La cena transcurrió tranquila. Jessica hablaba, Emiliano respondía, y Valentina miraba para todos lados evitando todo contacto con Emiliano. A veces no lo lograba y para su mala suerte esas dos veces vio como Jessica se inclinaba hacia Emiliano y lo besaba, no eran besos largos, eran breves pero lo suficiente para causar una reacción en Valentina, se le revolvió el estómago. Y eso la enfureció consigo misma mucho más que los besos, porque no tenía ningún derecho. Ninguno. Emiliano no le pertenecía, nunca le había pertenecido, y lo que había pasado en el rancho había sido un error, un error enorme que no iba a volver a pasar. Mientras se lo repetía, su memoria la traicionaba, la devolvió a la noche del rancho, sus manos sobre la piel de él, los besos que Emiliano dejó regado por todo su cuerpo, como la buscaba para asegurarse que ella estuviera de acuerdo y lo estuvo.
Fue un error, se dijo, con más firmeza esta vez, un error que no iba a repetirse.
Emiliano iba a casarse con Jessica Aldama, ella era perfecta para Emiliano Vasconcelos Bravo. Ella nunca ha tenido que ofrecerle a Emiliano ni ahora ni antes ni después.
Cuando la cena terminó Jessica se despidió de Emiliano con un tercer beso, en la comisura de su boca, Valentina abrió camino para que ambos pasaran. Cuando llegaron a las camionetas Jessica se subió en una y Emiliano subió en otra sin decir nada.
Ella subió después que el, cerro la puerta, y la camioneta arranco de vuelta a la residencia de Emiliano,
Fue un error, se repite Valentina, por última vez, mirando las luces de la ciudad pasar por la ventana.
Cuando llegaron y el conductor apagó el motor, Pacheco esperó. Valentina espero. Todos esperaron, porque Emiliano seguía sentado con la vista al frente y las manos sobre las rodillas.
—¿Pasa algo, señor? —preguntó Valentina, con la voz más neutral que encontró.
Emiliano no respondió de inmediato. Respiró. Una vez, despacio.
—No me quiero casar.
Lo dijo así. Sin bajar la voz, sin calcular quién estaba escuchando.
Lo dijo como se dicen las cosas cuando ya no queda energía para seguir conteniéndolas.
—¿Quiere un momento, señor? —dijo Valentina, intentando con toda la profesionalidad que le quedaba construir una salida ordenada de esa frase que ahora estaba flotando en el interior de la camioneta sin ningún lugar adonde ir.
Tavo llegó para terminar la escena.
—¡Ingeniero! Necesitamos hablar de lo de mañana porque hay una cosa con el equipo de comunicación que no puede esperar y además Jessica llamó para confirmar que...
Se detuvo.
Leyó la cara de Emiliano.
Luego miró a Valentina. Luego a Pacheco. Luego otra vez a Emiliano.
—¿Qué pasó
—No me quiero casar, Tavo.
El silencio duró exactamente un segundo.
Después Tavo cerró los ojos, los abrió, miró al cielo como quien pide paciencia a algo o a alguien que claramente no se la está dando.
—No puedes decir eso, Emiliano.
—Acabo de decirlo.
—¡Toda la prensa lo sabe! —Esta vez el volumen subió solo —. ¡El compromiso fue en público, las fotos están en todos lados, hay revistas que ya cerraron portadas! Eso es comida para tus enemigos, ¿lo entiendes? La gente que quiere verte caer está esperando exactamente este tipo de... —se detuvo, respiró, bajó la voz tres tonos— . Emiliano. Escúchame. Te vas a casar. No hay marcha atrás. Definitivamente no la hay. No en este momento, no a quince días de tomar el cargo.
Valentina miraba al frente, hacia la entrada de la residencia, hacia ningún lugar en particular, con la postura perfecta de quien no está escuchando nada aunque esté escuchando todo.
—Tavo —dijo Emiliano, después de un momento, con una calma que sonó más cansada que tranquila—. Ya escuché.
—¿Y?
—Y ya escuché. —Bajó de la camioneta, se abotonó el saco—. Buenas noches.
Valentina bajó. Coordinó en silencio con Pacheco, confirmó posiciones, firmó lo que había que firmar.
Cuando por fin entró a la residencia y subió al segundo piso, la puerta de la habitación de Emiliano estaba cerrada.
Esta vez sí cerrada.
Valentina se sentó en su silla al final del pasillo, con la espalda recta y los ojos al frente, y se permitió, solo por un segundo, cerrar los ojos.
En la madrugada Valentina escuchó un ruido extraño, un golpe pequeño, luego otro. Se levantó de la silla despacio, se acercó a la puerta y tocó con los nudillos, suave, lo suficiente para que alguien despierto lo escuchara. Pero nada.
Esperó tres segundos. Volvió a tocar. Nada.
Abrió la puerta con cuidado.
La habitación estaba en penumbra, con solo la luz tenue que se filtraba por las cortinas. Emiliano dormía en la cama, destapado, en boxers. Valentina lo miró un segundo —solo un segundo, el tiempo necesario para confirmar que estaba bien— y apartó la vista.
Luego volvió a escuchar el ruido.
Venía de abajo de la cama.
Se agachó despacio, levantó el borde del cubrecama, y se encontró con un par de ojos verdes brillando en la oscuridad.
El gato del jardinero.
Pequeño, anaranjado, con una expresión de quien lleva un rato ahí y no entiende por qué alguien lo está molestando.
—Oye —susurró Valentina—. ¿Pero qué haces aquí?
Lo tomó con delicadeza, con las dos manos, con más cuidado del que probablemente había tenido con nada en los últimos tres días. El gato protestó de inmediato con un maullido agudo que en el silencio de la madrugada sonó como una alarma.
—No hagas ruido, cariño —murmuró Valentina, apretándolo suavemente contra su pecho y acariciándole la cabeza con el pulgar—. Vas a despertar al ogro.
—¿Cómo me has llamado?
Valentina se levantó del suelo tan rápido que el gato volvió a maullar, ofendido.
Emiliano estaba despierto, apoyado en un codo, con el cabello revuelto y una expresión entre el asombro y la diversión que no le había visto en toda la semana.