Evaristo se despierta a la misma hora de siempre, como si su cuerpo siguiera obedeciendo a un reloj interno que no entiende de vacaciones ni de cambios. Se incorpora despacio, siente el peso de la mañana en los hombros y va a la cocina arrastrando las zapatillas.
Prepara café. Enciende un cigarrillo. Mira por la ventana mientras el vapor sube desde la taza.
El parque está igual que ayer. Un anciano camina con paso lento. Un perro pequeño corre detrás de una pelota. La vida sigue su curso sin él, sin necesitarlo.
Después de terminar el café, llama a Kimbo. El perro aparece moviendo la cola, con esa alegría tranquila que nunca pierde. Evaristo le acaricia la cabeza y salen a la calle.
El aire de la mañana está fresco. Kimbo avanza despacio, olfateando cada rincón como si fuera la primera vez. Evaristo lo observa en silencio. Hay algo en esa dedicación absoluta del perro —esa entrega total al instante— que le resulta casi conmovedora.
Cuando regresan a casa, Kimbo se acomoda en su rincón favorito. Evaristo se sienta en el salón, en el mismo sillón de siempre. La casa está en silencio. Un silencio limpio, sin interrupciones.
Toma el libro de la mesa. Lo abre por donde lo dejó ayer. Lee:
“Entonces ¿cuál es en el corazón de la verdad más alta,
El núcleo del conocimiento, la sabiduría suprema?
Es: ‘yo soy el Sí Mismo, el Uno sin forma;
Por mi misma naturaleza, yo estoy penetrando todo’.”
Evaristo deja que las palabras se asienten. No intenta analizarlas. No intenta entenderlas del todo. Solo las deja caer dentro, como quien deja caer una piedra en un pozo profundo.
Se queda quieto, con el libro abierto sobre las rodillas. Respira despacio. Siente algo parecido a una vibración interna, una especie de eco que no sabe de dónde viene.
Kimbo levanta la cabeza un instante, como si percibiera el cambio en el aire, y luego vuelve a dormirse.
Evaristo cierra el libro. No necesita leer más por ahora.
El día 3 avanza sin prisa, sin sobresaltos, pero con una claridad nueva que empieza a abrirse paso, suave, silenciosa, inevitable.
Evaristo permanece sentado en el sillón, con el libro aún sobre las rodillas. No lo abre de nuevo. No fuma. No bebe. Solo se queda quieto, mirando un punto indefinido del salón, como si algo invisible estuviera empezando a revelarse.
De pronto, se da cuenta de una inquietud sutil, casi física: la necesidad de hacer algo. De moverse. De decidir. De llenar el instante con una acción, por mínima que sea.
Empieza a enumerar mentalmente todo lo que podría hacer en ese momento:
Podría seguir sentado, pensando en soledad.
Podría abrir el libro y leer otro fragmento.
Podría encender un cigarrillo.
Podría poner la televisión.
Podría escribir un email a Clara.
Podría hacer un ejercicio de yoga.
Podría mirar por la ventana.
Podría comer algo.
Podría limpiar la casa.
Podría imaginar que está con los suegros en ese viaje.
Podría beber una cerveza.
Podría volver a mirar por la ventana.
Podría… podría… podría…
La lista mental se alarga como una cuerda interminable. Una cuerda que lo ata.
Evaristo siente un leve temblor interno, no físico, sino mental. Una incomodidad que no sabe nombrar.
Se da cuenta de que esa necesidad constante de hacer, de ocupar el tiempo, de llenar cada hueco con intención, es como una presión invisible que lo acompaña desde siempre. Una obligación silenciosa que dicta cada movimiento, cada decisión, cada gesto.
Y de pronto, la idea aparece con una claridad inquietante: La vida es una cárcel. Una cárcel hecha de acciones, de tareas, de decisiones, de obligaciones. Una cárcel sin barrotes, pero cárcel al fin. Una cárcel de la que nadie parece querer escapar. Una cárcel que todos decoran con actividades, con planes, con metas, con rutinas. Una cárcel que se acepta como si fuera lo natural.
Evaristo respira hondo. Mira sus manos. Mira el salón. Mira a Kimbo, dormido, ajeno a todo. El perro no necesita hacer nada para sentirse vivo. No necesita justificar su existencia. No necesita llenar el tiempo. Solo está.
Evaristo cierra los ojos un instante. Siente el peso de esa revelación. No sabe si le asusta o le libera.
El día 3 continúa, silencioso, inmóvil, como si el mundo hubiera dejado de exigirle algo por primera vez en su vida.
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novela introspectiva, misterio existencial, reflexión sobre la vida
Editado: 05.02.2026