La Guardaespaldas del presidente: Un amor del pasado

CAPITULO 11. Mientras nadie mira.

Valentina llegó a las diez de la noche, la estaban esperando para salir, Emiliano estaba en el coche, con el celular personal en la mano.

Cuando Valentina subió, Emiliano pidió que los dejaran solos. Valentina pensó que quería hablar solo de lo que pasó en el rancho.

Por unos minutos Emiliano no dijo nada, después le extendió su teléfono, y entonces lo entendió todo. El video, el mismo que Katia le mandó por la tarde.

Cuando terminó, le devolvió el teléfono con la misma calma con que habría devuelto cualquier otra cosa.

—¿Desde cuándo lo tienes? —preguntó.

—Tavo me lo pasó esta tarde. Ya llegó a tres medios —. Los medios saben que estás conmigo ahora. —. Valentina, necesito saber qué pasó realmente.

—Ya sé lo que parece.

—No te pregunté lo que parece. Te pregunté qué pasó.

Valentina lo miró, en su cara no vio dudas, ni juicio, Emiliano esperó paciente hasta que ella decidiera hablar.

—Bermúdez lleva meses así —dijo, y su voz salió más cansada que enojada, el cansancio de quien ha cargado algo solo durante demasiado tiempo—. Comentarios, roces, manos donde no debían estar. Ese video es del día que le dije que se detuviera y no lo hizo. Lo que no muestra es lo que pasó justo después.

—Que le rompiste la nariz.

—Que le rompí la nariz.

Silencio.

—¿Hay testigos?

—Tres. A los que les sugirieron amablemente que no recordaran bien.

—Esto no va a quedarse así —dijo.

—No es su problema, señor.

—Valentina.

—No es su problema —repitió, con más firmeza—. Yo lo manejo. Tengo a alguien dentro que puede ayudarme y no necesito que el presidente electo aparezca peleando mis batallas días antes de tomar el cargo. Eso me hundiría más rápido que el video.

Él abrió la boca. La cerró.

Sabía que tenía razón. Eso era lo más frustrante.

—¿Estás bien? —preguntó, al final, con la voz que no era de presidente.

—No —dijo, en voz muy baja—. Todavía no.

Emiliano asintió. No dijo nada más, no intentó arreglarlo. Golpeó el vidrio dos veces.

La camioneta salió rumbo a buscar a Jessica, Valentina no miró ni una sola vez a Emiliano.

Jessica estaba en la puerta de su mansión, Valentina la vio antes de que la camioneta terminara de detenerse. Jessica estaba espectacular, traía puesto un vestido azul, entallado que costaba el sueldo de un año de Valentina, el cabello suelto, ondulado, pendientes largos. Sonrió cuando vio la camioneta.

Valentina bajó primero, revisó el perímetro por instinto, y se colocó a un lado mientras Emiliano bajaba. Jessica se acercó e intentó saludarlo con un beso pero Emiliano giró levemente la cabeza. El beso aterrizó en el aire, cerca de su mejilla pero sin tocarla del todo.

—No estamos en público todavía —dijo Emiliano, en voz baja.

Subieron al coche Valentina cerró la puerta cuando Emilian subió, se subió al otro coche, no le apetecía ir junto a los dos.

El restaurante está a solo unas cuadras, es uno exclusivo solo los que tienen cierto estatus social entran.

—La entrada del restaurante es público, Emi. —El apodo salió con una familiaridad tranquila, sin reclamo—. Pronto nos casaremos, ¿no podemos fingir un poco más? —Jessica se le acerca más de lo necesario.

—Adentro —dijo él, y puso la mano en su espalda para guiarla hacia la entrada

Valentina los siguió a tres pasos de distancia, como siempre, como debía ser.

Intentó mirar al frente. Al perímetro, a las mesas, a las salidas. Hizo el recuento automático que hacía siempre: cuántas personas, cuántas salidas, dónde estaba el riesgo.

Jessica reía de algo que el maître acababa de decirle, con esa risa que no necesita practicarse porque ya nació siendo perfecta. Pedía con la seguridad de quien siempre sabe exactamente lo que quiere. Hablaba con Emiliano con la comodidad de quien no tiene nada que demostrar ni nada que temer, la comodidad de alguien que encaja exactamente en el espacio que le corresponde.

Valentina pensó, sin querer pensarlo, en el rancho.

Ella nunca iba a poder ser como Jessica. No era una conclusión dolorosa ni un lamento, era simplemente la verdad dicha en voz baja en algún lugar donde solo ella podía escucharla: eran mujeres de mundos distintos, con manos distintas, con vidas que no se parecían en nada. Jessica era lo que Emiliano necesitaba ahora. La imagen, la estabilidad, la mujer que encajaba perfectamente en el marco que el cargo exigía.

Valentina era la que dormía en una silla al final del pasillo.

La que cuidaba que nada le pasara.

La que, la noche anterior en un rancho donde nadie los veía, había sido, por unas horas, simplemente Vale.

Pero hoy no era anoche.

Se colocó en su posición, junto a la pared, con la espalda recta y los ojos en otra parte, y no volvió a mirar la mesa donde Emiliano y Jessica hablaban de cosas que ella no tenía derecho a escuchar.

Su trabajo era otro.

Siempre había sido otro.

Jessica no paraba de hablar y a Emiliano le empezó a doler la cabeza pero tenía que fingir que escuchaba lo que decía. Los ojos en ella, la postura correcta.Era bueno en eso. Llevaba tres años siendo bueno en eso en reuniones de gabinete, en ruedas de prensa, en conversaciones que importan más de lo que le importaban.

Pero esta noche era diferente. Porque detrás de él, a tres pasos, junto a la pared del fondo, estaba Valentina. No la veía. No podía verla sin girarse y girarse sería demasiado obvio, demasiado explicable, demasiado todo. Pero la sentía ahí con esa certeza irracional que no tiene nombre en ningún protocolo ni en ningún manual de comportamiento presidencial.

—Tenemos que poner la fecha de la boda. —Tomó una pequeña agenda de su bolso, dorada, del tipo que cuesta más que la agenda en sí—. Yo digo que en dos meses. Es suficiente tiempo para organizar todo sin que parezca apresurado, y coincide bien con el calendario diplomático. Contrataré a alguien que me ayude con la logística, ya tengo dos opciones en mente.




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