La camioneta se detuvo frente a la residencia, pasada la medianoche. Tres vehículos, seis elementos, un protocolo que Valentina podría recitar dormida, perímetro fachada, interior despejado.
— Otra vez tarde— dijo el sargento pacheco, bajando con el rifle cruzado al pecho— . A este paso el pais lo va a gobernar a las tres de la mañana.
—A este paso el país lo va a gobernar dormido, que es peor —contestó el cabo Lira, el más joven del equipo, que llevaba dos semanas ahí y todavía se emocionaba cada vez que veía al ingeniero de cerca.
—Silencio en el canal —dijo Valentina, sin necesidad de levantar la voz. Los dos se callaron de inmediato. Llevaba apenas un día en el equipo y ya la obedecían como si tuviera diez años de antigüedad. Algo en su tono no daba lugar a discusión.
Entraron primero. Recorrieron la casa— demasiado grande para una sola persona, pensó Valentina, demasiado silenciosa. Cuando terminaron de despejar habitacion por habitacion. Volvieron abajo en la cocina hubo una falsa alarma por el sensor de movimiento reaccionando a un gato, según le contaron a Valentina era la mascota del jardinero y Tavo habia prometido reubicar tres veces sin éxito.
—Todo en orden, ingeniero —informó Pacheco cuando Emiliano por fin entró, con el saco al hombro y la corbata ya en el bolsillo.
—Gracias. Pueden retirarse.
El equipo empezó a moverse hacia la salida. Valentina dio un paso para seguirlos.
—Teniente Duarte. Quédese usted.
Todos se detuvieron una fracción de segundo. Pacheco miró a Lira. Lira miró a Pacheco. Ninguno dijo nada —por supuesto que no dijeron nada, ya habían aprendido en sus primeras veinticuatro horas que al "ingeniero" no se le cuestionaba— y salieron en fila, cerrando la puerta principal detrás de ellos con un clic que a Valentina le sonó más fuerte de lo que debería.
—¿Necesita algo, señor? —preguntó Valentina.
—Estamos a solas. —Emiliano dejó el saco sobre el respaldo de un sillón, despacio, como si necesitara hacer algo con las manos—. Valentina. ¿Podemos dejar de fingir que no nos conocemos?
—Estoy trabajando, señor. —Su voz no se movió ni un milímetro—. Prefiero que mantengamos esto así.
—¿Así cómo? ¿"Señor"? —Se rio, pero no fue una risa alegre —. Vale, hace diez años me decías "señor" cuando estabas enojada conmigo. Lo recuerdo perfecto. Era tu manera de ponerme un muro. —Dio un paso hacia ella—. ¿Sigo enojandote?
—No tengo el derecho de estar enojada con usted, señor. Ni con nadie. Soy personal de seguridad.
—Eso no es un no.
—Ingeniero Vasconcelos —dijo, y cada palabra le costó el doble de lo que debería costar una frase tan corta—, mi trabajo es asegurarme de que usted llegue vivo a la toma de protesta. Nada más. Lo que haya pasado antes de que yo llevara este uniforme no es relevante para mi trabajo, y le pediría, con todo respeto, que tampoco lo fuera para el suyo.
Algo cruzó por la cara de Emiliano. No fue enojo. Fue algo peor: fue que la creyó, por un segundo, y le dolió.
—Está bien —dijo, y caminó hacia la cocina. Abrió un cajón, luego otro, hasta que encontró lo que buscaba: una bolsa de café y un termo—. ¿Sabes? Llevo tres meses en esta casa y todavía no encuentro las tazas.
—Señor, eso no es...
—No es de mi competencia, ya lo sé. —Sirvió agua en el termo de todas formas, sin café, completamente distraído—. Solo estoy hablando, Valentina. De tazas. Es lo único de lo que se me permite hablar contigo, ¿no? De tazas y de protocolos.
—Tengo algo que decirte —dijo Emiliano, sin darse vuelta—, y después no vuelvo a sacar el tema, lo juro. Pero necesito decirlo una vez, ahora que por fin estamos solos, porque llevo siete años practicándolo y si no lo digo ahora no sé si voy a tener el valor otra vez.
—Señor…
— Tu mensaje. Diecinueve palabras. Las conté esa noche, y las he vuelto a contar como cien veces desde entonces, como si en algún momento el número fuera a cambiar, como si encontrara una palabra veinte que lo explicara todo. Nunca la encontré.
—No hay palabra veinte —dijo, y le sorprendió que su voz saliera tan baja—. Nunca la hubo. Por eso me fui así. Porque si te hubiera dado una explicación me habrías convencido de quedarme, y yo... —se detuvo. Apretó los puños. La uña del dedo índice se le clavó en la palma—. Yo no podía quedarme, Emiliano.
Los dos se quedaron quietos, como si esa sola palabra —su nombre, sin nada más— hubiera abierto una puerta que ambos llevaban años manteniendo cerrada.
—Tengo que revisar el perímetro —dijo Valentina, de pronto, dando un paso hacia atrás—. Buenas noches, ingeniero.
Salió antes de que él pudiera responder. Caminó por el pasillo, pasó frente a la puerta de la habitación principal, llegó hasta el final, donde una silla la esperaba —su silla, su turno, toda la noche— y se sentó con la espalda perfectamente recta, las manos sobre las rodillas, los ojos al frente.
Emiliano llegó a su posición ella se levanto.
—No tienes que hacerlo conmigo.
—Es parte de mi trabajo señor.
El teléfono de Emiliano sonó, él lo sacó del bolso, después lo guardó.
—Supe que tu madre falleció. —dijo.
—Si hace tres años.
—No veniste.
—Estaba en una misión y no se me avisó, no la alcance— A Valentina le dolía hablar de ese episodio, sus superiores decidieron no decirle nada para no perder la misión. Valentina vino dos semanas después. Pero su madre no estaba y su padre le reprochaba que su mujer se fue mencionando su nombre.