Evaristo se despierta a la misma hora, como si el cuerpo siguiera obedeciendo a una costumbre que no necesita reloj. Se incorpora despacio, siente el frío del suelo en las plantas de los pies y va a la cocina sin pensar demasiado.
Prepara el mismo café de siempre. Enciende el mismo cigarrillo. Mira por la misma ventana. El mismo parque. La misma luz. La misma quietud.
Kimbo aparece moviendo la cola, fiel a su propio ritual. Evaristo le acaricia la cabeza y salen a la calle. El perro olfatea cada rincón con la misma devoción tranquila de todos los días, como si el mundo se renovara para él en cada paseo.
Cuando regresan, Evaristo se sienta en el salón. El sillón es el mismo. El silencio es el mismo. La soledad es la misma.
Y, sin embargo, algo en ese “mismo” empieza a adquirir un matiz distinto.
Evaristo observa la habitación en silencio. El reloj avanza sin prisa. La luz cambia apenas unos milímetros sobre la pared. Kimbo respira profundamente, dormido en su rincón. Todo es igual. Todo es idéntico. Todo es repetición.
Y aun así, Evaristo siente que ese silencio —ese mismo silencio que lo rodea desde hace días— tiene una profundidad que no había notado antes. Como si más allá del estrépito del mundo, más allá de las voces, de los planes, de las obligaciones, hubiera algo esperando. Alguna verdad esperándole.
Una verdad pequeña. O grande. O ninguna. Pero algo.
Quizás, piensa, este silencio sea un camino. Quizás sea una puerta. Quizás sea solo un hueco. Pero es suyo.
Evaristo respira hondo. No hace nada más. No lee. No fuma. No bebe.
Solo permanece ahí, sentado, escuchando ese silencio que parece tener capas, como si dentro de él hubiera un eco que todavía no sabe descifrar.
El día 4 avanza sin sobresaltos. Sin novedades. Sin ruido.
Evaristo toma el libro de la mesa y lo abre por la página marcada. La luz cae sobre las letras antiguas, casi desvanecidas. Lee en voz baja, como si temiera romper el silencio:
“Yo soy el Uno infinito e inmutable; Yo soy la pura Consciencia, sin ninguna forma. Yo no sé cómo, ni a quién, aparecen la alegría y el dolor en este mundo”.
Cierra el libro lentamente, sin apartar la vista de la frase que aún resuena en su mente.
Algo en esas palabras lo detiene. Algo lo atraviesa.
A lo largo de sesenta años jamás —ni una sola vez— se le había ocurrido pensar que él pudiera no ser lo que siempre ha creído ser.
Nunca ha cuestionado esa identidad que lleva puesta como una ropa vieja: su cuerpo, su mente, sus deseos, sus miedos, sus dolores, sus alegrías.
Todo eso ha sido “él”. Sin discusión. Sin grietas. Hasta ahora.
Evaristo mira sus manos. Las levanta despacio, como si fueran un objeto extraño. Las gira, observa las líneas, las venas, la piel gastada por los años. Y entonces surge la pregunta, clara, inesperada, casi inocente:
“¿Realmente son mis manos? ¿Es mi cuerpo? ¿O solo soy el que las observa sin saberlo?”
La pregunta no le produce miedo. Le produce una especie de vértigo suave, como si estuviera asomándose a un lugar que siempre ha estado ahí, pero que nunca había mirado.
Kimbo duerme en su rincón, ajeno a todo. La casa sigue en silencio.
El mundo continúa, pero Evaristo siente que algo en él se ha desplazado un milímetro, apenas perceptible, pero decisivo.
Por primera vez en su vida, contempla la posibilidad de que su identidad no sea un hecho, sino una suposición. Una costumbre. Una historia repetida tantas veces que acabó pareciendo verdad.
El día 4 avanza, y Evaristo permanece sentado, mirando sus manos como si fueran el primer misterio que se atreve a enfrentar.
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novela introspectiva, misterio existencial, reflexión sobre la vida
Editado: 05.02.2026