El interrogatorio
La sala de entrevistas estaba construida para quebrar voluntades.
Fría, blanca, sin ventanas, con una sola mesa metálica en el centro y cámaras en cada esquina. Era un lugar donde las respuestas se arrancaban a la fuerza o con paciencia helada.
Veyra fue conducida allí por dos guardias al final de la jornada. No preguntó nada; se limitó a mantener la cabeza en alto y la mirada desafiante. Cuando la puerta se cerró detrás de ella, ya sabía quién la estaba esperando.
Cassian.
Estaba de pie, impecable en su uniforme, con las manos tras la espalda. Sus ojos grises eran un muro impenetrable.
—Siéntate —ordenó con voz firme.
Veyra se dejó caer en la silla metálica con un golpe seco, cruzando los brazos.
—¿Qué pasa ahora? ¿Otra ronda de adoctrinamiento?
Cassian no respondió al sarcasmo. Dio un par de pasos, acercándose a la mesa.
—Anoche, en la sala de proyecciones, el sistema fue manipulado. Una frase apareció en la transmisión.
—¿Ah, sí? —dijo Veyra, inclinando la cabeza con fingida inocencia—. Qué curioso.
Cassian apoyó las manos sobre la mesa y se inclinó hacia ella.
—No juegues conmigo. Sé que estabas allí.
La intensidad de su voz resonó en la sala. Veyra lo sostuvo la mirada, y durante un segundo ninguno de los dos respiró.
—Y si estaba… ¿qué vas a hacer? —susurró finalmente.
Cassian apretó la mandíbula. La respuesta era obvia: reportarla, entregarla al Consejo, sellar su destino. Pero las palabras no salieron.
—Esto es traición —dijo en cambio, con un tono que sonaba más a advertencia que a sentencia.
Veyra sonrió con un filo en los labios.
—¿Traición a quién? ¿A un grupo de hombres que deciden quién puede reír, quién puede llorar y quién puede amar? Eso no es traición, Cassian. Eso es ser humano.
El nombre en sus labios lo desarmó. Nadie lo llamaba así en el Bloque, nadie se atrevía a tratarlo como algo más que una autoridad.
Cassian retrocedió un paso, como si necesitara distancia para recomponer su máscara.
—No entiendes lo que arriesgas.
—Lo entiendo perfectamente —lo interrumpió Veyra, inclinándose hacia delante—. Arriesgo lo mismo que tú cada vez que me miras como si fueras capaz de dudar.
El aire se volvió más denso. La acusación quedó flotando en medio de la sala como un secreto compartido.
Cassian bajó la mirada un instante, cerrando los puños. Todo en su educación le exigía silenciarla, apagar esa chispa, hacer su deber. Pero había algo en sus palabras que lo atravesaba con la misma fuerza con que una espada rompe un escudo.
Finalmente habló, pero su voz ya no tenía la misma rigidez.
—Tienes que tener cuidado. Hay ojos en todas partes. Ya hay quienes están dispuestos a entregarte.
Veyra lo miró fijamente, tratando de descifrar si eso era una amenaza o una advertencia sincera.
—¿Y tú? —preguntó en voz baja—. ¿También me entregarías?
Cassian levantó la vista, y por un segundo su máscara se resquebrajó. Había algo en su mirada, un destello de conflicto, de lucha interna.
No respondió.
El silencio fue más poderoso que cualquier palabra.
Finalmente, Cassian se apartó, golpeando la mesa suavemente con la mano.
—Regresa a tu dormitorio.
Veyra se levantó sin apartar la mirada de él.
—Sabía que no lo harías —murmuró antes de salir, dejando la puerta abierta tras de sí.
Cassian permaneció solo en la sala, con el eco de esas palabras retumbando en su mente. Y comprendió que, al no denunciarla, había cruzado una línea invisible.