La Guardaespaldas del presidente: Un amor del pasado

CAPITULO 1. Bienvenida a casa.

— Teniente Duarte, le recuerdo que esto no es un castigo, es una reasignación — dijo el coronel Resendiz, sin levantar la vista de los papeles que firmaba con entusiasmo.

Valentina apreto la mandibula. Llevaba dos días con los nudillos morados y un golpe bajo el ojo izquierdo, recordatorio de que el capitán Bermudez no se había quedado quieto cuando ella le partió la nariz de un solo puñetazo. Tampoco se había quedado quieto antes, cuando decidió que el rango le daba derecho a poner las manos donde no debía. Eso, por lo visto, a nadie le importaba. Lo único que importaba era que una teniente le hubiera roto la cara a un superior frente a media unidad.

— Con todo respeto, coronel, llevo nueve años en este cuerpo y jamás he tenido una sola observación en mi expediente. Y ahora me manda a… — bajó la vista al papel que él le había deslizado sobre el escritorio — ¿Cuerpo de seguridad presidencial?

—Felicidades. Va usted a cuidar al hombre más importante del país — Resendiz finalmente la miró, Valentina no era tonta sabía que Resendiz estaba disfrutando, sabia que ahi a muchos no les caía bien por no dejarse nunca.

—¿Y el nombre del... principal? —preguntó Valentina, más por protocolo que por curiosidad. Daba igual quién fuera. Un político más, una sombra más que cuidar, un saco de huesos importante al que no se le podía pasar nada.

—Vasconcelos Bravo. Emiliano Vasconcelos Bravo.

A Valentina se le cayó la pluma.

El coronel sonrió como si hubiera estado esperando ese momento toda la semana.

—¿Algún problema, teniente?

—Ninguno —mintió ella, recogiendo la pluma del suelo con una calma que le costó cada músculo del cuerpo—. Ninguno en absoluto.

La sede de transición del presidente electo ocupaba tres pisos de un edificio que olia a pintura nueva y a café recalentado. Valentina caminaba por los pasillos con su bolsa de lona al hombro, uniforme impecable, por fuera se notaba todo bajo control pero por dentro estaba gritando.

Diez años habían pasado, diez años desde aquel mensaje a las 12:14 de la madrugada. “No puedo. Lo siento. No me busques.”

Diecinueve palabras que le habían costado más escribir que cualquier examen de la academia. Y ahora el destino, con su sentido del humor de pésimo gusto, la mandaba a dormir en la puerta de su cuarto.

—¡Usted debe ser la teniente Duarte! —Un hombre bajito, con la corbata torcida y tres teléfonos en las manos, se le plantó enfrente casi sin aliento—. Gustavo Olmedo, jefe de gabinete, aunque aquí todos me dicen Tavo, menos mi mamá, que me dice Gustavito, pero eso no importa. Venga, venga, el ingeniero tiene reunión en quince minutos y necesito que el equipo de seguridad esté listo, posicionado, invisible, ¿me entiende? Invisible pero ahí.

—Entendido.

—Bien, bien. —Tavo caminaba tan rápido que Valentina tuvo que alargar el paso—. Mire, le voy a ser honesto, no es por nada, pero la seguridad anterior era un desastre, el ingeniero se queja de que lo hacen sentir perseguido, y yo le digo, "es que lo están persiguiendo, ingeniero, así es la cosa", pero él no entiende, es un genio para los números y un bebé para todo lo demás...

Valentina escuchaba a medias. El pasillo terminaba en una puerta doble, y detrás de esa puerta —lo sabía, lo sentía en el estómago como quien sabe que va a llover— estaba él.

—¿Lista? —preguntó Tavo, con la mano ya en la manija.

—Siempre.

La puerta se abrió.

Emiliano Vasconcelos Bravo estaba de pie junto a la ventana, traia un traje negro a medida con la corbata aflojada y un monton de papeles en la mano que, evidentemente, no estaba leyendo. Se veía distinto, habían pasado años desde la última vez que se vieron.

— Ingeniero, le presentó a la teniente Duarte, su nueva…

Emiliano levantó la vista.

Los papeles se le resbalaron de la mano y cayeron al piso en un abanico desordenado.

Nadie en la sala pareció notarlo, ocupados como estaban en sus teléfonos y sus agendas, todos excepto Valentina, que vio cómo la sangre se le iba del rostro a Emiliano en tiempo real, y Tavo, que se inclinó de inmediato a recoger los papeles murmurando "no se preocupe, ingeniero, no se preocupe, son solo las proyecciones del gabinete, nada que no podamos reimprimir"...

—Mucho gusto —dijo Valentina, con la voz perfectamente plana, perfectamente profesional, extendiendo la mano como si fuera la primera vez en su vida que veía a ese hombre—. Teniente Valentina Duarte. Cuerpo de Seguridad Presidencial.

Emiliano tardó tres segundos —tres segundos que a Valentina le parecieron tres años— en estrecharle la mano.

—Mucho gusto —repitió él, y su voz sonó como si llevara arena por dentro—. Emiliano Vasconcelos.

Sus manos se tocaron. Ninguno de los dos la soltó de inmediato.

—Ingeniero, la reunión —dijo Tavo, todavía agachado, todavía recogiendo papeles, ajeno por completo a que en ese saludo de mano cabían diez años, una madrugada, un mensaje de diecinueve palabras y todas las preguntas que ninguno de los dos había podido hacerle al otro.

—Sí. Claro. —Emiliano retiró la mano. Se aclaró la garganta. Miró a Valentina —. Bienvenida al equipo, teniente.

—Gracias, señor —dijo Valentina, y dio un paso atrás, hacia la pared, hacia su lugar, hacia la sombra donde se supone que debían estar las personas como ella.

Desde ahí, con la espalda recta y la mirada al frente, pasó la siguiente hora viendo la nuca de Emiliano Vasconcelos Bravo mientras él hablaba de presupuestos y reformas sin que su voz temblara ni una sola vez.

Casi lo logró.

Casi.




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