La grieta en el muro

Capítulo 23

El eco de las botas resonó en los pasillos como un presagio. Los internos lo escucharon antes de verlo, y el murmullo del Bloque se apagó como si alguien hubiese cerrado un interruptor invisible.

El Comandante Raskov había llegado.

La puerta principal del Bloque se abrió con un silbido hidráulico. Cassian se encontraba allí, junto a dos guardias de escolta. Su postura era recta, disciplinada, pero en su interior algo se contrajo con fuerza. No lo habían advertido de esta visita hasta esa misma mañana: un mensaje lacónico del Consejo, sin explicación alguna.

Raskov avanzó. Era un hombre alto, de complexión robusta, con una cicatriz que cruzaba desde la sien hasta la mandíbula. Su uniforme negro estaba adornado con el emblema plateado del Consejo Militar, y cada movimiento suyo irradiaba autoridad.

—Supervisor Cassian Velaris —dijo, su voz grave llenando el espacio—. A partir de hoy, este Bloque queda bajo mi inspección directa.

Cassian inclinó la cabeza con respeto.
—Comandante Raskov. Es un honor recibirlo.

Los ojos del Comandante, de un azul acerado, se clavaron en él con un destello que no dejaba lugar a dudas.
—No estoy aquí para honores, Velaris. Estoy aquí porque el Consejo ha detectado irregularidades.

Un silencio denso cayó sobre los guardias y el personal. La palabra irregularidades era suficiente para helar la sangre.

—Se refiere a… —Cassian empezó a preguntar, pero Raskov lo interrumpió con un gesto seco de la mano.

—No necesito tus conjeturas. Necesito resultados. Desde hoy, todo movimiento en este Bloque será registrado, todo guardia supervisado y todo reajustado vigilado con mayor rigor.

Giró la cabeza hacia uno de los guardias, que evitó su mirada al instante.
—Demasiada comodidad genera debilidad. Y la debilidad es un lujo que este sistema no puede permitirse.

Cassian asintió, pero una tensión invisible se instaló en su garganta. Sabía lo que esa llegada significaba: no solo los internos estarían bajo la lupa, sino también él.

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Más tarde, Raskov recorrió el Bloque acompañado de Cassian y dos centinelas armados. Los internos, reunidos en el comedor, guardaban un silencio absoluto. Nadie se atrevía a respirar más fuerte de lo necesario.

Veyra lo vio entrar y sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Ese hombre era distinto a los supervisores habituales: en su andar había un peso calculado, y en sus ojos una frialdad que parecía leer los pensamientos más ocultos.

Raskov se detuvo frente a la fila donde estaba ella. No dijo nada durante unos segundos eternos, solo la observó con esa mirada de acero. Veyra sostuvo el contacto visual, negándose a bajar la cabeza.

Una comisura apenas perceptible se curvó en el rostro del Comandante. Luego siguió caminando.

Liora, junto a Veyra, exhaló un suspiro tembloroso cuando él se alejó.
—Ese hombre… es peor que las cámaras —murmuró casi sin mover los labios.

Kaelen apretó los puños sobre la mesa.
—No es un hombre. Es un perro del Consejo.

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Esa noche, Cassian fue convocado a la oficina temporal del Comandante. Raskov lo esperaba de pie, mirando los registros holográficos de las cámaras.

—Tus reportes hablan de disciplina —dijo sin mirarlo—. Pero yo veo problemas. Internos demasiado sueltos, demasiado vivos. Eso no me gusta.

Cassian mantuvo el rostro impasible.
—Señor, mantengo los protocolos con rigurosidad. Ningún reajustado tiene margen para salirse de la línea.

Raskov giró hacia él, la cicatriz brillando bajo la luz blanca.
—Tu labor será probada, Velaris. Haré de este Bloque un ejemplo de obediencia absoluta. Y si alguien aquí —pausó, inclinándose un poco—, alguien, se desvía de su deber… pagará las consecuencias.

Cassian sostuvo la mirada sin pestañear, pero en su interior comprendió que cada decisión a partir de ahora sería observada, pesada y juzgada.

Raskov no solo había venido a vigilar a los reajustados. Había venido a vigilarlo a él.

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En los dormitorios, los internos susurraban como si hablar demasiado alto pudiera atraer la atención del Comandante. Veyra se giró en su litera, la mente agitada. Sabía que algo había cambiado: ya no luchaban solo contra el sistema invisible del Consejo, sino contra la sombra tangible de un hombre dispuesto a aplastar cualquier chispa de rebelión.

Y en esa sombra, incluso Cassian parecía atrapado.




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