La Guardaespaldas del presidente: Un amor del pasado

CAPITULO 5. Sin darse vuelta.

La reunión terminó con aplausos educados y el sonido de sillas moviéndose, Valentina ya estaba en movimiento antes de que la última persona se pusiera de pie, coordinando con Pacheco y Lira la salida del principal, cuando vio a Emiliano caminar hacia ella. Detrás de ella iba Jessica Aldama.

— Me iré contigo Emiliano —. Si me voy contigo los medios tendrán las mejores fotografías, ya están hablando de nosotros desde esta mañana.

— Claro — contesto secamente.

Valentina no pestañeo. Miro a Emiliano directamente, con la cara más profesional que había tenido en su vida, y el la miro a ella. No a Jessica, que ya estaba saludando a alguien a su derecha. A ella.

—Espere un momento, señor. Están preparando la salida.

Habló por el audífono. Confirmó perímetro, vehículos, posiciones. No pasó ni un minuto.

—Ya nos podemos ir.

Caminaron por el pasillo trasero, el mismo por donde habían entrado, el mismo que Valentina había revisado tres veces antes de entrar.

Salieron sin prisas Jessica iba junto a Emiliano, Valentina iba adelante viendo para todas direcciones, afuera había un grupo de manifestantes el pan de cada día para Emiliano. Había muchas personas en desacuerdo con él, sin contar a sus enemigos. Los gritos no se hacían esperar Jessica se abrazó a Emiliano mas que nada para las fotografías se acomodo su falda y sonrió.

Valentina era la mejor en su cargo, todo miraba hasta el mínimo movimiento por eso cuando algo cambió, lo supo antes de verlo.

Un arma.

—¡Arma!

La palabra salió de su boca al mismo tiempo que su cuerpo tomaba la decisión: un paso, dos, el mundo en cámara lenta. Valentina lo derribó con el peso de su cuerpo, y los dos cayeron al suelo del pasillo, ella encima de él, cubriéndolo, mientras Pacheco y Lira cerraban el perímetro detrás de ella con las voces disparadas por el audífono.

—¡Sujeto controlado! —llegó la voz de Lira—. ¡Despejado!

Valentina respiró. Una vez. Despacio. Hizo el inventario rápido que le habían enseñado: ella entera, él entero, nadie más en el suelo.

Entonces notó que Emiliano tenía la mano en su cintura.

No era un agarre de pánico, no era el instinto de alguien que se aferra a lo primero que encuentra cuando cree que va a morir. Era una mano que la sostenía, firme y despacio, como quien reconoce algo que creía perdido.

Valentina levantó la vista. Él la estaba mirando, desde abajo, con los ojos muy abiertos y algo en la cara que no era miedo —el miedo ya había pasado— sino algo mucho más difícil de nombrar y mucho más difícil de ignorar.

—¿Está usted bien, señor? —preguntó ella, con la voz perfectamente firme.

—Sí —dijo Emiliano, y no apartó la mano.

Jessica estaba gritando pacheco llegó para llevársela y pedirle a Valentina moverse. Valentina se puso de pie. Le ofreció la mano para ayudarlo a levantarse y cuando él la tomó y se incorporó, sus caras quedaron a pocos centímetros la una de la otra por un instante que duró demasiado para ser solo protocolo.

— Vámonos.

Caminó adelante, marcando el paso, los ojos en todas direcciones, la mano todavía sintiendo el calor de la de él aunque ya no se estuvieran tocando.

Subieron a la camioneta que arrancó cuando Valentina cerró la puerta. Se fueron sin mirar atrás.

Las camionetas llegaron a la residencia, apenas y se detuvo el convoy, Tavo Olmeda bajó del segundo vehículo, incluso antes que se apagara el motor, traía en sus manos los tres teléfonos.

—¿Cómo es posible? —iba diciendo, sin dirigirse a nadie en particular y dirigiéndose a todos al mismo tiempo—. No había amenazas registradas, el protocolo estaba completo, revisamos dos veces, revisamos dos veces, ¿cómo llega alguien con un arma a veinte metros del ingeniero sin que nadie lo detecte antes? ¿Alguien me puede explicar eso? ¿Alguien?

—Tavo. —La voz de Valentina fue corta y firme, como un punto al final de una oración muy larga—. Lo hablaremos en la reunión de seguridad. Esta noche, en cuanto el señor esté adentro.

—Sí, sí, claro, reunión, protocolo, lo entiendo, pero es que... —Tavo se pasó la mano por el cabello, que a esas horas ya era un desastre—. Es que no habían amenazas, teniente. Ninguna. Llevamos semanas sin una sola amenaza directa y esta noche, precisamente esta noche que están los medios y está Jessica y está todo el mundo mirando...

—Por eso mismo —dijo Valentina—. Adentro, Tavo.

Tavo cerró la boca. Asintió. Entró.

Pacheco y Lira terminaron de asegurar el perímetro, después de un incidente lo hicieron con mayor precaución.

Emiliano subió los escalones de la entrada sin apresurarse, con las manos en los bolsillos. Se detuvo al pie de la escalera interior.

—Buenas noches a todos —dijo, sin voltearse—. Teniente Duarte, acompáñeme.

El silencio que siguió duró exactamente dos segundos.

Pacheco miró a Lira. Lira miró a Pacheco. Tavo levantó la vista de sus teléfonos con la boca ligeramente abierta. Incluso Jessica, que se había quedado cerca de la puerta con su saco color crema y su moño intacto a pesar de todo lo que había pasado, frunció el ceño apenas, lo suficiente para que solo alguien que estuviera mirando muy de cerca pudiera notarlo.

Jessica no entendía cómo pudo llamar a su guardaespaldas y a ella no, había pasado por un trauma terrible Valentina no reparó en ella que también se había caído al suelo.

Valentina subió detrás de Emiliano por las escaleras, escuchando cómo el murmullo de Tavo se reanudaba abajo —"¿y eso qué significa?, ¿es protocolo?, ¿cuándo es protocolo que solo suba uno?, a ver, explíquenme"— hasta que el sonido se fue apagando con cada escalón y el pasillo del segundo piso los recibió en silencio.

Emiliano se detuvo frente a la puerta de su habitación pero no la abrió. Se quedó mirándola un momento, con la mano en el marco, de espaldas a Valentina.

—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? —preguntó.




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