Emiliano vio la hora en el reloj de la mesita de noche, se metió a bañar, miró hacia la cama, su lugar aún estaba caliente, intentó ir a su habitación pero prefirió darle espacio e ir por un café, pero ya era hora de volver a la realidad donde él era el presidente y ella su seguridad.
La habitación olía diferente. O quizás era él quien lo percibía diferente. Se duchó despacio, dejando que el agua caliente hiciera el trabajo que el sueño no había terminado de hacer, y cuando salió y se vistió frente al espejo tuvo la sensación incómoda de estar mirando a alguien que se parece mucho a él pero que anoche tomó una decisión que él de hace seis meses no habría tomado. Solo faltaba quince días para tomar el puesto por el cual se preparó por muchos años, estaba listo, pero con el puesto también vendría una boda. Hace unos meses, cuando lo acordó todo con Jessica, había sido una decisión clara. Lógica, incluso. Dos personas inteligentes con agendas complementarias y ninguna ilusión romántica que proteger. Sin drama, sin complicaciones, sin el tipo de cosas que hacen que los políticos aparezcan en las páginas equivocadas de los periódicos. Él necesitaba una primera dama. Ella necesitaba una plataforma más grande para su trabajo diplomático. Era un acuerdo limpio.
Pero todo eso habría sido antes que Valentina Duarte volviera a su vida. A su mente llegó la noche anterior, y no pudo evitarlo, no quiso evitarlo: la pomada, sus manos sobre su piel, el momento en que ella no se soltó cuando pudo haberlo hecho. El beso. Lo que vino después.
No había sido la primera vez con Valentina, pero lo sintió así aunque sus cuerpos se reconocieron estaba nervioso y eso hace mucho tiempo no lo sentía. Lo de anoche había sido Valentina, específicamente ella, la única persona en diez años que había logrado que él se sintiera completamente fuera de control y completamente en el lugar correcto al mismo tiempo. Y eso lo atormentaba.
Porque en quince días tomaría el cargo. Porque tenía una boda que preparar con una mujer que era su aliada y que no merecía quedar en medio de algo que él no había sabido resolver. Porque Valentina esa mañana había salido de su habitación antes de que amaneciera, con los zapatos en la mano y sin decir nada, y eso le había dolido de una manera que no esperaba y que no sabía cómo manejar.
Porque seguía sin saber por qué se había ido hace diez años.
Tomó el saco del respaldo de la silla.
Era hora de volver.
Aunque "volver" significara cosas muy distintas para cada parte de él que en ese momento tiraba en direcciones diferentes.
—Buenos días, señor. —Su voz era la de la teniente Duarte, no de Valentina.
—. Tavo confirma reunión con el equipo de comunicación a las dos de la tarde. El comandante Parra pide reporte en cuanto lleguemos a la ciudad. Y mañana temprano hay una agenda con la embajada.
Emiliano la miró.
Ella miraba su libreta.
—Entendido —dijo él.
—¿Nos vamos? —preguntó.
—Cuando usted me indique, señor.
Valentina salió primero.
Él la siguió.
El chofer estaba listo, Valentina abrió la puerta trasera para Emiliano, después y para sorpresa de Emiliano Valentina subió adelante.Emiliano no dijo nada.
Valentina no se dio vuelta en todo el trayecto. Emiliano tampoco miró el espejo retrovisor.
Dos horas de silencio. De terracería primero y luego asfalto y luego el ruido de la ciudad entrando poco a poco por las ventanas cerradas, con sus bocinas y sus semáforos y su ritmo que no se detiene por nadie .
Cuando la camioneta se detuvo frente a las instalaciones, Valentina bajó primero, abrió la puerta trasera, y lo miró con la misma expresión de siempre.
—Bienvenido, señor.
Emiliano bajó. Estuvo a punto de decir algo — no sabía exactamente qué, no tenía las palabras preparadas, nunca las había tenido con ella — pero Tavo ya estaba bajando las escaleras de la entrada con tres teléfonos y una tablet.
—¡Ingeniero! Qué bueno, qué bueno. Tenemos mucho que hablar, la reunión de las dos se adelantó a la una y media, y Jessica llamó esta mañana dos veces porque quiere definir lo del banquete antes de que...
Emiliano siguió caminando.
Valentina se quedó atrás, coordinando con el conductor, con Pacheco, con el perímetro, con todo lo que era su trabajo y solo su trabajo y nada más que su trabajo.
No lo vio entrar.
Pero supo, sin necesidad de mirarlo, en qué momento exacto la puerta se cerró detrás de él.
Algunas cosas no necesitan verse para saberse.
Valentina llegó a su departamento, agradeció que su hermano no estuviera en casa, ni siquiera llegó a su habitación, se acostó en el sofá, otra vez con la ropa y los zapatos puestos, ya se estaba haciendo costumbre. Se durmió cinco horas, hasta que el teléfono la despertó.
Valentina abrió los ojos despacio, desorientada por un segundo —la sala, no su cuarto, la luz de la tarde — y tomó el teléfono del cojín donde había caído.
Katia Herrera. Siete llamadas perdidas.
Katia era de las pocas personas del cuerpo en las que Valentina confiaba de verdad: cuatro años compartiendo unidad, la clase de compañera que te cubre sin que se lo pidas y que te dice la verdad aunque duela. Si Katia había llamado siete veces, algo había pasado.
Marcó.
Contestaron al primer timbre.
—¡Vale! Por fin contestas, te he estado llamando desde hace horas, ¿dónde estabas?
—Dormía. ¿Qué pasó?
—¿Qué pasó? —La voz de Katia tenía ese filo particular de la furia contenida —. Ese hijo de puta envió el video.
Valentina se incorporó despacio.
—¿Qué video?
—De ustedes. Del pasillo. Antes de que le partieras la cara, Vale. —Katia respiró fuerte —. Lo mandó a tres grupos del cuerpo, a dos contactos de prensa que tiene, y dicen que también a alguien en la comandancia. Y no lo mandó solo: lo mandó con un comunicado donde dice que tú te le insinuaste. Que tú lo buscabas. Que solo querías escalar y que él es un hombre decente, buen esposo, buen militar, y que tú lo pusiste en una situación comprometedora y cuando él se negó tú lo agrediste.