La Gran Paradoja De Existir

DÍA 7

Evaristo no ha dormido en toda la noche. No sabe en qué momento dejó de intentarlo. Solo recuerda que estaba leyendo, y que siguió leyendo, y que las horas fueron pasando sin que el sueño apareciera.

Ahora está en la cama, sentado, con la espalda apoyada en el cabecero.

La habitación está en penumbra. Kimbo duerme a los pies, respirando con un ritmo lento y profundo. El silencio es absoluto, como si el mundo entero hubiera decidido detenerse.

Evaristo abre el libro. Las páginas parecen más antiguas que nunca, como si hubieran envejecido durante la noche. Lee:

“Comprenda que todas las formas son solo manifestaciones temporales;

La Esencia sin forma existe eternamente.

Una vez que esta verdad se comprende,

Ya no hay necesidad de renacer.

La única Realidad es lo mismo por siempre;

Esto es lo que todos los sabios dicen.

Tanto si usted abraza como si renuncia a los deseos,

La única Consciencia permanece inafectada.

Si usted ve el mundo como irreal, ¿puede ser eso la experiencia de la Unidad?

Si usted lo ve como real, ¿puede ser eso la experiencia de la Unidad?

Si lo ve a la vez como real e irreal, ¿puede ser eso la experiencia de la Unidad?

Ver todo como el Uno es el verdadero estado de libertad.”

Evaristo baja el libro lentamente. No siente cansancio, a pesar de no haber dormido. No siente sueño. No siente hambre. No siente nada que pueda nombrar. Solo una claridad extraña. Una especie de lucidez silenciosa que no había experimentado nunca.

La idea de que todas las formas son temporales… La idea de que la esencia sin forma existe eternamente… La idea de que la conciencia permanece inafectada, haga lo que haga, desee lo que desee, imagine lo que imagine…

Todo eso cae dentro de él como una verdad que no necesita explicación.

Mira la habitación. La lámpara. La silla. La ropa doblada. El perro dormido. Su propio cuerpo bajo las sábanas.

Todo parece real. Y al mismo tiempo, irreal. Y al mismo tiempo, ambas cosas. Y ninguna.

Por primera vez en su vida, Evaristo siente que algo en él se ha desplazado a un lugar desconocido. Un lugar que no es tristeza, ni alegría, ni miedo, ni alivio. Un lugar que no tiene nombre.

El día 7 no empieza con café, ni cigarrillo, ni ventana, ni paseo.

Empieza aquí, en esta cama, en esta noche que no ha terminado, en esta lectura que lo ha llevado a un borde que no sabía que existía.

Evaristo se queda tumbado en la cama, con el libro cerrado sobre el pecho. No tiene sueño. No tiene prisa. Solo permanece ahí, mirando el techo, mientras la mente empieza a moverse por su cuenta, como si hubiera encontrado un cauce nuevo.

Los recuerdos llegan sin esfuerzo. Primero los más lejanos, los de la niñez. Se ve a sí mismo con ocho o nueve años, sentado en el suelo del pasillo de la casa de sus padres, jugando con un coche de metal rojo. Recuerda el brillo del coche bajo la luz de la tarde, y recuerda también la voz de su madre llamándolo desde la cocina, con esa mezcla de dulzura y cansancio que siempre la acompañaba.

Luego vienen los años de la adolescencia. Se ve caminando solo por el barrio, con las manos en los bolsillos, escuchando música en un viejo reproductor portátil. Recuerda la sensación de no encajar del todo, de no saber quién era ni por qué. Recuerda también aquella tarde en la que, sin motivo aparente, se detuvo frente a un escaparate y se vio reflejado en el cristal: un chico flaco, serio, con los ojos demasiado tristes para su edad. Pensó: “¿Ese soy yo?” Y siguió caminando.

Después llegan los años adultos, los que lo empujaron sin pausa hasta este momento. El trabajo. La familia. Las responsabilidades que se fueron acumulando como capas de pintura sobre una pared antigua. Los días que pasaron sin que él los viviera del todo. Las decisiones que tomó sin pensarlas. Las que no tomó nunca.

Y, entre todos esos recuerdos, aparece de nuevo su madre. Adela. Siempre Adela. La ve sonreírle desde la mesa de la cocina. La ve doblar la ropa con paciencia infinita. La ve caminar por el pasillo con su bata azul. La ve desaparecer, poco a poco, de su vida, con aquél cáncer terrible que la arrastró.

Evaristo siente un nudo en la garganta, pero no llora esta vez. Solo respira. Solo se observa.

Todos esos recuerdos —la niñez, la adolescencia, la vida adulta— parecen ahora escenas de una película que él ha visto demasiadas veces sin entenderla. Como si hubiera vivido sin darse cuenta de que estaba viviendo. Como si hubiera sido un personaje más en una historia que no escribió él.

Permanece tumbado, inmóvil, mientras la luz de la mañana empieza a filtrarse por la ventana. Siente que algo en su interior se ha vaciado. O quizá se ha llenado. No lo sabe.

Solo sabe que está aquí, en este día 7, en esta cama, con todos sus recuerdos flotando alrededor como hojas sueltas.

Y por primera vez, los mira sin miedo. Sin juicio. Sin intentar agarrarlos. Solo los deja pasar.

Evaristo vuelve a abrir el libro. La habitación sigue en penumbra, como si el amanecer no se atreviera a entrar del todo. Kimbo duerme a los pies de la cama, ajeno a la intensidad que llena el aire. Evaristo lee:

“El Sí Mismo es la identidad de cada uno;

Usted es todo, el Todo intacto.

¡El pensador y el pensamiento ni siquiera existen!

¡Oh mente, cómo puedes seguir pensando tan insolentemente!”

Las palabras lo atraviesan como un rayo silencioso. No hay resistencia. No hay análisis. Solo una comprensión que no pasa por la lógica.

El Sí Mismo es la identidad de cada uno. Usted es todo. El Todo intacto.

Evaristo repite mentalmente esas frases, como si fueran un eco que se expande dentro de él. La idea de que el pensador y el pensamiento no existen… La idea de que la mente sigue pensando por inercia, por costumbre, por miedo… Todo eso le resulta, de pronto, evidente.




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