Emiliano estaba listo, después de cinco reuniones, estaba despierto desde las cinco de la mañana Valentina aún no terminaba su turno cuando él salió para hacer ejercicio antes de empezar su agenda. Eran las cinco de la tarde cuando los padres y hermana de Emiliano llegaron.
Valentina estaba ya en su puesto, porque uno de los guardaespaldas tuvo que ausentarse y su jefe le pidió el favor a ella. Los vio bajar de la camioneta. Sabía que llegaría hoy, tenía la esperanza de no verlos hasta la noche pero aquí están, será una semana larga pensó.
El señor Emiliano, el padre de Emiliano bajo primero, se parecía tanto a su hijo hasta la manera de pararse, empezó a saludar a todos con el mismo entusiasmo. Detrás de él bajó su esposa Nora, traía un bolso demasiado grande, un saco color vino, se miraba espectacular como siempre.
Para desgracia de Valentina, fue a ella a la primera persona que miro.
— Valentina. — la reconoció de inmediato.
— Señora Vasconcelos. Buenos días.
— Dios mío. — La señora Nora dio dos pasos hacia ella y antes de que Valentina pudiera calcular el protocolo aplicable a esa situación ya tenía los brazos de la señora Vasconcelos alrededor de su cuerpo. — Cuánto tiempo, mija.
Valentina no supo qué hacer con las manos por exactamente tres segundos. Las puso en la espalda de la señora Nora con torpeza.
— Señora...
— Nora. Siempre Nora. Ya te lo dije antes y te lo digo ahora. — Se separó, la sostuvo por los hombros, la miró de arriba abajo. — Estás más delgada.
— Estoy igual, señora.
— Más delgada, — repitió.
La hermana melliza de Emiliano fue la última en llegar, era idéntica a Emiliano, el mismo cabello, los mismos gestos. Bajo del coche con un café en la mano, lentes de sol, y una sonrisa para todos, hasta que también vio a Valentina y su sonrisa se hizo más grande.
— No. — Señaló con el dedo. — No puede ser.
— Nora... — empezó el padre.
— ¡Es Valentina! — Nora hija cruzó la distancia entre ellas, la abrazó con más euforia que su madre.
— ¿Dónde estabas? ¿Sabes cuánto tiempo...? — se separó, la miró, y luego miró hacia la entrada de la residencia, donde Emiliano acababa de aparecer en el umbral. La sonrisa de Nora se volvió otra cosa: solo con una mirada se entendían. — Ah. Ya entiendo.
— No hay nada que entender — dijo Valentina.
— Claro que no. — Nora tomó un sorbo de café sin dejar de sonreír.
Los tres miembros de la familia saludaron a su hijo, tenían meses sin verlo. Dejaron las preguntas para despues, por que solo querian abrazar a su hijo. La tarde transcurrió: la señora Nora reorganizando la cocina sin que nadie se lo pidiera, el señor Emiliano revisando el jardín con las manos en los bolsillos, Tavo apareciendo cada veinte minutos con una emergencia de distinta magnitud que la señora Nora resolvía mandándolo a sentarse.
Valentina se mantuvo en su posición como la profesional que es, pero no se escapaba de las miradas de la madre de Emiliano, para entonces Emiliano les había dicho que Valentina era parte de su seguridad.
Cuando tuvo oportunidad se acercó a Valentina, le extendió una taza de café, Valentina se obligó a tomarla.
— ¿Sabes que nunca te odió? — dijo la señora Nora, al fin, mirando el jardín.
Valentina no respondió.
— Cuando te fuiste. — La señora tomó su taza con calma. — Yo esperaba que se enojara. Que dijera cosas. Que hiciera lo que hacen los muchachos cuando les rompen el corazón. Pero no. Se quedó callado durante semanas, y cuando por fin habló solo dijo que esperaba que estuvieras bien. — Hizo una pausa. — Eso me pareció lo más triste de todo.
— Señora Nora...
— No tienes que explicarme nada, mija. — La miró de frente. — Solo quiero que sepas que yo lo veo. Lo veo a él cuando te mira, y lo veo a él cuando no te mira porque está haciendo un esfuerzo para no hacerlo. — Tomó un sorbo de café. — Y sé que se va a casar con Jessica. Y sé que Jessica es una buena mujer. Pero conozco a mi hijo, Valentina, y lo conozco bien. Y ese muchacho no es feliz.
Valentina miró sus manos.
— Él tiene que tomar sus propias decisiones, señora.
— Sí. — Nora asintió. — Como las tomaste tú hace diez años.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue de los que dicen más que cualquier conversación.
Emiliano estaba en su estudio cuando su hermana entró y cerró la puerta.
Emiliano la miró.
— No — dijo.
— No he dicho nada.
— Conozco esa cara, Nora. La conozco desde el vientre materno, literalmente. No.
— ¿Está bien Valentina? — preguntó ella, con la inocencia más falsa del mundo.
Emiliano dejó el bolígrafo sobre el escritorio.
— Está trabajando.
— Ajá. ¿Y tú?
— También.
Nora se sentó en el sillón y le hizo una seña para que el hiciera lo mismo, se levantó de su silla y caminó hacia su hermana.
— Emi. — Solo con ese tono, sin más, sin el nombre completo, sin el cargo. — Soy yo.
Emiliano la miró durante un momento largo. Luego soltó el aire por la nariz, se recostó en el sillón, y se pasó la mano por el cabello con ese gesto que significaba, en el idioma privado que compartían desde antes de nacer, que la guardia estaba bajando.
— Pasó algo en el rancho — dijo.
— Ya lo suponía.
— No es lo que...
— No te estoy juzgando.
— Nora.
— Emiliano. — Lo miró sin moverse. — ¿La sigues amando?
Silencio.
Emiliano Vasconcelos Bravo — el presidente electo más joven del país, el hombre de los discursos impecables y los acuerdos firmados y los planes que siempre salían como estaban planeados — respondió a la única persona en el mundo a quien no podía mentirle.
— Nunca dejé de hacerlo — dijo, en voz muy baja. — Ni cuando se fue. Ni en diez años. Ni cuando firmé el contrato con Jessica. Nunca.
Nora no dijo nada. Solo abrazo a su hermano, Emiliano se dejó abrazar después de muchos meses dejó que su hermana lo sintiera sin armaduras.