A las siete de la mañana, cuando el relevo llegó para el cambio de turno, Valentina llevaba ya tres horas sin dormir y un café que se había enfriado.
—Reporte de novedades —dijo, entregando la bitácora al cabo que tomaba su lugar—. Sin incidentes. El principal se retiró a su habitación a la una con cuarenta. Cocina revisada, cámara tres reiniciada por falla menor, gato del jardinero localizado y devuelto a... donde sea que viva el gato del jardinero.
—Copiado, teniente. —El cabo firmó sin levantar mucho la vista—. Oiga, ¿es cierto que el ingeniero la mandó a llamar anoche? A solas, dicen.
Valentina no dejó que la pregunta le llegara a la cara.
—Protocolo de seguridad de la habitación principal. Nada más.
—Ah. —El cabo se encogió de hombros, satisfecho con la respuesta más aburrida del mundo, que era exactamente el efecto que Valentina buscaba.
Camino hacia la salida con el paso firme, quería llegar a su casa para darse una ducha, pasar once horas con Emiliano la tenían tensa, no quería acordarse de la conversación o más bien intento de conversación que Emiliano quiso entablar y que ella hizo lo posible para no alargarla.
Pasó frente al pasillo de las habitaciones y, por puro instinto —el mismo instinto que le había salvado la vida más de una vez en el campo—, escuchó la voz de Emiliano antes de verlo. Venía de la sala de estar, hablando por teléfono, algo sobre "la reunión del jueves" y "decirle a Tavo que confirme los horarios". Valentina giró sin pensarlo hacia el pasillo de servicio, el que usaban los de mantenimiento, y salió por la puerta lateral.
Misión cumplida. Cero contacto visual. Ella, una profesional.
El alivio le duró exactamente catorce segundos, el tiempo que tardó en llegar a la entrada principal, donde un auto negro con placas diplomáticas estaba estacionado y de él bajaba, con la elegancia, una mujer que Valentina reconoció de inmediato.
La había visto en la portada de una revista. Jessica Aldama. Treinta y tantos años, cabello recogido en un moño perfecto a las siete de la mañana —¿quién tenía un moño perfecto a las siete de la mañana?—, un saco color crema que probablemente costaba lo que Valentina ganaba en dos meses, y una sonrisa que parecía tener su propio departamento de prensa. La nueva embajadora de México ante la ONU. Lo decía el pie de foto de la revista, algo sobre "la diplomática más joven en ocupar el cargo" y "una nueva era de relaciones internacionales".
—Buenos días —le dijo Jessica al guardia de la reja, con la familiaridad de alguien que ya conocía el camino—. ¿Ya despertó? Tenemos que cerrar los pendientes de Nueva York antes de que se le olvide, como la última vez.
Como la última vez. Eso quería decir que había una primera vez. Y probablemente una segunda, y una tercera.
Jessica pasó junto a Valentina y, por cortesía o por costumbre de tratar bien al personal —Valentina no sabría decir cuál—, le dedicó una sonrisa breve.
—Usted debe ser la nueva del equipo de seguridad. Qué bueno, ya era hora de que pusieran a alguien con cara de saber lo que hace. —Y siguió caminando, sin esperar respuesta, hacia la puerta donde, segundos antes, Valentina había escuchado la voz de Emiliano hablando.
Valentina se quedó parada en la entrada, con la bitácora bajo el brazo y una sensación en el pecho que se negó, rotundamente, a ponerle nombre.
No es mi problema.
Caminó hacia el estacionamiento de personal.
Lo que haga o no haga Emiliano con su tiempo, con su agenda, con su embajadora de cara perfecta y moño imposible a las siete de la mañana, no es su problema.
Subió a su auto.
El departamento de Valentina olía a pan tostado quemado, lo cual significaba que su hermano ya estaba despierto, lo cual era, en sí mismo, un evento meteorológico raro para esa hora.
—¡Llegó la heroína de la patria! —Dany, veintidós años, en pijama, con el cabello parado en todas direcciones, levantó una taza hacia ella a modo de saludo—. ¿Cómo estuvo el primer día cuidando al... —bajó la voz, miró hacia la ventana como si hubiera micrófonos en las plantas— al señor presidente?
—No puedo hablar de eso, Dany. Ya te lo dije como quince veces.
—Ya, ya, secreto de Estado, lo entiendo. —Le dio una mordida al pan quemado sin que pareciera importarle—. Solo dime una cosa, nada más una: ¿es tan aburrido en persona como en la tele, o tiene, no sé, personalidad?
El hermano de Valentina no tenía idea del pasado de Valentina con Emiliano y no seria ella la que se lo dijera a su hermano pequeño.
—Es bastante normal —dijo, dejando las llaves sobre la mesa con más fuerza de la necesaria—. Voy a dormir. No me despiertes a menos que el edificio se esté incendiando, y aun así piénsalo dos veces.
Se metió a su cuarto, cerró la puerta, se dejó caer en la cama sin quitarse las botas, y se quedó mirando el techo.
Cosa del pasado, se repitió, una vez más, como quien reza algo en lo que ya no cree del todo.