La gente cree que la primavera en esta ciudad es un festejo, pero para mí siempre fue un recordatorio de la cuenta regresiva. Caminaba por la Plaza Holanda, en Palermo, esquivando a los corredores y a los turistas que se sacan fotos con los jacarandás, aunque esta vez buscaba algo más específico. Buscaba ese rincón donde los cerezos florecen y mueren sin que nadie les pida perdón por ser tan breves.
Ahí estaba él. Julián, que parecía un monumento al invierno en medio del calor que empezaba a brotar del asfalto. Tenía los hombros tensos y miraba el suelo con una mezcla de asco y derrota.
—Los cerezos en flor son hermosos ¿no lo crees? —le dije, más para interrumpir su amargura que por otra cosa. Tomé una flor, inhalé ese olor que para mí era un suspiro de libertad y se la acerqué.
Él ni siquiera me miró a los ojos al principio. Se quedó clavado en la flor como si fuera una granada a punto de explotar.
—Es un desperdicio —dijo, y su voz tenía ese tono arrastrado de quien ya no espera nada bueno del mundo—. Tanto tiempo creciendo, preparándose para florecer, y en tres días solo serán basura en el suelo. Me genera una ansiedad insoportable.
Sentí una puntada de lástima, pero de la buena, de la que te dan los animales heridos. Sonreí, aunque él no me viera.
—¿El pétalo o tu propia vida, Julián? —le solté.
Él se tensó. Apretó los puños, esos dedos largos que después entendería que querían retenerlo todo.
—Todo —me respondió, y ahí sí me clavó la vista—. Dicen que la vida es un regalo, pero es un regalo con trampa. No pedimos nacer, nos lanzan aquí sin manual. ¿Cómo puede ser hermoso algo que está roto desde el principio?
Lo miré fijo. Él veía la grieta; yo veía el sol pasando a través de ella.
—Estás mirando la grieta, pero te olvidas de que por ahí entra la luz —le dije, tratando de que mi voz no temblara bajo el peso de mi propio secreto—. La vida es hermosa precisamente porque es efímera. Si estos cerezos estuvieran florecidos todo el año, no estaríamos acá sentados admirándolos. Serían como el plástico: eternos, pero muertos.
Julián apretó los dientes. Lo vi mirar mi mano, cómo sostenía yo la flor. No sabía que en ese momento, mientras el viento traía el olor a río y a humedad de la ciudad, yo estaba sellando mi destino. No sabía que ese hombre, aterrado por el invierno, iba a intentar congelarme para siempre.
—Es fácil decir que valoramos lo que no podemos conservar —replicó él, con la voz algo quebrada—. Pero la pérdida duele, Elara. Saber que un día yo también seré ese pétalo en el suelo me quita el aire. Nacemos por accidente, a merced de una decisión que no fue nuestra.
Gire la flor entre mis dedos, observando las nervaduras casi invisibles de los pétalos.
Es cierto —concedí yo en un susurro—. No decidimos el inicio. Somos arrojados a este escenario sin haber ensayado el guion. Pero ahí reside la gran paradoja: aunque el origen sea un azar, el final es nuestra última frontera de autonomía. Podemos decidir cuándo bajamos el telón.
Julián la miró, sorprendido por la crudeza de su honestidad.
—¿Eso te da consuelo? ¿Saber que puedes elegir el final?
—Me da poder —respondí, clavando mis ojos claros en los de él—. La vida es un regalo porque, a diferencia de las piedras o las estrellas, nosotros somos conscientes de nuestro tiempo. Disfrutar del tiempo que se nos brinda no es una obligación alegre, es un acto de rebeldía contra el olvido. Lo efímero no es una tragedia, Julián; es lo que hace que cada segundo sea una joya de valor incalculable. Si fueras eterno, serías invisible. Eres hermoso porque te acabas.
Julián guardó silencio. Por primera vez, miró el jardín no como un cementerio de flores en potencia, sino como un estallido de valentía. Los cerezos florecían sabiendo que morirían, y aun así, no escatimaban en su color.
—Entonces... —murmuró él— la belleza no está en la permanencia.
—La belleza está en el coraje de marchitarse —concluí, y dejé que la flor volara hacia el pasto—. Ahora, dime: ¿vas a pasar el resto de la tarde contando los segundos que faltan para el invierno, o vas a respirar este aroma mientras todavía existe?
Él no contestó, pero se quedó. Y en ese silencio, entre el ruido de los colectivos a lo lejos y el caer de las flores, supe que me iba a amar. Y supe, con un escalofrío que no era de frío, que ese amor me iba a costar la vida.