La Gran Paradoja De Existir

DÍA 5

Evaristo se despierta a la misma hora de siempre. No necesita mirar el reloj; su cuerpo ya conoce el camino. Se incorpora, siente el frío del suelo en los pies y va a la cocina con la misma cadencia lenta de los últimos días.

Prepara café. Enciende un cigarrillo. Mira por la ventana.

El parque está igual que ayer. El mismo anciano paseando. El mismo perro pequeño corriendo detrás de una pelota. La misma luz gris, suave, indiferente.

Kimbo aparece moviendo la cola, fiel a su rutina. Evaristo le acaricia la cabeza y salen a la calle. El perro olfatea cada rincón con la misma devoción tranquila, como si el mundo se renovara para él en cada paseo. Evaristo lo observa en silencio, sin prisa.

Cuando regresan, la casa los recibe con el mismo silencio de siempre. Un silencio que ya no le resulta extraño, sino casi necesario.

Evaristo enciende su ordenador. La pantalla tarda unos segundos en iluminarse. Abre el correo. Hay dos emails de Clara. El primero contiene varias fotos: la piscina del hotel, los niños riendo, sus suegros brindando, una mesa llena de platos coloridos.

El segundo es un mensaje corto, lleno de entusiasmo:

“Está siendo fantástico, mejor de lo que imaginábamos. Todos te mandan saludos.”

Evaristo observa las imágenes con calma. No siente celos. No siente tristeza. Solo una distancia suave, como si estuviera mirando la vida de otra persona.

Responde:

“Las fotos son preciosas. Me alegra muchísimo veros tan bien. Seguid disfrutando. Un abrazo enorme para todos.”

Envía el mensaje. Cierra el correo. Apoya las manos sobre el teclado unos segundos, sin escribir nada más.

La casa sigue en silencio. Kimbo duerme en su rincón.

La mañana avanza sin sobresaltos.

Evaristo se queda sentado en el salón, sin moverse, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas. La casa está en silencio, un silencio tan profundo que parece escucharse a sí mismo. Deja que la mente vague sin rumbo, como si alguien hubiera abierto una puerta interior que llevaba años cerrada.

Empieza a repasar su vida. Su niñez. Sus miedos. Sus ilusiones. Los momentos que lo formaron sin que él lo supiera. Los errores que nunca terminó de perdonarse. Las pequeñas alegrías que se fueron perdiendo con el tiempo. Y entonces aparecen sus padres, ya fallecidos.

Los dos. Pero sobre todo ella. Adela. La ve con una claridad que le sorprende: su forma de caminar, su voz suave, sus manos siempre ocupadas en algo sencillo. Una mujer humilde, luminosa, que nunca pidió nada y que, sin embargo, lo dio todo. La pérdida que, quizá, marcó su vida más de lo que él se permitió admitir.

La imagen de su madre se queda fija en su mente. Y de pronto, sin aviso, algo se rompe por dentro. Siente un golpe profundo, íntimo, desolador. Como si una compuerta se abriera de golpe.

Empieza a llorar. No como un adulto que intenta contenerse, sino como un niño. Las lágrimas le caen por la cara sin resistencia, calientes, silenciosas, inevitables. Se siente insignificante. Solo. Perdido en un mundo que él no pidió. Un mundo que lo arrastró sin preguntarle nunca si quería estar aquí.

Coge un pañuelo y se seca las lágrimas con movimientos torpes. Respira hondo, intentando recuperar el control, pero no lo consigue del todo.

Se queda mirando la pared. Una pared blanca, lisa, sin nada especial. Pero para él, en ese instante, es como un abismo.

El tiempo se vuelve extraño. No sabe si pasan minutos o una hora. Solo permanece ahí, quieto, mirando fijamente, como si buscara una respuesta que no llega.




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