Valentina llegó a su casa, Su hermanito menor la estaba esperando con el desayuno hecho.
—Buenos días Hermanita ¿Cómo te fue hoy?
—No puedo hablar de eso contigo.
—¿Por qué no, Emiliano fue mi cuñado.
—¿Puedes dejar de decirlo?
—Ya se lo he dicho a toda mi clase.
—Nadie debe saberlo Daniel.
—¿Por que no?
—Porque nadie debe relacionarnos. Ahora es mi jefe.
—¿Ya le dijiste que sigues guardando todo lo que te regalo?
—Daniel deja de ser un niño pequeño madura, ya tienes 21 años.
—¿Cuando te volviste aburrida? En otro momento te estarías riendo conmigo.
—Desde que soy adulta.
—No se que te hicieron pero esta Valentina no es como la hermana que recuerdo.
—Voy a dormir estoy cansada, no me levantes por ningún motivo —se alejó para evitar seguir hablando con su hermano.
Valentina durmió de corrido, sin sueños, sin interrupciones, hasta que la alarma del teléfono sonó a las cinco de la tarde. Valentina la apagó de un manotazo, se quedó mirando el techo un par de minutos — el mismo techo de siempre, las mismas manchas de humedad, se levantó con la sensación de que el mundo había decidido portarse bien con ella por una vez.
Se bañó, se puso el uniforme, revisó el cargador de su arma reglamentaria con calma, todo normal. Todo en orden.
Salía a la sala todavía abrochando el último boston de la camisa, Daniel estaba sentado en el sillón, con el periodico de la tarde entre sus manos.
—Oye —dijo él, sin levantar la vista del todo—, al parecer ahora también vas a tener que cuidar a la primera dama.
—¿De qué hablas? —Valentina tomó su chamarra del perchero, sin prestarle demasiada atención. Dany decía cosas raras todo el tiempo; era parte de su encanto y parte de por qué nadie en la familia lo tomaba completamente en serio antes de las dos de la tarde.
—El señor presidente se acaba de comprometer.
Valentina se quedó con la chamarra a medio poner.
—¿Qué?
Dany giró el periódico hacia ella sin decir nada más, porque a veces las imágenes hacen el trabajo que las palabras no alcanzan a hacer.
Ahí, en primera plana, con una resolución tan nítida que no dejaba espacio para la duda ni para la esperanza de que fuera un montaje, una broma, un error de imprenta: Emiliano, de rodilla en algún jardín con vista a la ciudad, una cajita abierta en la mano, y Jessica Aldama con las dos manos sobre la boca, en esa pose que solo existe para las cámaras y para la posteridad. El titular, en letras que a Valentina le parecieron absurdamente grandes para lo poco que decían en realidad:
"EL PRESIDENTE ELECTO SE COMPROMETE: 'ELLA ES EL FUTURO QUE QUIERO PARA MÉXICO'"
Y debajo, en letra más chica, la fecha y la hora: esa misma mañana.
Esa misma mañana en la que, hacía menos de doce horas, él le había dicho que dejaran de fingir que no se conocían.
Valentina sintió que algo se desplomaba dentro de ella, en silencio, sin escándalo.
—¿Vale? —Dany bajó el periódico, ahora sí preocupado—. Oye, ¿estás bien? Te pusiste blanca.
—Estoy bien. —La voz le salió rara, como si perteneciera a otra persona—. Es solo... es trabajo. Hay que reorganizar protocolos, seguridad adicional, ese tipo de cosas. Por eso me sorprendió.
No era mentira del todo. Pero tampoco era, ni de lejos, la verdad completa.
—Ah. —Dany la miró un segundo más de lo necesario, con esa intuición fraternal que a veces resultaba más incómoda que útil—. Oye, ¿segura que estás bien? Porque tienes una cara como si se te hubiera muerto alguien.
—Voy a llegar tarde —dijo Valentina, y se puso la chamarra de un tirón, tomó las llaves, y salió del departamento antes de que su hermano pudiera hacerle una sola pregunta más, antes de que ella misma pudiera hacerse las preguntas que ya empezaban a formarse, ordenadas y crueles, en algún rincón de su cabeza: ¿Por qué no me dijo nada anoche? ¿Lo sabía ya? ¿Lo de anoche significó algo para él, o significó exactamente lo mismo que para mí debía significar: nada, protocolo, dos personas que ya no se conocen?
En el elevador, sola, con el periódico de Dany todavía grabado detrás de los párpados, Valentina se miró en el espejo del fondo. Uniforme impecable. Postura perfecta. Cara de quien no está a punto de llorar en un elevador a las cinco y media de la tarde, camino a cuidarle la vida —y ahora, al parecer, también la boda— al hombre que se la había roto dos veces en la misma vida.
Cosa del pasado, se repitió, con menos convicción que nunca.
Las puertas del elevador se abrieron.
Era hora de ir a trabajar.
Llegó puntual. Siempre llegaba puntual era de las pocas cosas en su vida que podía controlar sin que nadie se lo cuestionara y el cambio de turno en la entrada de las instalaciones fue tan rutinario y tan frío como debía ser: reporte, firma, posición asignada, sin novedades.
Es sobrevivir a verlo seguir adelante sin ella.
El salón donde Emiliano tenía el encuentro era grande, con ventanales que dejaban entrar una luz de tarde. Valentina entró en silencio, pegada a la pared, con el paso medido de quien sabe que su trabajo es volverse invisible. Se colocó en su posición, escaneó el perímetro, identificó las salidas, contó las personas presentes.
Y entonces lo buscó a él.
Por trabajo, se dijo. Protocolo. Es lo que se hace.
Pero muy adentro, en ese lugar donde uno guarda las verdades que no quiere reconocer en voz alta, sabía exactamente por qué sus ojos lo buscaron a él primero, antes que a las salidas, antes que al perímetro: quería saber si estaba con ella.
Jessica Aldama estaba sentada en la primera fila, sonriendo ante las cámaras. Tenía una sonrisa perfecta, y cada que los flash se escuchaban ella tenía una sonrisa perfecta, El que no estaba sonriendo era Emiliano, estaba atento a todo lo que los demás decían. Eso hasta que llegó Valentina, Emiliano no estaba viendo a la entrada pero lo supo de inmediato.