La Gran Paradoja De Existir

DÍA 1

Son las 8 de la mañana. Evaristo ya hace rato que se ha levantado. Mira por la ventana, hace un día gris, lluvioso. Se prepara un café y se sienta en el salón, en su sillón habitual. Enciende un cigarrillo.

Poco después decide sacar a pasear a su perro, su única compañía ahora, a Kimbo.

Al llegar a casa se queda mirando los libros de la estantería. Quizás decida leer algo. Aunque no se siente muy animado, sí hay uno que le llama la atención. Un libro antiguo, sin autor, con las páginas amarillentas y el lomo desgastado. Lo encontró años atrás en una tienda de segunda mano, perdido entre manuales de filosofía y novelas olvidadas. El título, casi borrado, dice: “La canción del Avadhut”.

Nunca lo ha leído. Ni una sola página. No sabe por qué lo guardó. Pero hoy lo abre. Apenas ha pasado la primera página cuando suena el móvil.

Un mensaje. Es Clara. Le envía una foto familiar: sus padres, sus hijos, ella misma, todos sonriendo bajo un cielo azul. Parecen felices. Parecen completos. Evaristo mira la imagen unos segundos. Luego escribe:

“Qué bien estáis. Disfrutad mucho.”

Envía el mensaje y deja el móvil a un lado. Vuelve al libro. El primer párrafo dice:

“En verdad es por la gracia de Dios que el conocimiento de la unidad surge dentro. Entonces un hombre se libera por fin del gran miedo de la vida y de la muerte.”

Evaristo lee la frase varias veces. No sabe si cree en Dios. No sabe si cree en la unidad. Pero algo en esas palabras abre una grieta dentro de él, como si alguien hubiera corrido una cortina en una habitación cerrada durante años.

Se recuesta en el sillón, cierra los ojos y deja que el silencio lo envuelva. La semana acaba de empezar. Y él, por primera vez en mucho tiempo, no sabe qué hacer con ella.

Con el libro entre sus manos, sentado en el salón, por su mente desfilan imágenes de Clara, de sus hijos, de sus suegros, de sus cuñados. Los imagina bajo el sol, riendo, compartiendo comidas largas, charlando sin prisa, disfrutando de esa alegría sencilla que surge cuando la familia se reúne sin preocupaciones. Por momentos, un leve arrepentimiento le atraviesa el pecho. “Quizá debería haber ido”. Se pregunta. “Quizá debería estar allí, con ellos, formando parte de esa fotografía luminosa que ahora solo puede imaginar”.

Reflexiona sobre el hecho de que todo el mundo en la vida busca celebraciones, fiestas, viajes, momentos de alegría. Todo el mundo quiere estar acompañado, comer bien, sentirse parte de algo. Y él ahora ha rechazado todo eso. No por dinero —estaba invitado—. No por falta de cariño —en el fondo los quiere a todos—. Y, desde luego, no por desinterés hacia sus hijos, que también están allí, viviendo una semana que recordarán durante años.

Lo ha rechazado porque una voz interior, una voz que no comprende del todo, parece habérselo ordenado: “Quédate. No vayas. Ya has vivido miles de situaciones así y nada ha cambiado en tu vida”.

Es la voz de la rebeldía. Una rebeldía silenciosa, obstinada, que lo empuja a rechazar lo conocido, lo habitual, lo que todos hacen sin cuestionar. Una rebeldía que no busca destruir nada, pero sí apartarse de la corriente, aunque no sepa hacia dónde.

Y ahora esa misma rebeldía lo deja sepultado en una soledad inesperada. Una soledad con la que no sabe qué hacer. Una soledad que no ha elegido conscientemente, pero que lo envuelve como una habitación sin ventanas.

Evaristo cierra los ojos un instante. La casa está en silencio. El libro sigue abierto sobre sus rodillas. Y él, por primera vez en mucho tiempo, no tiene claro si ha tomado una decisión o si la decisión lo ha tomado a él.

La casa permanece en silencio, un silencio espeso que parece llenar cada rincón. La luz del día entra por la ventana en un ángulo oblicuo, iluminando el polvo suspendido en el aire como si fueran pequeñas partículas de otro mundo.

Abre el libro por la página marcada y lee en voz baja, casi como si recitara algo sagrado:

“Los cinco elementos sutiles que se combinan para componer este mundo son tan ilusorios como el agua de un espejismo del desierto; Entonces ¿hacia quién inclinaré mi cabeza? ¡Yo, mí mismo, soy el Inmaculado!”

Cierra el libro despacio. Se queda mirando la portada gastada, como si esperara que las palabras siguieran vibrando desde dentro. Esa última frase, “Yo, mí mismo, soy el Inmaculado”, le deja una sensación extraña, una mezcla de desconcierto y claridad. No sabe si la entiende, pero algo en ella lo toca.

Enciende un cigarrillo. La primera calada le sabe más fuerte de lo habitual. Luego abre una cerveza y bebe un trago largo, dejando que el amargor le limpie la boca y, de algún modo, también la mente.

Entonces suena el móvil. Un mensaje. Evaristo lo mira con cierta pereza, como si aquel aparato fuera un intruso en su recién estrenada soledad. Lo toma de la mesa y desbloquea la pantalla. Es su hijo mayor.

Un mensaje breve, acompañado de varias fotos. En ellas aparecen todos: Clara, los abuelos, los primos, los cuñados. Sonríen bajo un sol radiante. Algunos se bañan en la piscina del hotel; otros toman un aperitivo en una terraza con vistas al mar. Hay risas congeladas en cada imagen, gestos de complicidad, alegría sin esfuerzo.

Evaristo siente un pequeño nudo en el estómago. No es culpa. No es tristeza. Es… otra cosa. Una mezcla de distancia y ternura.

Escribe una respuesta sencilla:

“Qué bien estáis. Disfrutad mucho. Siento no estar con vosotros.”

Envía el mensaje y deja el móvil boca abajo sobre la mesa.

El silencio vuelve a ocupar su lugar. Durante unos segundos, observa la pantalla apagada.

Piensa en desconectar el teléfono por completo. Es una distracción innecesaria, un hilo que lo mantiene atado a un mundo del que, por primera vez, empieza a apartarse. Pero no quiere que parezca un gesto brusco. No quiere preocupar a Clara.

Entonces se le ocurre una idea: mañana le enviará un correo diciendo que el móvil se ha estropeado. Una explicación sencilla, creíble, sin dramatismos. Después lo apagará. Y la semana será, por fin, solo suya.




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