La Guardaespaldas del presidente: Un amor del pasado

CAPITULO 8. Solo tu guardaespaldas

La tarde había empezado a enfriarse cuando Valentina se levantó de la silla.

—Voy a dar un rondín.

—No es necesario. —Emiliano no se movió —. Aquí no pasa nada, Vale.

—Tengo que hacer mi trabajo, señor.

Él giró la cabeza hacia ella entonces, despacio.

—No quisieras estar aquí adentro, ¿verdad? Conmigo.

Valentina tomó su chamarra del respaldo de la silla.

—Valentina —dijo él.

Ella se detuvo, pero no se dio vuelta.

—Debería estar aquí afuera haciendo mi trabajo, señor. —Su voz salió firme —. Es lo que soy. Su guardaespaldas. Y prefiero que así siga siendo.

—¿Por qué?

—Porque no quiero estar envuelta en nada que tenga que ver contigo —dijo, y cada palabra le costó más de lo que Emiliano podría saber—. No de esa manera. No otra vez.

Emiliano la miró en silencio. No intentó contradecirla, no buscó el argumento que deshiciera lo que ella acababa de decir.

—Está bien —dijo, al fin.

Valentina asintió una vez, se acomodó el audífono, y salió hacia el perímetro que no necesitaba revisarse pero que en ese momento era lo único en el mundo que ella podía controlar.

Caminó despacio por el borde del rancho, con la vista en el camino de terracería y los oídos en el viento entre los árboles, haciendo exactamente su trabajo, ni más ni menos.

Cuando Valentina terminó en el rondín, volvió a la casa Emiliano no estaba donde lo dejó.

Recorrió la planta baja primero: sala, cocina, estudio. Todo vacío, todo en orden, sin señales de nada fuera de lugar. Subió las escaleras y revisó la primera habitación del pasillo.

Nada.

La segunda. Nada.

La tercera y la cuarta con la misma respuesta silenciosa que empezaba a irritarle los nervios de una manera que no tenía nada que ver con el protocolo y todo que ver con que Emiliano Vasconcelos Bravo llevaba ya demasiados capítulos de su vida desapareciendo sin avisar.

La última habitación del pasillo tenía la puerta entreabierta.

Valentina se acercó despacio, con la mano cerca del arma por instinto, y entonces lo escuchó: un ruido sordo, un golpe, algo que no era el sonido normal de una casa tranquila en un rancho a dos horas de la ciudad.

—¿Emiliano? —La voz le salió diferente esta vez, sin el "señor", sin la distancia—. ¿Estás bien?

Un quejido. Inconfundible.

—Me he caído.

Valentina no pensó. Empujó la puerta, cruzó la habitación en cuatro pasos y entró al baño.

La regadera estaba encendida, el vapor llenaba el cuarto, y Emiliano estaba en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared de azulejos, completamente desnudo y con una expresión entre el dolor y la vergüenza más absoluta que Valentina le había visto en la vida.

No le importó.

Eso fue lo primero que su cerebro registró y lo primero que archivó sin analizarlo: no le importó. Se arrodilló junto a él, le pasó el brazo por los hombros y lo incorporó con la misma eficiencia con que habría levantado a cualquier persona en cualquier situación de emergencia.

—¿Qué pasó?

—Resbalé. —Su voz sonaba mortificada—. El piso estaba mojado y...

—¿Puedes pararte?

—Sí, solo... el brazo. Me lo golpeé contra la llave.

Valentina lo ayudó a ponerse de pie, sosteniéndolo por la cintura, sin apartar los ojos de su cara, buscando señales de algo más grave: la pupila, el color, si el dolor era lo que decía ser o algo peor.

—¿Aquí? —Le tocó el antebrazo con cuidado.

Emiliano hizo un gesto.

—Ahí.

No estaba roto. Lo supo de inmediato: si estuviera roto no podría sostener el peso del brazo así. Un golpe fuerte, moretón seguro, pero nada que no fuera a resolverse solo en unos días.

—Estás bien —dijo, más para ella misma que para él—. Solo el brazo. No está roto.

—Te lo dije.

—La próxima vez que vayas a bañarte me avisas.

—¿Para qué? ¿Para que vengas a cuidarme? —Había algo en su voz, entre el dolor y el alivio, que sonaba peligrosamente cercano a la risa.

—Para no tener que buscarte en seis habitaciones —respondió Valentina, sin moverse todavía, todavía con el brazo en su cintura, todavía demasiado cerca—. Es protocolo.

—Claro —dijo Emiliano—. Protocolo.

Ninguno de los dos se movió.

El vapor de la regadera seguía llenando el baño, el agua corría sobre el suelo de azulejos, y Valentina tuvo la conciencia muy precisa de que llevaba demasiados segundos ahí de los que el protocolo podría justificar, con la mano en la cintura de Emiliano y él mirándola .

Se apartó. Tomó la toalla del gancho y se la puso en las manos sin mirarlo.

—Termina de bañarte con cuidado. —Su voz sonó perfectamente normal. Fue un logro considerable—. Te espero afuera.

Salió del baño sin darse vuelta, cerró la puerta con suavidad, y se quedó parada en medio de la habitación un momento, sola, con el sonido del agua corriendo detrás de la puerta.

Respiró.

Una vez. Despacio.

Solo su guardaespaldas, se recordó.

Fue la primera vez que la frase le sonó completamente vacía.

Emiliano salió con la toalla sobre los hombros y el cabello mojado, ya vestido con lo que había encontrado a la mano —una camiseta y el pantalón del día— y se detuvo en seco al verla parada junto a la puerta, chorreando agua en silencio como si eso fuera lo más normal del mundo.

La miró de arriba abajo.

—Valentina. —Su voz tenía ese tono, el de cuando algo le parecía absurdo pero no quería reírse porque sabía que no era el momento—. ¿Por qué no te fuiste a cambiar? Estás mojada.

—Estoy trabajando.

Emiliano parpadeó.

La miró otra vez, de los pies empapados hasta el cabello aplastado contra la frente, y esta vez sí, a pesar de todo, a pesar del brazo golpeado y la caída y toda la tensión acumulada de la tarde, se le escapó algo que no era exactamente una risa pero se le parecía bastante.

—Estás trabajando —repitió.

—Sí, señor.




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