La Guardaespaldas del presidente: Un amor del pasado

CAPITULO 7. Tierra adentro.

Valentina había llegado más tarde de lo habitual al departamento, se acostó con los zapatos puestos, solo quería cerrar los ojos después de un día pésimo en el trabajo, que alguien se atreviera a querer hacerle daño a Emiliano le causa una sensación extraña.

La llamada de Tavo llegó a las ocho de la mañana con el tono de quien tiene malas noticias y buenas noticias pero no sabe en qué orden darlas.

—Buenos días, teniente. Sé que es su día de descanso y le juro que esto me pesa en el alma, de verdad me pesa, pero el ingeniero ha pedido específicamente...

—¿A qué hora salimos? —interrumpió Valentina.

Sabía que en este tipo de trabajo sus descansos muchas veces se veían interrumpidos.

—A las diez. Gracias, teniente. En serio. Le debo una.

—Me debe tres. Hasta las diez, Tavo.

Colgó. Se quedó mirando el techo de su cuarto — con el teléfono sobre el pecho y la sensación de que el universo tenía muy poca imaginación a la hora de complicarle la vida.

—¿Quién era? —Dany asomó la cabeza por la puerta con un vaso de jugo en la mano y el cabello peor que de costumbre.

—Trabajo.

—Es tu día libre.

—Gracias, Dany, no lo sabía.

—¿Es por él?

—Es por mi trabajo —dijo Valentina, levantándose—. Que son cosas distintas.

Dany tomó un sorbo de jugo sin dejar de mirarla.

—Ajá —dijo, y se fue.

El rancho de los Vasconcelos estaba a dos horas de la ciudad, tierra adentro, donde el aire olía diferente y el ruido del mundo dejaba de existir, Valentina lo sabía bien alguna vez Emiliano la llevo ahí.

Emiliano viajó en silencio casi todo el trayecto, mirando por la ventana, no llevaba traje. Valentina fue lo primero que noto, parecía un hombre normal con jean, camisa sencilla de manga larga y sin corbata. Se veía cinco años más joven.

Valentina apartó ese pensamiento con la eficiencia de quien ha practicado mucho.

La seguridad era mínima por petición expresa de Emiliano: sólo Valentina y el conductor, que conocía el rancho de años y tenía más discreción que un confesionario. Tavo había protestado —claro que había protestado, Tavo protestaba contra las leyes de la física si le daban oportunidad— pero Emiliano había sido inusualmente firme: nadie más.

El rancho estaba bien cuidado, a pesar que ya tenía años, el abuelo de Emiliano vivió ahí hasta que falleció y pasó a ser de Emiliano, pocas veces iba solo cuando necesitaba silencio. Emiliano camino hacia la entrada, mientras Valentina revisa el perímetro, las entradas , la distancia al camino principal. Todo en orden.

Después se reunió con Emiliano que estaba sentado en una silla de madera con una taza de café.

—Siéntate —dijo, sin mirarla.

—Señor, estoy de servicio.

—Valentina. —Levantó la vista—. Estamos solos en un rancho a dos horas de la ciudad. Nadie sabe que estamos aquí. Siéntate, por favor.

Ella miró la taza. Miró la silla. Calculó todas las razones por las que esto era una mala idea y las contó: eran exactamente las mismas de siempre, y seguían siendo igual de válidas, e igual de fáciles de ignorar cuando Emiliano usaba ese tono que no era de presidente sino simplemente de él.

Se sentó.

El café estaba bueno. Eso también lo notó antes de poder evitarlo.

Estuvieron un rato en silencio, los dos mirando hacia afuera.

—Llevaba diez años sin pensar en nada —dijo él, con la taza entre las manos—. Me había vuelto muy bueno en eso. Y entonces llegaste tú, y de pronto tenía otra vez diecinueve palabras en la cabeza y un departamento con vista al parque que nunca existió y un perro sin nombre.

A Valentina se le cortó la respiración.

Él lo recordaba. Claro que lo recordaba. ¿Por qué había pensado que no?

—Emiliano…

—No te voy a pedir nada —dijo él, y su voz era tranquila, sin reclamo, sin trampa—. No te estoy pidiendo nada. Solo... —se giró hacia ella, y en su cara había algo tan honesto y tan cansado al mismo tiempo que Valentina tuvo que hacer un esfuerzo para sostenerle la mirada— quería que supieras que ese futuro que te dije esa noche no era un decir. Era en serio. Y que cuando te fuiste, tardé mucho tiempo en entender que era posible querer a alguien y no entenderlo al mismo tiempo.

—Yo también lo decía en serio —dijo, en voz muy baja—. Todo lo que te dije esa época, lo decía en serio. Eso es lo que nunca te pude explicar en diecinueve palabras: que me fui precisamente porque lo decía en serio.

Emiliano la miró.

—Algún día me vas a tener que explicar eso con más de diecinueve palabras.

—Algún día —concedió ella.

Se quedaron otro rato en silencio, con el café enfriándose entre los dos y los caballos al fondo y el aire que olía a tierra mojada, y por primera vez desde que Valentina había cruzado la puerta de ese despacho tres días atrás, ninguno de los dos fingió nada.

Solo por un rato.

Solo ahí.

—¿A sí que te vas a casar?

Emiliano no se sobresaltó. Era como si hubiera estado esperando la pregunta, como si supiera que tarde o temprano la haría.

—Sí.

—¿La quieres? —Valentina no supo por qué lo preguntó. No era su pregunta. No tenía derecho a esa pregunta. Pero ya estaba fuera y no había forma de meterla de vuelta.

Emiliano tardó. Y ese silencio fue, en sí mismo, una respuesta.

—No por las razones que crees —dijo al fin, mirando la taza ya fría en sus manos.

—. No es lo que parece desde afuera. Jessica lo sabe, yo lo sé, y los dos estuvimos de acuerdo desde el principio. Todos esperan una primera dama. Es parte del cargo, parte de la imagen, parte de lo que la gente necesita ver cuando alguien tan joven llega a donde yo llegué. —Hizo una pausa—. Ella estuvo dispuesta. Es inteligente, es independiente, tiene su propia carrera y sus propios planes. No le estorbo y ella no me estorba. Es un acuerdo.

Valentina lo miró. Buscó en su cara algo que desmintiera lo que estaba diciendo, alguna fisura, alguna señal de que se estaba convenciendo a sí mismo en tiempo real. No encontró ninguna. Solo el cansancio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.