La gravedad de los petalos

La voz en el laberinto de cristal

Buenos Aires no te pide permiso, te pasa por encima.

Salimos del edificio de Santa Fe y el calor nos recibió como un muro sólido, una masa de humedad y smog que te pegaba la ropa al cuerpo en menos de dos cuadras. Eran las once de la mañana y el Microcentro era un hervidero.

Gente caminando apresuradamente, chocando entre si. No pedían disculpas, solo ignoraban todo a su alrededor, enfocados en ellos mismos. Sentí que la mano de Julián se cerraba sobre la mía con una fuerza que me dolió. Sus nudillos estaban blancos.

—Respirá, Julián. No es el apocalipsis, es solo un martes —le dije, gritando un poco para tapar el ruido de una obra en construcción.

Él estaba pálido. Sus ojos, acostumbrados a la luz blanca y fija de su búnker, parpadeaban frenéticos ante el reflejo del sol en los capots de los autos. Miraba a la gente que nos esquivaba con una expresión de horror puro, como si cada roce fortuito fuera una mancha de grasa en un traje de seda.

—Es demasiado, Elara —murmuró, y su voz apenas se escuchaba entre el estruendo de la ciudad—. Todo está roto. Mirá esas baldosas, mirá la mugre en las persianas... es entropía pura. La gente se choca, se respira encima. Es un milagro que no se desintegren.

—No se desintegran porque están vivos, tonto. El desorden es lo que nos mantiene unidos —le retruqué, tironeándolo para cruzar la calle Florida.

Lo llevé justo al ojo de la tormenta. Lo obligué a pararse en medio de la peatonal, donde el flujo de oficinistas y turistas nos rodeaba como un río de lava. Julián se quedó rígido, una estatua de mármol en medio de un basural. Un pibe pasó corriendo y lo rozó con el hombro, dejándole una marca de sudor en la camisa impecable. Julián miró la mancha como si fuera una herida de bala.

—Tranquilo —le susurré, acercándome para que me mirara solo a mí—. Mirame a los ojos. Olvidate de la mancha. Sentí mi mano.

Él enfocó la vista en mí. Su respiración era corta, superficial, como si tuviera miedo de que el aire de la calle le infectara los pulmones.

—Me pediste que no te soltara —le recordé con una sonrisa—. Y acá estoy. Pero tenés que dejar de pelearte con el aire. Si te ponés duro, te quebrás. Tenés que ser como el junco, Julián, que se dobla pero sigue ahí.

—El junco también se pudre, Elara —replicó él, aunque su agarre se suavizó apenas un poco—. Pero... está bien. Vamos. Mostrame ese desastre que tanto amas antes de que me dé un síncope.

Caminamos un par de cuadras más hacia las galerías viejas, esas que huelen a humedad y a libros antiguos. Yo sentía un cosquilleo en el pecho, una mezcla de triunfo y esa fatiga sutil que últimamente me acompañaba a todos lados, como una sombra que se estira antes del atardecer. Pero no le dije nada. Hoy era el día de ensuciar a Julián, de humanizarlo, de demostrarle que lo roto tiene un brillo que la porcelana nueva nunca va a conocer.

Llegamos a la puerta de una compra-venta de antigüedades en San Telmo. El local era un caos de muebles apilados, relojes que no andaban y fotos de gente que ya nadie recordaba.

—Bienvenido al reino de los escombros, Julián —le dije, soltándole la mano por primera vez para señalar el desorden—. Acá es donde Aranda viene a morir.

Entramos en una tienda de antigüedades. Donde todo estaba sucio o roto. Julián estaba estático en el umbral de la puerta, con las manos metidas en los bolsillos como si tuviera miedo de que, si tocaba algo, el óxido se le filtrara por los poros hasta llegarle al corazón.

El lugar olía a papel viejo, a madera cansada y a ese aroma metálico de las cosas que alguna vez fueron útiles y ahora solo esperaban el olvido. Había pilas de marcos sin fotos, relojes que habían decidido plantarse en una hora muerta y estatuas de bronce con una capa de polvo tan gruesa que parecían de terciopelo.

—¿Vas a entrar o vas a esperar que te traiga una muestra en un tubo de ensayo? —le pregunté, dándome vuelta para mirarlo.

Él dio un paso, pero lo hizo con una rigidez que me dio ternura. Sus ojos recorrían el caos de la tienda con la misma expresión con la que un cirujano miraría un quirófano contaminado.

—Esto es —murmuró, y su voz sonó pequeña bajo el techo cargado de telarañas—. Horrible. Mirá este lugar. Es todo lo que el Doctor Aranda dice que hay que evitar. La acumulación de lo innecesario, la adoración por lo que ya no sirve. ¿Para qué guardar algo que está roto?

—Porque lo que está roto tiene memoria, Julián —le dije, acercándome a una mesa llena de llaves viejas que ya no abrían ninguna puerta—. Una cosa nueva no te dice nada.

Agarré un soldadito de plomo al que le faltaba un brazo y se lo puse en la palma de la mano. Él retrocedió un milímetro, pero terminó cerrando los dedos sobre el frío del metal.

—Este soldadito sobrevivió a un pibe, a una mudanza, y quizás a cincuenta años de estar guardado en una caja —seguí, mirándolo fijo—. Le falta un brazo, sí. Está “sucio” según tu manual. Pero acá está. No se desvaneció, Julián. Sigue ocupando un lugar en el mundo.

Julián bajó la vista hacia el juguete. Lo observó con una fijeza que me dio escalofríos, como si estuviera tratando de procesar una ecuación imposible. Por un segundo, el búnker de la Avenida Santa Fe se sintió a miles de kilómetros de distancia.

—Siento que si me quedo acá mucho tiempo, yo también me voy a empezar a descascarar —dijo, pero esta vez no se alejó. Se guardó el soldadito en el bolsillo del saco, justo encima del lugar donde guardaba su libro gris—. Es una sensación física, Elara. Como si el desorden me estuviera llamando.

Me reí y le agarré el brazo, tironeándolo hacia el fondo del local, donde la penumbra era más densa.

—Ese llamado se llama curiosidad, che. No le tengas tanto miedo.

Pero mientras caminábamos por los pasillos estrechos de madera crujiente, sentí que la humedad del local me apretaba los pulmones. Una tos seca me subió por la garganta y tuve que taparme la boca con el dorso de la mano. Julián no se dio cuenta, estaba demasiado ocupado mirando un espejo manchado que le devolvía una imagen de sí mismo que no reconocía.



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En el texto hay: romanse, saludmental

Editado: 27.01.2026

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