Era verano, habían transcurrido tres meses desde mi primer encuentro con Julián en aquel parque lleno de flores de cerezo. Nos volvimos cercanos, pero no era una cercanía producto de la compatibilidad, sino de la necesidad. Yo quiera que alguien me escuche; el, alguien que lo entienda. O eso me hacía creer con esos silencios suyos que parecían oraciones.
Buenos Aires ardía. El asfalto devolvía un calor que te subía por las piernas y te nublaba la vista, pero en el departamento de la Avenida Santa Fe el aire acondicionado seguía clavado en unos dieciocho grados fijos, innegociables. Julián decía que el calor “aceleraba los procesos de corrupción”, y yo me reía, sin entender que hablaba en serio.
El departamento de Julián era una bofetada de luz blanca en el décimo piso de un edificio francés. Apenas cruzabas el umbral, el caos de Buenos Aires se apagaba, filtrado por cristales dobles que aislaban el ruido de los colectivos hasta convertirlo en un zumbido lejano, casi eléctrico.
Las paredes estaban pintadas de un blanco impecable. El living se sentía más como una sala de espera de una clínica privada que como un hogar: un sillón de cuero gris de líneas rectas, una mesa de vidrio que parecía flotar y paredes despojadas de cualquier cuadro, como si Julián temiera que un color demasiado fuerte pudiera manchar el aire.
La casa de Julián no tenía rincones, tenía ángulos; no tenía alma, tenía protocolos. Era como vivir adentro de una página en blanco que alguien tiene pánico de escribir para no arruinarla.
Deje mi bolso sobre una silla demasiado limpia. Julián observaba mis movimientos, como quien observa a una presa. Esto me inquietaba. No era esa mirada cargada de deseo que estás acostumbrada a ver en un tipo; era algo más clínico, más frío. Me estudiaba como si estuviera calculando cuánto espacio ocupaba mi cuerpo en su mundo vacío o cuánta luz reflejaba mi piel antes de que el sol se terminara de poner sobre la ciudad.
—¿Qué miras tanto, Julián? Me haces sentir que tengo algo en la cara —le dije, tratando de sonar canchera, aunque por dentro sentía que el aire acondicionado me estaba calando los huesos.
Él no se río. Ni siquiera cambió el ángulo de la cabeza.
—Miro que te movés demasiado, Elara. Cada paso que das te gasta un poco. Es un desperdicio de energía, de belleza.
Me quedé helada. En ese momento entendí que para Julián, yo no era una mujer con la que quería compartir un café o una charla sobre el existencialismo. Yo era un reloj de arena que él quería dar vuelta para que los granos dejaran de caer.
—No soy una presa, che —le solté, agarrando las llaves de mi bolso, sintiendo una necesidad repentina de salir corriendo a los bocinazos de la calle—. Y si me gasto, es problema mío. Para eso nací.
Él dio un paso hacia mí, y por un segundo, la luz roja del laboratorio del fondo le tiñó la mitad de la cara.
—Nadie nació para terminar en el suelo, Elara. Vos no. Yo te voy a cuidar del tiempo, aunque no me lo pidas.
Su voz sonó como una sentencia. Me lo dijo sin parpadear, con esa convicción aterradora de los que creen que el amor es una forma de rescate forzoso. Julián dio un paso hacia mí y sentí que la luz roja del laboratorio, que se filtraba por la puerta entornada, le cortaba la cara a la mitad. Parecía un cuadro inacabado, una mezcla de sombra y obsesión.
—No necesito que me cuides del tiempo como si fuera tu enemigo, Julián —dije, con voz suave, acercándome a él.
Le puse las manos en el pecho. Sentí su corazón latiendo con un ritmo rígido, casi militar. Él me miraba como si yo fuera de cristal soplado, como si un suspiro demasiado fuerte pudiera trisarme.
—El tiempo es un regalo que nos da la vida y debemos valorarlo —seguí, obligándolo a sostener mi mirada—. No tiene sentido que intentes detenerlo. Es como querer atrapar el viento con las manos, che. Te vas a quedar con las manos vacías y te vas a perder la brisa.
El se alejo con una mirada sombría. De esas que hablan por si solas. Estaba asustado. No era el miedo que te da un ruido en la noche o una amenaza directa; era el miedo de un arquitecto que ve cómo los cimientos de su obra maestra empiezan a agrietarse.
Esa mirada sombría fue como un portazo silencioso. Julián no se alejó por enojo, sino por esa clase de pavor que sentís cuando alguien te dice una verdad que no podes cargar. Al decir aquello, le recordé que no tenía el control, y para un hombre como él, el azar es el sinónimo más puro del terror.
—Vos no entendés, Elara—Declaro, caminando hacia la ventana. Donde apoyo sus manos mientras observaba a las personas pasar con la mirada perdida—Decís que el tiempo es un regalo, pero es uno con trampa. Un día estamos acá y al otro nos desvanecimos. ¿Cual es el punto de morir si al final seremos olvidados? Si fuéramos eternos eso no pasaría. Nadie se olvidaría de nosotros ni nosotros a ellos. El olvido es la verdadera muerte, Elara, y el tiempo es su cómplice .
Me quedé sentada, mirándole la espalda. Me dieron ganas de decirle que el olvido es, en realidad, un acto de piedad de la naturaleza, pero sabía que él no estaba listo para eso.
—Julián, escuchame bien —le dije, levantándome y caminando hacia él hasta quedar a centímetros de su búnker personal—. El punto de morir es que te obliga a haber hecho algo con el mientras tanto. Si tuviéramos toda la eternidad, dejaríamos todo para mañana. No nos miraríamos con estas ganas, no nos diríamos las cosas que nos duelen. Seríamos dos piedras, Julián. Hermosas, fijas, pero sin sangre.
Le toqué el hombro, obligándolo a sentir el calor de mi mano.
—El olvido no es una falla del sistema. Es lo que permite que el mundo siga girando sin romperse por el peso de todo lo que ya pasó. Pero mientras yo esté acá, y mientras vos me mires así... no hay olvido que valga.
Él no se movió. Seguía hipnotizado por el río de gente allá abajo, pero sentí que su respiración se volvía un poco más pesada. Estaba luchando. La filosofía de Aranda le decía que debía preservarse, pero mi mano en su hombro le recordaba que estaba vivo, y que estar vivo siempre implica correr el riesgo de ser borrado.