La Gran Paradoja De Existir

DÍA 2

Evaristo se despierta a la misma hora de siempre, sin necesidad de alarma. Abre los ojos y durante unos segundos no piensa en nada. Solo escucha el silencio de la casa, un silencio que ya empieza a resultarle familiar. Se sienta en el borde de la cama, se frota la cara y respira hondo antes de ponerse en pie.

Entra en la cocina arrastrando las zapatillas. Prepara café, enciende un cigarrillo, mira por la ventana. El parque está casi vacío a esa hora. Un hombre pasea a un perro pequeño. Una mujer cruza con prisa hacia la parada del autobús. Todo parece igual que cualquier otro día, como si el mundo no hubiera notado su ausencia.

Después de terminar el café, decide que necesita comprar algo de comida para la semana. Nada especial. Pan, huevos, algo de fruta, y comida para Kimbo, su perro. No necesita mucho más. Está solo, y la casa parece consumir menos cuando no hay voces, ni risas, ni discusiones.

Coge las llaves del coche y sale. El aire de la mañana está fresco. Su utilitario viejo arranca a la primera, como siempre. Conduce despacio, sin prisa, observando las calles conocidas, los mismos semáforos, los mismos edificios que ha visto miles de veces.

Al llegar al supermercado, aparca en su sitio habitual. En la entrada hay un hombre sentado en el suelo, con una manta fina y un vaso de plástico delante. Evaristo lo mira unos segundos. El hombre levanta la vista y sonríe con timidez. Evaristo asiente, casi en un gesto automático, y entra.

Dentro, el supermercado huele a pan recién hecho y a detergente. La gente empuja carros llenos de productos que parecen siempre los mismos: leche, pasta, galletas, refrescos. Una mujer discute con su hijo pequeño porque quiere un juguete. Un hombre mayor revisa los precios con gesto desconfiado. Una pareja joven se ríe mientras elige botellas de vino.

Evaristo camina por los pasillos sin prisa. Coge pan, huevos, algo de fruta, un par de latas, y finalmente la comida para Kimbo.

Paga en la caja, guarda todo en una bolsa y vuelve al coche. Al salir, vuelve a ver al hombre de la entrada. Esta vez, sin pensarlo demasiado, deja una moneda en el vaso. El hombre le da las gracias con una voz suave. Evaristo asiente de nuevo y se marcha.

Al llegar a casa, deja la bolsa en la cocina y lo primero que hace es llamar a Kimbo. El perro aparece moviendo la cola, con esa energía tranquila de los animales viejos que aún conservan la alegría intacta. Es un stafford inglés, negro, con el hocico ya blanqueado por la edad. Trece años. Trece años de compañía silenciosa.

—Vamos, chico —dice Evaristo, acariciándole la cabeza.

Sale con él a la calle. Kimbo avanza despacio, pero con entusiasmo. Olfatea cada esquina, cada árbol, cada sombra. Para él, cada paseo es una aventura nueva, un mundo entero por descubrir. Su hija lo dijo una vez, cuando era pequeña: “Kimbo es un alma pura”. Y Evaristo siempre ha creído que tenía razón.

Mientras caminan, Evaristo observa al perro con una mezcla de ternura y melancolía. Kimbo parece feliz, completamente presente, como si ese instante —ese simple paseo— fuera el mejor momento de su vida.

Evaristo respira hondo. El día 2 avanza sin sobresaltos.

Vuelve a casa después del paseo con Kimbo. El perro se tumba en su rincón favorito, respirando con esa paz que solo tienen los animales que no esperan nada del mundo. Evaristo lo observa un instante, con una mezcla de ternura y envidia.

Luego se sienta frente al ordenador. Enciende la pantalla. Abre el correo. Escribe despacio, sin prisas, como si cada palabra necesitara asentarse antes de pasar a la siguiente.

“Hola, Clara.

Te escribo para avisarte de que el móvil me está fallando. Creo que se ha estropeado del todo. Si necesitáis algo, escribidme por email.

Espero que estéis disfrutando mucho.

Un beso.”

Lo relee. Le parece suficiente. Ni demasiado largo ni demasiado frío. Lo justo para no despertar sospechas. Pulsa “Enviar”.

Después toma el móvil de la mesa. Lo mira unos segundos, como si fuera un objeto extraño, un artefacto que ya no le pertenece. Luego mantiene pulsado el botón lateral hasta que la pantalla se apaga por completo.

La casa queda en silencio. Un silencio limpio, sin vibraciones, sin notificaciones, sin interrupciones posibles.

Evaristo deja el móvil boca abajo, como si así sellara definitivamente la decisión. Ahora sí. Está solo. Solo con Kimbo. Solo para no hacer nada. Solo para observar sin interrupciones.

Kimbo levanta la cabeza un instante, como si percibiera el cambio en el aire, y luego vuelve a acomodarse, tranquilo, confiado. Para él, la presencia de Evaristo es suficiente. No necesita más.

Evaristo se sienta en el sillón, deja que el cuerpo se hunda en la tela gastada y mira la habitación como si la viera por primera vez.

La luz. El polvo suspendido. El silencio. El perro respirando. El libro abierto sobre la mesa.

Todo parece igual que siempre, pero sabe que algo ha cambiado. Algo pequeño. Algo que todavía no sabe nombrar.

El día 2 continúa, lento, sin sobresaltos.




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