La Gran Paradoja De Existir

DÍA 6

Evaristo se despierta a la misma hora de siempre. No necesita pensarlo. Su cuerpo se mueve solo, como si siguiera un guion que ya conoce de memoria. Va a la cocina, prepara café, enciende un cigarrillo y se queda mirando por la ventana.

El parque está igual que ayer. El mismo anciano. El mismo perro pequeño. La misma luz gris que parece no querer cambiar.

Kimbo aparece moviendo la cola, fiel a su rutina.

Evaristo le acaricia la cabeza y salen a la calle.

El perro olfatea cada rincón con esa alegría tranquila que nunca pierde. Evaristo lo observa en silencio, sin prisa, como si el paseo fuera un ritual sagrado.

Cuando regresan, la casa los recibe con el mismo silencio de siempre. Un silencio que ya no pesa, sino que envuelve.

Evaristo se sienta en el salón. El sillón es el mismo. La luz es la misma. El silencio es el mismo.

Toma el libro de la mesa y lo abre por la página marcada. Lee:

“La mente es sin forma como el cielo, Pero muestra un millón de caras. Aparece como las imágenes del pasado, o como las formas mundanales; Pero no es el supremo Sí Mismo”.

Evaristo deja que las palabras caigan dentro de él, como gotas en un estanque quieto. No intenta interpretarlas. No intenta analizarlas. Solo las deja estar.

La mente sin forma. El cielo. Las imágenes del pasado. Las formas del mundo. Y esa frase final, tan simple y tan desconcertante: “Pero no es el supremo Sí Mismo”.

Evaristo cierra el libro despacio.

Mira al frente, sin enfocar nada. Siente que algo en su interior se afloja, como si una cuerda que llevaba décadas tensa empezara a soltarse.

Evaristo vuelve a abrir el libro.

La página cruje ligeramente, como si también ella despertara. Lee:

“Ni el nacimiento, ni la muerte, ni la mente activa,

Ni la esclavitud, ni la liberación, le afectan en absoluto.

Entonces ¿por qué, querido mío, se aflige usted de este modo?

Usted y yo no tenemos ningún nombre ni forma.

¡Oh mente! ¿por qué estás tan embaucada?

¿Por qué corres de acá para allá como un espíritu asustado?

Sé consciente del Sí Mismo indivisible.

Libérate de la adherencia; ¡sé dichosa y libre!”

Evaristo deja que las palabras se asienten. La idea de que ni el nacimiento ni la muerte lo afectan… La idea de que no tiene nombre ni forma… La idea de que la mente corre como un espíritu asustado…

Todo eso cae dentro de él como piedras en un lago profundo.

Se queda quieto. Muy quieto.

Siente que algo en su interior se detiene, como si una maquinaria antigua —esa que lleva toda la vida funcionando sin descanso— se hubiera quedado sin energía.

La mente corre de acá para allá. Sí. Siempre lo ha hecho. Saltando del pasado al futuro, del miedo al deseo, del recuerdo a la preocupación. Nunca quieta. Nunca en paz.

Pero ahora, por un instante, se queda suspendida. Como si las palabras del libro hubieran abierto un hueco en el que todo se aquieta.

Evaristo respira hondo. Mira la habitación. Mira sus manos. Mira a Kimbo, dormido, ajeno a todo.

La frase final —“Sé dichosa y libre”— le produce un escalofrío suave, casi imperceptible. Libre. ¿Libre de qué? ¿Libre para qué? No lo sabe. Pero siente que algo en él empieza a aflojarse.




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