EL VIAJE
La noticia llegó una tarde cualquiera, mientras Clara preparaba la cena y Evaristo, al volver de trabajar, se dejó caer en la silla de la cocina, todavía con el abrigo puesto.
—Mis padres ya lo han decidido —dijo Clara, sin girarse—. Lo de las bodas de oro. Quieren celebrarlo a lo grande.
Evaristo asintió en silencio, aunque ella no lo viera.
—Nos invitan a todos —continuó—. A los niños también. Una semana entera. Hotel, comidas, excursiones… todo pagado. Imagínate.
Ella se giró entonces, con los ojos brillantes.
Evaristo sostuvo la mirada unos segundos, intentando sonreír.
—¿Y ya tienen fecha para el viaje? —murmuró.
—Será dentro de dos meses. Hay tiempo de sobra para organizarse.
—Mmmm —murmuró Evaristo.
—¿Qué pasa? —preguntó Clara dejando la cuchara sobre la encimera.
Evaristo se quitó el abrigo despacio, como si necesitara tiempo para ordenar las palabras.
—Nada… solo que… no sé si podré ir a ese viaje. Me encantaría, pero no creo que me cambien las vacaciones.
Clara lo miró como si hubiera dicho algo absurdo.
—Evaristo, es una semana. Una semana en un sitio precioso junto al mar, con mis padres, mis hermanos, con tus hijos. Habla con tu jefe, cuanto antes. No creo que te lo puedan negar.
—Lo intentaré, pero… —empezó a decir.
—No me vengas con eso —lo interrumpió ella—. Habla con tu jefe y punto.
Evaristo bajó la mirada. Clara se acercó un poco más.
—Además… —empezó a decir Evaristo.
—¿Qué te pasa? ¿No te hace ilusión el viaje?
Él dudó. No podía decir la verdad. No podía decir: “No quiero ir porque no me apetece”. Así que buscó otra salida.
—Además, no me encuentro muy bien últimamente —dijo al fin—. Estoy cansado, no sé… agotado. Creo que necesito quedarme aquí, descansar.
Clara lo observó en silencio. Sabía distinguir cuando él exageraba, cuando minimizaba, cuando mentía un poco para evitar un conflicto.
—¿Agotado de qué? —Preguntó con suavidad, pero con firmeza—. Llevas meses igual. Callado, distante. Y ahora esto. ¿Qué está pasando contigo?
Evaristo se frotó la frente.
—No lo sé, Clara. De verdad. Solo… no me apetece viajar. No me apetece estar con tanta gente.
Ella cruzó los brazos.
—Mis padres están ilusionadísimos. Es su aniversario número cincuenta, Evaristo. Cincuenta años. ¿Te das cuenta? No te están pidiendo que escales una montaña. Solo que vengas con nosotros. Que estés. Que formes parte de algo importante para la familia.
Él tragó saliva.
—Lo sé. Lo sé. Perdona. Hablaré con el jefe, pero ya sabes que son muy estrictos con estas cosas. Las vacaciones estaban ya fijadas desde principio de año.
Clara suspiró, cansada.
—Si no vienes, ¿qué les digo a mis padres? ¿Qué excusa pongo? Porque algo tendré que decir. No sé si se van a creer lo del trabajo. Además, les estarías avisando con tiempo. Todavía faltan dos meses.
—Si no puedo ir, diles la verdad. Que la empresa fija las vacaciones a primeros de año y es complicado. Teníamos que haberlo previsto antes, pero claro, quién iba a saber que tus padres harían esto.
—Está bien. Pero yo sí voy a ir, tanto si vienes tú como si no. Y los niños también, ya me lo han dicho.
Evaristo asintió, sin defenderse.
—Lo entiendo. No te preocupes, mañana mismo hablo con el jefe y le digo que ha surgido de repente, que no lo sabía a principios de año. A ver qué me dice.
Al final no hubo problema, al día siguiente Evaristo le dijo a Clara que en principio cambiaría esa semana con un compañero.
Un mes después, cuando faltaba poco para el viaje, ocurrió algo que Evaristo casi interpretó como un gesto del destino: un compañero suyo se cogió una baja laboral inesperada. La noticia corrió por la oficina como un susurro inquieto, pero para Evaristo fue, en silencio, un alivio. La excusa perfecta. La salida limpia que necesitaba.
El jefe, semanas atrás, le había dicho que no habría problema en cambiar sus días de vacaciones si no surgía algún imprevisto. Incluso le había mencionado que podría intercambiar la semana con ese mismo compañero, el que ahora estaba de baja. Pero con la ausencia repentina, aquella opción se volvió imposible. La empresa necesitaba a alguien que cubriera el trabajo en esa época del año, y Evaristo era la única pieza disponible.
Cuando se lo contó a Clara, ella se llevó un pequeño disgusto. No fue un enfado abierto, pero sí una decepción visible, de esas que se notan en la forma de suspirar, en la manera de apartar la mirada, en el silencio que se alarga un poco más de lo normal. Aun así, lo aceptó. No tenía otra opción.
—Pues ya está —dijo ella, intentando sonar práctica—. Tendremos que decírselo a mis padres cuanto antes.
Decidieron ir a comer a casa de ellos ese mismo día. Clara llamó por teléfono, avisó de que pasarían, y sus padres los recibieron con la mesa puesta y una ilusión que se notaba en cada gesto. Habían estado preparando aquel viaje durante meses: comparando hoteles, eligiendo excursiones, imaginando fotos familiares bajo el sol.
Cuando terminaron el primer plato, Clara hizo un gesto a Evaristo. Era el momento.
Él respiró hondo y habló con calma, sin dramatismos, explicando la situación laboral, la baja del compañero, la imposibilidad de cambiar la semana. No mintió, pero tampoco dijo toda la verdad. No mencionó su cansancio, ni su rechazo al viaje, ni esa sensación de estar fuera de lugar en cualquier celebración.
Los padres de Clara escucharon en silencio. Se miraron entre ellos. Luego asintieron.
—Lo entendemos, hijo —dijo su suegro, con una voz que mezclaba comprensión y pena—. El trabajo es el trabajo. No pasa nada.
—Nos hubiera gustado que vinieras —añadió su suegra—, pero lo importante es que estés bien.
Evaristo sonrió con gratitud.
Les deseó que se lo pasaran muy bien, que disfrutaran del viaje, que él estaría pendiente de todo desde casa. Les pidió disculpas varias veces, con sinceridad, aunque por dentro sintiera un extraño alivio.
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novela introspectiva, misterio existencial, reflexión sobre la vida
Editado: 05.02.2026