La Gran Paradoja De Existir

CLARA

Después de una semana increíble, un viaje maravilloso, llega la hora de volver.

Clara se despierta temprano, antes que el resto, con esa mezcla de cansancio y satisfacción que dejan los días felices. Abre la cortina de la habitación del hotel y deja entrar la luz cálida del amanecer. El mar está en calma. El aire huele a sal y a despedida.

Sus hijos, Lucas y Marina, siguen dormidos en la cama contigua, enredados entre las sábanas como dos cachorros agotados después de una semana de juegos, piscina y risas. Clara los observa con ternura. Han crecido tanto. Y, sin embargo, siguen siendo sus pequeños.

En la habitación de al lado están sus padres, Rosa y Manuel, que han disfrutado del viaje como si fueran veinte años más jóvenes. Rosa ha vuelto a reír con esa alegría espontánea que Clara recordaba de su infancia. Manuel ha contado historias interminables durante las cenas, orgulloso de tener a toda la familia reunida. Bueno, a todos menos a su yerno.

En otra habitación, Javier, el hermano de Clara, junto a su mujer Elena, intentan meter en las maletas la avalancha de juguetes, flotadores y ropa de sus dos hijos pequeños, que corretean por el pasillo del hotel como si aún quedara una semana más por delante.

El pasillo está lleno de voces, de risas, de puertas que se abren y se cierran, de maletas que ruedan torpemente.

Es el caos dulce de una familia que ha sido feliz.

Clara se une al bullicio. Ayuda a Marina a encontrar su bañador perdido. Revisa que Lucas no olvide su gorra favorita. Pregunta a sus padres si han guardado los medicamentos. Abraza a Elena, que ya está nostálgica. Ríe con Javier, que intenta mantener el orden entre Leo y Sofía sin demasiado éxito.

Todo es vida. Todo es ruido. Todo es compañía. Y, sin embargo, en medio de ese torbellino, Clara piensa en Evaristo. No respondió a sus dos últimos emails, y se siente un poco preocupada en cómo estará. En si habrá descansado. En si habrá aprovechado la semana para desconectar. En si habrá sentido su ausencia. En qué tal le habrá ido en el trabajo.

No sabe por qué, pero una pequeña inquietud se cuela entre sus pensamientos. Una sensación leve, casi imperceptible, como un hilo suelto en un tejido perfecto.

Mientras cierra su maleta, mira el móvil. No hay nuevos correos. Solo los que él respondió días atrás, con ese tono amable, correcto, un poco distante.

Clara sonríe y se dice a sí misma que todo está bien.

La familia se reúne en el vestíbulo del hotel. Fotos finales. Abrazos. Promesas de repetir el viaje.

El autobús que los llevará al aeropuerto ya espera afuera. La semana termina. El regreso comienza.

El aeropuerto está lleno de voces, maletas rodando y niños correteando. La familia avanza como un pequeño ejército desordenado, intentando no perderse entre la multitud.

Clara lleva los pasaportes en la mano. Lucas camina a su lado, medio dormido. Marina arrastra su mochila con pegatinas. Rosa y Manuel avanzan despacio, tomados del brazo. Javier intenta mantener a raya a sus dos hijos, que parecen tener energía infinita incluso después de una semana entera de playa.

Cuando anuncian el embarque, todos se ponen en marcha.

—A ver, que nadie se separe —dice Clara, aunque sabe que es inútil.

Suben por la pasarela metálica. El aire acondicionado del avión los recibe con un golpe frío.

El olor a plástico, café y desinfectante es el mismo de todos los vuelos del mundo.

—Mamá, ¿me toca ventanilla? —pregunta Marina.

—Hoy sí —responde Clara, sonriendo.

Lucas se deja caer en su asiento y se pone los auriculares. Rosa acomoda su bolso con cuidado. Manuel comenta lo cómodo que está el asiento, aunque no lo está. Javier guarda las mochilas en los compartimentos superiores mientras Elena intenta que sus dos hijos no pulsen todos los botones del asiento.

—¿Te lo has pasado bien, abuelo? —pregunta Leo, trepando sobre Manuel.

—Mejor que tú, seguro —responde él, riendo.

Clara se sienta por fin. Respira hondo. Mira por la ventanilla. El mar queda atrás, brillante, inmenso.

—Ha sido una semana perfecta —dice Elena desde el asiento de al lado.

—Sí —responde Clara—. Hacía mucho que no veía a mis padres tan felices.

—Y los niños… —añade Elena—. No van a olvidar este viaje.

Clara asiente. Pero en su interior, una pequeña sombra se mueve. Piensa en Evaristo. En su silencio. En sus correos breves. En ese tono correcto, casi distante.

—¿Estás bien? —pregunta Javier, que la observa desde el otro lado del pasillo.

—Sí, sí. Solo cansada —responde ella, sonriendo.

El avión sigue su curso. Los niños se callan por un instante, atentos al rugido de los motores. Rosa toma la mano de Manuel. Elena acomoda a Sofía, que ya se está quedando dormida. Lucas cierra los ojos. Marina mira el ala del avión con fascinación. Clara apoya la cabeza en el respaldo. Cierra los ojos. Piensa en la casa. En el regreso. En Evaristo.

El avión aterriza después de tres horas de vuelo.

El golpe suave de las ruedas contra la pista despierta a Marina, que abre los ojos desorientada. Lucas se quita los auriculares. Rosa aprieta la mano de Manuel, como hace siempre en los aterrizajes. Leo y Sofía celebran como si hubieran llegado a un parque de atracciones.

—Ya estamos —dice Clara, sonriendo.

Bajan por la pasarela y entran en el aeropuerto, donde el aire huele a café, a desinfectante y a regreso.

El cansancio se nota en todos: en los pasos lentos, en las miradas apagadas, en la forma en que los niños se apoyan en los adultos.

Llegan a la cinta de equipajes. Las maletas tardan. Tardan mucho.

—Siempre igual —murmura Javier, mirando la cinta vacía.

—Paciencia —dice Rosa, aunque ella también está deseando llegar a casa.

Los niños se sientan en el suelo.

Manuel observa la pantalla del aeropuerto como si pudiera acelerar el proceso con la mirada. Clara revisa el móvil por si tiene algún mensaje de Evaristo.




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