.

Le gustaba escuchar música tranquila mientras cocinaba, especialmente música relajante o inspiradora.

Le gustaba ver documentales en youtube sobre el universo, aunque le dejaban una sensación de insignificancia que no sabía manejar.

Le gustaba cuidar una planta que tenía en el salón, cambiar objetos de sitio, pasear al perro, porque no le quedaba más remedio, salir a tomar una cerveza.




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