La reunión de seguridad se hizo en la sala de trabajo del primer piso.
—Revisé las listas de amenazas tres veces esta semana —. Tres veces. No había nada. Ninguna amenaza directa, ningún perfil de riesgo elevado en los grupos que seguimos, nada que justificara un nivel de alerta mayor al que teníamos. Alguien se nos escapó y necesito saber cómo.
—El sujeto tiene veinte años —dijo Pacheco, con el reporte en la mano—. Sin antecedentes. Sin filiación conocida a ningún grupo. Lo trasladaron para interrogatorio y hasta ahorita se niega a hablar. Ni una palabra.
—¿Veinte años —repitió Lira, sin poder evitarlo—. ¿Un chavo de veinte años estuvo a punto de...?
—Lira —cortó Valentina.
—Sí, teniente.
—Alguien lo mandó —dijo, sin levantar la vista del mapa—. Un chico de veinte años sin antecedentes no llega solo a ese punto con un arma y sin que nadie lo note. Alguien sabía nuestra ruta de salida. Alguien que tiene acceso a información que no debería tener.
Tavo se aflojó el nudo de la corbata, lo cual, viniendo de él, era el equivalente a que cualquier otra persona se arrancara el corazón del pecho.
—¿Está diciendo que tenemos una filtración?
—Estoy diciendo que hay que considerar esa posibilidad —respondió Valentina—. A partir de mañana cambiamos las rutas cada vez. Nada se decide con más de una hora de anticipación.
Tavo asintió, apuntando en el bloc.
—Algo más —dijo Valentina, y todos la miraron—. Lo de esta noche no sale de esta sala. La prensa no sabe exactamente qué pasó, solo que hubo un incidente menor con un manifestante. Que siga así.
Nadie protestó.
—Bien. Eso es todo por esta noche.
Subió de vuelta al segundo piso pasada la una de la mañana, con el cansancio instalado en los hombros pero la cabeza todavía girando a mil.
La puerta de la habitación de Emiliano estaba abierta.
Valentina frunció el ceño. La había visto cerrarse. La había escuchado cerrarse. Una puerta abierta en mitad de la noche no era un detalle menor cuando alguien había intentado dispararle al ocupante de esa habitación unas horas antes.
Entró sin hacer ruido, la cama estaba vacía, con la mano cerca del arma camino hacia la puerta del baño, la puerta estaba entreabierta , levantó la mano para tocar el marco y anunciarse.
Sus cuerpos chocaron.
Fue un segundo, menos que un segundo, el tiempo que existe entre que algo pasa y que el cerebro lo registra. Valentina sintió el impacto, dio un paso atrás por instinto, y cuando levantó la vista se encontró con Emiliano a diez centímetros, en camiseta y pantalón de pijama, con el cabello mojado y los ojos muy abiertos de la sorpresa.
El audífono de Valentina cayó al suelo.
—La puerta estaba abierta —dijo Valentina, y fue lo primero que encontró, lo único que encontró, porque su cerebro en ese momento estaba ocupado procesando que Emiliano Vasconcelos Bravo olía a jabón de hotel y tenía una cicatriz pequeña junto a la ceja izquierda que ella nunca había visto o quizás sí había visto y simplemente había olvidado o quizás nunca había olvidado nada de nada pero eso no venía al caso.
—Se me olvidó cerrarla —dijo él, igual de quieto.
—Protocolo de seguridad, señor. La puerta debe estar...
—Valentina.
—...debe estar cerrada en todo momento, especialmente después de un incidente como el de esta...
—Vale.
Ella se calló.
—¿Estás bien? —preguntó él, en voz muy baja.
—Soy yo quien debería preguntarle eso a usted, señor.
—Ya sé. Te estoy preguntando de todas formas.
Valentina recogió el audífono del suelo. Se lo colocó de nuevo
—Estoy bien —dijo—. Cierre la puerta, por favor. Por dentro.
Dio un paso atrás hacia el pasillo. Emiliano no cerró la puerta de inmediato. Se quedó en el marco, con una mano apoyada en la madera.
—Buenas noches, Vale —dijo, por fin.
—Buenas noches, señor.
La puerta se cerró.
Valentina volvió a su silla, se sentó, puso la espalda recta, los ojos al frente.
Le tomó un momento darse cuenta de que todavía tenía el corazón latiendo más rápido de lo que debería para alguien que acababa de hacer una revisión de rutina.
Protocolo, se dijo.
Esta vez ni siquiera intentó creérselo.