La Guardaespaldas del presidente: Un amor del pasado

CAPITULO 9. Lo que no debió pasar

Valentina estaba revisando el perímetro exterior cuando escuchó su nombre.

—¡Valentina!

Entró sin tocar. Sin anunciarse. Sin protocolo.

Emiliano estaba sentado en el borde de la cama, en boxers, con el brazo golpeado extendido sobre la rodilla y una pomada en la mano que miraba como si fuera un objeto de otra civilización.

—¿Puedes ponerme la pomada?

Valentina conocía ese brazo. Lo había revisado una hora antes, había calculado el golpe, había determinado que no era nada grave. También sabía, con la misma certeza con que sabía desmontar un arma a oscuras, que Emiliano Vasconcelos Bravo era perfectamente capaz de ponerse pomada solo. Que tenía dos manos, coordinación motriz y treinta y cinco años de experiencia siendo persona.

No la necesitaba a ella para eso, se acercó de todas formas. Tomó la pomada. Sacó una pequeña cantidad con el dedo índice, y luego puso la mano sobre su antebrazo.

Su piel estaba caliente. Suave. Valentina aplicó la pomada despacio, con movimientos circulares, cuidadosos, los mismos que usaría con cualquier herida de cualquier persona. Profesional. Controlada.

Y entonces no supo en qué momento exacto dejó de ser eso. Cuando menos lo pensó, los brazos de Emiliano estaban a su alrededor.

No fue un movimiento brusco. No fue un jalón ni una trampa. Fue despacio, casi como una pregunta, como alguien que extiende los brazos esperando que el mundo le diga que no puede.

—Señor... —empezó ella.

—No me llames señor. —Su voz era baja, muy cerca de su oído—. No ahora. Ahora no somos eso. Necesito que seamos Valentina y Emiliano, aunque sea un momento.

Ella no intentó soltarse. No del todo.

Podría haberlo hecho. Lo sabía. Tenía el entrenamiento, la fuerza, los ángulos. Emiliano era fuerte pero ella era más rápida, siempre había sido más rápida, y en cualquier otra situación con cualquier otra persona no habría dudado ni un segundo.

Pero no se soltó.

—Estás comprometido —dijo, con la voz que le quedaba, que no era mucha—. Yo sé cómo son esos acuerdos, Emiliano. En público, imagen, lo que la prensa necesita ver. Sé que está especificado que no habrá nada más entre ustedes. Pero eso no cambia que...

—Valentina.

—Esto está mal.

—Lo sé.

—Entonces...

No terminó la frase.

No la terminó porque Emiliano se movió despacio, con deliberación que nunca hacía nada sin pensarlo, y esos labios que ella conocía de memoria —que había pasado diez años convenciéndose de que había olvidado— volvieron a tocar los suyos.

Suave. Sin prisa. Como quien vuelve a un lugar que nunca dejó de ser suyo.

Valentina no se movió.

El mundo tampoco.

Valentina sintió su piel. No como antes, no con la distancia profesional de quien revisa una herida o aplica una pomada. Sino de verdad, con la palma abierta sobre su pecho, sintiendo el calor que irradiaba como si llevara años guardándolo para este momento.

Emiliano le susurró algo al oído. Palabras tan bajas, tan solo para ella, que el mundo entero habría tenido que desaparecer para escucharlas. Valentina las escuchó. Las entendió. Y eligió, consciente y deliberadamente, no resistirlas.

Sus manos encontraron el borde de la camisa —su camisa, la que él le había prestado una hora antes, la que todavía olía a él— y la sacó despacio, sin esfuerzo, como quien deshace algo que siempre estuvo mal puesto. Valentina no lo detuvo. No quiso. Llevaba demasiado tiempo siendo la teniente Duarte, la profesional, la que no siente ni recuerda ni añora nada, y esta noche, en este rancho donde nadie los buscaba y el mundo había decidido darles unas horas de tregua, no tenía fuerzas para seguir siéndolo.

Emiliano la miró antes de acercarse, buscando en sus ojos lo que no se puede fingir, lo que no tiene protocolo ni distancia ni diecinueve palabras que lo expliquen. Lo que encontró lo hizo sonreír.

—¿Estás segura? —preguntó, en voz muy baja.

Valentina no respondió con palabras.

Le puso la mano en la mejilla, lo atrajo hacia ella, y lo besó. Lo besó como se besa a alguien a quien se ha extrañado durante diez años sin querer admitirlo.

Lo que pasó después pertenecía solo a ellos. A la habitación del rancho con las paredes gruesas y la ventana que daba al potrero. A los dos cuerpos que se recordaban el uno al otro, donde los años no llegan y el tiempo no borra nada. A las manos de Emiliano que sabían exactamente dónde ir aunque hubiera pasado todo el tiempo del mundo. A la risa baja de Valentina cuando él dijo algo en voz muy baja que no necesita repetirse aquí porque era solo de ella Lo que pasó después pertenecía solo a ellos.

Valentina no salió de la habitación, se quedó.

La culpa llegó antes que la luz del amanecer. Valentina abrió los ojos y supo, antes de moverse, antes de recordar cada detalle de lo que había pasado, que había cometido el error más grande de su carrera. Quizás de su vida.

Se levantó despacio, con los movimientos cuidadosos, recogió del suelo lo que encontró: la camisa de él primero, por instinto, y luego la suya propia, el pantalón, el audífono que había quedado sobre la mesita de noche. Emiliano dormía, con esa respiración tranquila de quien no carga culpa ninguna o de quien la carga tan adentro que ni durmiendo se le nota.

Valentina no lo miró más de dos segundos.

Salió de la habitación prácticamente descalza, con los zapatos en la mano y la ropa a medio poner, su bolso. Su arma, que revisó por puro instinto, y recorrió el pasillo con la velocidad silenciosa de alguien que necesita poner distancia entre ella y lo que acaba de hacer antes de que el mundo despierte y lo vea todo.

Su teléfono tenía llamadas perdidas dos de Tavo, una de las once de la noche y otra de las doce y cuarto. Y una del jefe de seguridad, el comandante Parra, a las siete cuarenta y dos.

Valentina se metió a la ducha. El agua fría le ayudó a ordenar las ideas, o al menos a convencerse de que era posible ordenarlas. Se vistió con el uniforme limpio que había traído en la bolsa —siempre traía uno de repuesto, siempre, era el tipo de persona que traía un uniforme de repuesto— y se sentó en el borde de la cama con el teléfono en la mano.




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