La Guardaespaldas del presidente: Un amor del pasado

CAPITULO 14. En familia

A las nueve en punto la madre de Emiliano estaba sirviendo la mesa, hizo los platillos favoritos de sus hijos, a pesar de que ya no eran unos niños siempre los consienten.

Emiliano y su padre estaban en la sala, de pie junto a la ventana, hablando de algo que tenía que ver con reformas fiscales. El señor Emiliano escuchaba, asentía, hacía preguntas cortas. Su hijo respondía igual.

Valentina los observaba desde su posición en el pasillo, junto a la entrada de la sala, rezando en silencio a todo lo que hubiera disponible para que la señora Nora se olvidara de ella.

No se olvidó.

— Todo está listo. — La señora Nora asomó la cabeza desde el comedor y miró directamente a su hija. — Nora, trae a Valentina para que cene con nosotros.

— Por supuesto, mamá. Con mucho gusto. — Nora hija ya estaba sonriendo antes de terminar la frase.

Valentina la vio venir hacia ella con el paso alegre de quien está disfrutando esto más de lo que debería.

— Mamá dice que la cena está servida.

— Gracias, Nora. — Valentina mantuvo la voz perfectamente neutral. — Pero no puedo sentarme. Estoy en horario laboral. Lo siento.

— Yo que tú venías conmigo. — Nora se puso a su lado, bajó la voz como si estuviera compartiendo un secreto de Estado. — Conoces a mamá. Cuando dice que la cena está servida no es una invitación.

— Nora...

— Te lo digo con todo el cariño del mundo. — Le guiñó un ojo. — Ven conmigo.

Valentina cerró los ojos un segundo.

Los abrió.

Caminó detrás de Nora.

Emiliano levantó la vista en cuanto Valentina entró.

Ella no lo miró directamente. No de inmediato.

— Siéntate al lado de Emiliano. — La señora Nora señaló la silla sin mirar a nadie en particular, con la naturalidad de quien está acomodando un rompecabezas que ya tiene resuelto en la cabeza. — Si tienes que cuidarlo, que sea de cerca. Aunque dudo mucho que le pase algo estando en familia.

— Mamá. — La voz de Emiliano tenía ese tono, el de los hijos que saben que no tienen ninguna posibilidad pero intentan de todas formas.

— Ya, ya. — La señora Nora puso la última fuente sobre la mesa y se sentó. — ¿Quién va a dar las gracias?

Silencio.

Todos se miraron.

— Emiliano — dijo Nora hija, con la inocencia más elaborada del mundo.

Emiliano la miró.

— Seguro que no ha ido a la iglesia desde hace meses — agregó ella, con una sonrisa que no tenía ninguna inocencia.

— Nora. — La mirada reprobatoria de Emiliano fue precisa, directa. Pero Nora sabía que su hermano le perdonaba todo .

— Es verdad — dijo Nora, encogiéndose de hombros — . Con tanto trabajo no le ha dado tiempo. Yo solo lo digo.

— Con tanto trabajo — repitió el señor Emiliano —. Ni para ir a misa.

Emiliano tomó aire. Miró la mesa. Miró a su familia. Miró, por un instante que duró exactamente lo que tenía que durar, a Valentina sentada a su lado con la espalda recta y los ojos fijos en el plato vacío frente a ella.

— Gracias — dijo Emiliano, y esta vez no fue un discurso, no fue la voz del presidente electo, fue simplemente la de un hombre en la mesa de su familia — por la comida. Y por estar aquí.

La señora Nora asintió, satisfecha. Fue corto pero no quería presionar más a su hijo porque sabía que tenía mucho trabajo.

El señor Emiliano sirvió el agua.

La señora Nora había puesto una sola regla al sentarse: nada de trabajo, nada de politica. Todos obedecieron.

Nora habló de su último viaje a Lisboa, tres semanas, un festival de cine al que habia ido por trabajo.

El señor Emiliano habló de su huerto con la seriedad con que su hijo hablaba de reformas fiscales: los tomates que por fin habían salido bien este año, el problema con las plagas de mayo, un sistema de riego que había diseñado él mismo y que según él era una obra de ingeniería menor.

Valentina escuchaba. Comía. Respondía cuando alguien le preguntaba algo directamente, que era más veces de las que esperaba porque la familia Vasconcelos no dejaba a nadie en la orilla de una conversación.

Era, pensó sin querer, la mesa más parecida a una casa real que había pisado en mucho tiempo.

Entonces una voz desde el umbral del comedor hizo que todos levantaran la vista.

— Buenas noches. Disculpen que llegue sin invitación, estaba cerca y solo quería pasar a saludarlos.

Jessica Aldama estaba en la puerta con el abrigo todavía puesto. Elegante incluso de manera improvisada, o al menos dando esa impresión.

Valentina sintió el impulso inmediato de ponerse de pie, protocolo, posición, y lo contuvo a la mitad. Se quedó donde estaba, con la espalda recta y la mirada al frente, invisible dentro del comedor como había aprendido a ser.

Emiliano se levantó.

— Jessica. — Caminó hacia ella, y cuando Jessica se inclinó para saludarlo le dio un beso en la mejilla, uno solo, breve.

Aquí no tenía que fingir. Su familia sabía.

Los sabían desde hacía meses: el acuerdo, las razones, los términos. Los padres no lo habían tomado bien — la señora Nora había dicho exactamente lo que pensaba con la claridad que la caracterizaba, y el señor Emiliano había guardado un silencio que decía lo mismo — pero al final lo habían aceptado porque Emiliano era su hijo y no su propiedad, y porque respetaban que tomara sus propias decisiones aunque no estuvieran de acuerdo con ellas.

— Siéntate, — dijo la señora Nora, con la hospitalidad automática de quien no puede evitar ser anfitriona aunque no haya planeado serlo. Le indicó la silla frente a Emiliano. — Hay de sobra.

— Gracias, señora Nora, no quiero interrumpir...

— Ya interrumpiste. Siéntate.

Jessica sonrió, reconociendo el tono, y se sentó.

Nora la saludó con genuino afecto — se llevaban bien, siempre se habían llevado bien, lo cual era uno de los detalles más complicados de toda la situación. El señor Emiliano asintió desde su extremo de la mesa con la cortesía sobria de siempre.




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