La grieta en el muro

Capítulo 25

Emparejamientos programados

La orden llegó al amanecer. Los reajustados fueron conducidos al Salón Blanco, esa misma sala aséptica donde las paredes no tenían sombras y el tiempo parecía suspendido.

Cassian permanecía en un costado, junto a los guardias. Su rostro era inexpresivo, pero en su interior había una tensión nueva. Sabía lo que venía: el Consejo había enviado directivas sobre emparejamientos controlados. Lo que antes era una selección invisible ahora se mostraría abiertamente, como un espectáculo de dominación.

El Comandante Raskov se colocó en el centro del salón, con su guante negro en la mano.
—Hoy demostrarán que incluso lo más íntimo de sus pensamientos pertenece al Consejo —anunció, su voz grave amplificada por los altavoces.

Los internos intercambiaron miradas confusas y temerosas. Veyra apretó la mandíbula, como si presintiera el veneno que venía.

Raskov levantó el guante.
—Los chips tienen la capacidad de estimular vínculos emocionales. Hoy, cada uno de ustedes sentirá lo que decidamos que debe sentir. El amor, la atracción, la obediencia… no son más que impulsos eléctricos. Y el Consejo controla la electricidad.

Con un gesto, activó el dispositivo.

Un murmullo de sobresaltos recorrió la sala. Los internos comenzaron a experimentar oleadas repentinas de sensaciones extrañas: calor en el pecho, un cosquilleo en la piel, una súbita necesidad de mirar a la persona que tenían al lado.

Veyra sintió el pulso acelerarse sin razón. Sus ojos se encontraron con los de Kaelen, y por un instante un ardor imposible la recorrió. Su respiración se descompuso, su cuerpo gritaba acércate. Pero su mente rugía esto no eres tú.

Liora, temblando, clavó los ojos en un interno desconocido, y un rubor involuntario le cubrió el rostro. El chico, igual de aturdido, extendió la mano hacia ella como si fueran imanes atraídos por una fuerza invisible.

Algunos cayeron en risas nerviosas, otros en lágrimas. El salón se convirtió en una cacofonía de emociones ajenas.

Raskov los observaba con una sonrisa helada.
—¿Lo ven? El Consejo elige. El Consejo decide a quién desean, a quién aman, a quién obedecen. Nada les pertenece.

Veyra cerró los ojos con fuerza, luchando contra la oleada química que intentaba arrastrarla hacia Kaelen. Abrió los labios y susurró apenas audible:
—No…

Cassian lo notó. Desde su posición, vio cómo ella resistía, cómo su cuerpo temblaba pero sus ojos se negaban a rendirse. Esa chispa de rebeldía lo atravesó como un golpe.

Raskov aumentó la intensidad. Varias parejas fueron empujadas a un contacto físico: manos entrelazadas, miradas que ardían, una cercanía que los chips exigían como prueba de dominio.

Algunos guardias se rieron por lo bajo.
—Míralos —dijo uno—. Como marionetas.

Cassian no rió. Sintió un nudo en el estómago al ver a Veyra tambalearse, al borde de perder el control.

De pronto, ella gritó. No un grito de dolor, sino de furia.
—¡No somos sus experimentos!

El sonido rebotó en las paredes blancas, cortando la atmósfera como un cuchillo.

Raskov la señaló con frialdad.
—Unidad V-47. Iniciando castigo.

El guante brilló y Veyra se arqueó de dolor, pero aun así mantuvo los dientes apretados. No bajó la mirada, ni siquiera mientras el chip quemaba sus nervios.

Cassian dio un paso hacia delante, incapaz de contenerse.
—¡Basta! —su voz resonó con fuerza.

El salón entero se congeló. Los internos, aún bajo el influjo de los chips, lo miraron con asombro.

Raskov lo observó con calma, como si hubiera estado esperando ese momento.
—¿Basta, Supervisor? —repitió con una sonrisa peligrosa—. ¿O acaso el joven Velaris duda de los métodos del Consejo?

Cassian se obligó a recuperar el control, respirando hondo.
—Digo que la unidad debe permanecer funcional. El dolor excesivo puede inutilizarla.

Raskov sostuvo su mirada unos segundos antes de desactivar el guante.
—Funcionalidad… —murmuró, como si probara el sabor de la palabra—. Muy bien, Supervisor. Veamos cuánto tiempo mantienen su funcionalidad bajo mi mando.

Veyra cayó de rodillas, jadeante, pero con una sonrisa débil de triunfo en los labios. Había resistido. No al chip, no al dolor… sino a la idea de que podían arrebatarle lo más humano de sí misma.

Y Cassian supo, mientras todos regresaban a sus dormitorios tambaleándose, que Raskov no solo había desatado miedo esa mañana. También había encendido una llama que el Consejo no podría apagar fácilmente.




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