La grieta en el muro

Capítulo 21

risa en la oscuridad

Las luces del dormitorio se apagaron una a una, dejando el resplandor rojo de las cámaras en la penumbra. Los internos se acomodaron en silencio, algunos exhaustos, otros fingiendo dormir antes de que los drones hicieran su ronda nocturna.

Veyra permaneció despierta, los ojos clavados en el techo metálico. Su corazón todavía latía con fuerza. La imagen de la frase proyectada brillaba en su mente como un fuego secreto. El Consejo no es eterno. No había durado más de un segundo, pero había sido suficiente.

Un roce en el colchón de la litera de abajo la hizo incorporarse. Era Liora, que se había girado para susurrar:
—¿Crees que lo vieron?

Veyra sonrió apenas, inclinándose hacia el borde de la litera.
—Algunos lo hicieron. Eso basta.

Kaelen, desde dos literas más allá, respondió en un murmullo seco:
—Yo vi sus caras. Hubo confusión. Hubo miedo. Y eso significa que funcionó.

El silencio que siguió fue distinto al silencio obligado del Bloque. Era un silencio cómplice, lleno de algo que no pertenecía a ese lugar: esperanza.

Más tarde, cuando el zumbido de los drones se desvaneció en el pasillo, los tres se levantaron con cautela y se reunieron en el rincón más oscuro del dormitorio. Liora se abrazaba los brazos, nerviosa, pero una chispa le brillaba en los ojos.

—No puedo creer que lo hicimos —dijo en un susurro—. Si alguien nos hubiera visto…

—Pero no lo hicieron —la interrumpió Veyra con firmeza—. Hoy les recordamos que no son dioses.

Kaelen rió en silencio, una risa seca que parecía prohibida en ese lugar.
—Fue solo un parpadeo, pero ya empezó. Hoy fue una frase. Mañana… quién sabe.

Veyra lo miró y asintió. Esa complicidad era nueva, pero sentía que podía confiar en él. Kaelen tenía la rabia y el coraje que ella siempre había cargado sola. Y Liora, aunque temerosa, había dado el paso que jamás habría dado por sí misma.

Por primera vez, no era una isla. Eran un pequeño archipiélago resistiendo contra el océano del Consejo.

Sacaron de entre sus ropas un trozo de pan que Kaelen había robado del comedor y lo partieron en tres pedazos irregulares. Lo compartieron como si fuera un banquete, como si ese gesto mínimo fuera un juramento silencioso.

—Por Eidan —dijo Veyra, levantando su pedazo antes de morderlo.

Liora repitió el gesto, comprendiendo. Kaelen hizo lo mismo sin preguntar.

Las migas se deshicieron en sus bocas, ásperas y sin sabor, pero cargadas de un significado que ninguna proyección del Consejo podría borrar.

Veyra cerró los ojos un instante, dejando que la sensación la invadiera. Una risa breve y sincera escapó de sus labios. Liora la siguió, contagiada, y finalmente Kaelen. La risa en la oscuridad era un sonido extraño, como si no perteneciera a ese lugar. Y tal vez por eso se sintió tan poderosa.

Esa noche, los tres celebraron en secreto su pequeña victoria, sin saber que ya había ojos puestos sobre ellos.

En otro nivel del Bloque, Cassian sostenía en silencio la denuncia de Daren, guardada en el cajón de su escritorio. Aún no había decidido qué hacer con ella.

Y en su cama, Daren dormía con una sonrisa satisfecha, convencido de que pronto recibiría su recompensa.

Pero en ese rincón oscuro del dormitorio, Veyra, Liora y Kaelen se sintieron, por primera vez, libres.




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